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Japón: literatura de lo bello y efímero

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¿Qué pasaría si de un momento a otro los libros dejaran de tener títulos? Si no tuviéramos referencia de quién es el autor de la obra. Sólo un conjunto de páginas, con lomo, tapa y contratapa negras. Y que uno los eligiera en las librerías leyendo las primeras cinco páginas. No existirían los preconceptos, el marketing, los best sellers.

Algunos de esos libros, sin nombres ni apellidos, podrían reconocerse y enmarcarse con facilidad por su estilo, sus paisajes e historias. Otros deambularían por escenarios neutrales y sin sabor, con características difíciles de distinguir.

En el primer grupo de libros, el de los reconocibles, estaría sin dudas el de la literatura japonesa. Dueño de una historia enorme y particular, la historia de la escritura de Japón creció, mutó e innovó con los movimientos políticos, sociales y culturales del país.

De manera tardía, casi en el año 1000, durante el período Heian (los períodos en la historia de Japón son nombrados por el líder o el lugar en donde se producía el liderazgo), nacen dos estilos de escritura: “Zuihitsu”, que significa “como va el pincel” y está asociado a las palabras “sois” (apuntes sueltos) y “nikki” (diario personal). Su exponente principal es El libro de la almohada, de Sei Shonagón.  Es casi como una crónica moderna. Shonagon era una dama imperial respetada, inteligente y cultivada que transmite sus vivencias en el mundo considerado como sagrado, el del Emperador y todo su círculo.

Monogatari es el otro estilo y pertenece a la alta cultura, al refinamiento, a la coherencia y la estética. La Historia de Genji, de Murasaki Shikibu, es la de un hijo de un Emperador que es mandado a vivir como un plebeyo para apreciar la vida real, lejos de los caprichos y los lujos imperiales. Genji es un texto referencial en Japón. Representa algo así como Don Quijote para occidente. Aún hoy su historia es utilizada, con algunas variaciones, en el animé y el manga.

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Ambas son mujeres y reflejan el único mundo que pueden retratar, porque en Japón no hay más que japoneses y sus costumbres. Bajo el período Tokugawa, en el 1600, el país se cerró a occidente. No hay mezclas, no hay intercambios con otros. Tampoco se permitía el traspaso (salvo las clases altas) de una provincia a otra. Permanece 1000 años más de esa manera hasta la reapertura.

Cuando, en 1867, Japón abre por completo sus puertas y los estadounidenses comenzaban a impregnar sus costumbres en suelo oriental, se preguntaron: ¿estamos perdiendo nuestra cultura? Se realiza una defensa profunda del amae (red social que privilegia la cultura única, que en ese momento se consideraba en peligro de perderse). El novelista Junichiro Tanizaki escribió, en El elogio de la sombra, una especie de ensayo en donde se realza desde una posición algo caprichosa la cultura japonesa: “Debemos recorrer un camino diferente a occidente simplemente porque somos mejores”.

Ya en el siglo XX, durante la Segunda Guerra Mundial, la antropóloga estadounidense Ruth Benedict fue contratada por el gobierno de su país para realizar un análisis profundo y exhaustivo de la cultura japonesa. El objetivo del estudio: conocer cuáles serían los puntos que provocarían mayor dolor a la hora de tirar una bomba. El final: Hiroshima y Nagasaki. Benedict no viajó a Japón para realizar su trabajo sino que se basó en libros, revistas y diarios. Hasta en la música y la moda. En el libro el Crisantemo y la espada, expuso su teoría del ser japonés. Podría resumirse, muy brevemente, en dos términos japoneses: Muga (vaciamiento del yo y de lo que deseo) y Shuto (uno puede controlarse, abandonar el yo y reprimir los deseos por un bien mayor). Es fácil relacionar estos términos en las imágenes de Iwo Jima. Los soldados japoneses estaban dispuestos a dejar la vida por su país. Así, para ellos era un deber tomar una bomba y hacerla explotar entre un grupo de estadounidenses. El film Cartas de Iwo Jima, de Clint Eastwood, muestra este panorama y esta forma de ser de manera brillante. Para Benedict, en los japoneses no existe una ruptura entre la voluntad de los hombres y sus actos.

Mono no aware es un término que refleja la estética de lo bello como pasajero, de la tristeza inherente en la hermosura. Leer una novela de Yasunari Kawabata es acercarse todo lo posible a este término. De tristeza y nostalgia por lo efímero de la vida. En Kawabata todo se refleja de una manera sensible. Como si uno lo estuviera leyéndolo en el medio de un bosque, mientras las hojas del otoño caen, acompañado de una música lenta, compuesta por un piano, un violín y una flauta. Su modo de sentir la vida lo llevó a suicidarse cuando tenía 62 años. Prendió el gas de las hornallas de su cocina y se recostó en su cama, plácidamente. En1969 ganó el premio Nobel por ser el fiel representante del ser japonés. En la entrega de premios, Kawabata- sabio- leyó varios haikus (poemas japoneses) y concluyó: “La nieve, la luna, las flores de cerezo, palabras que representan la belleza de cada una de las estaciones que se suceden una tras otra, abarcan en la tradición japonesa toda la belleza de las montañas y los ríos y las hierbas y los árboles, todas las múltiples manifestaciones tanto de la naturaleza como de los sentimientos humanos”.

En Japón existe una riqueza especial entre el maestro y el alumno. Luego de haber ganado el Nobel, Kawabata se encargó, aunque era un hombre más bien tímido y de bajo perfil, de trasladar su sabiduría a varios escritores potenciales. Entre ellos se encontraba Yukio Mishima, quien terminaría siendo el escritor de mayor trascendencia. Esa enseñanza deriva en un agradecimiento que no se puede pagar.

Como Tanizaki en El elogio de la sombra, Mishima es un defensor de la tradición japonesa. En sus textos se observa cierto desprecio a las nuevas tecnologías, a lo occidental. En El marino que perdió la gracia del mar, retrata a una sociedad vacía y sin valores, tras la traumática derrota sufrida en la SGM.  Luego de haber perdido la guerra, Japón entra en una nueva etapa, en donde el Emperador pierde la figura divina y pasa a ser un “hombre más”. El 15 de agosto de 1945, tras el bombardeo nuclear, el Emperador Showa (su nombre real era Hirohito) anunció por radio la rendición. Era la primera vez que el pueblo japonés escuchaba la voz de su figura sagrada. Su tono era débil, agudo, casi la voz de un niño. Tras el discurso de rendición, muchos aviadores y militares japoneses se suicidaron.

En el cuento Patriotismo, del libro La Perla y otros cuentos, Mishima relata la historia de un teniente japonés que se suicida: “El 28 de febrero de 1936, al tercer día del incidente del 26 de febrero, el teniente Shinji Takeyama, del Batallón de Transportes, profundamente perturbado al saber que sus colegas más cercanos estaban en connivencia con los amotinados, e indignado ante la inminente perspectiva del ataque de tropas imperiales contra tropas imperiales, tomó su espada de oficial y ceremoniosamente se vació las entrañas en la habitación ocho del tatami de su residencia privada”, es el comienzo del cuento y el anuncio del final de su vida. Cinco años más tarde, en 1966, convirtió el cuento en un corto cinematográfico, dirigido y actuado por él mismo. Aún hoy es el más visto de la historia de Japón (por supuesto, The Criterion Colecction se encargó de llevarlo a DVD y darle su cuota de excelencia que suele otorgarle a todos los productos).

El 25 de noviembre de 1970, Mishima arengó a un grupo de militares desde el balcón del Cuartel de Ichigaya. Protestaba contra la constitución impuesta por Estados Unidos en el Japón de la post-guerra y llamaba a los japoneses a recuperar la importancia de la figura del Emperador y rescatar las tradiciones japonesas. Fue poco escuchado, casi ignorado. Luego de tres vivas al Emperador, se suicidó. El ritual, Sepukku, es considerado como una forma de suicidio honrosa.

Dejará huellas en todos los japoneses. Kensaburo Oé, ganador del premio Nobel en 1994, representó a la generación de escritores que enfrentó las formas extremistas de Mishima. En la contratapa del libro Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, se sintetiza de manera perfecta qué significa Oé en la literatura post Mishima: “Nada más lejos de Oé que el mero lamento por lo que la historia o el destino deparan a los pueblos y a los hombres, ni tampoco aquellos “valores heroicos” defendidos por Mishima, claramente aludidos en “El día que Él se digne enjugar mis lágrimas”. En él, un hombre enfermo recuerda los “días felices” posteriores al lanzamiento de la bomba de Hiroshima, cuando su padre, en una ridícula acción suicida, ofrendó su vida al Emperador de Japón”.

En su discurso, luego de recibir el Nobel, dijo: “Mi observación es que después de ciento veinte años de la modernización desde la apertura del país, hoy en día Japón se divide entre dos polos opuestos de la ambigüedad. Yo también estoy viviendo como un escritor con esta polarización impreso en mí como una cicatriz profunda”.

Haruki Murakami es el escritor de la modernidad, muy lejos de las geishas, el té y los templos de Kawabata. A Murakami le gusta el jazz, correr diez kilómetros por día y viajar. Es quizás uno de los escritores más populares del mundo. En Japón, cada vez que uno de sus libros sale a la venta, miles y miles de personas, especialmente adolescentes, agotan una y otra vez las ediciones. Murakami peleó durante buena parte de su carrera con el “establishment” japonés. El mito de que las obras de Murakami tienen mejores traducciones al español o al inglés es falso. Lo que se le criticó fue la vaciedad de sus textos. Si tomamos Tokio blues podemos encontrar fácilmente lo que le criticaron. Jóvenes que se van de su casa a la universidad pero mantenidos por sus padres. Adolescentes que no representan más que personajes indefinidos que no tienen más que preocuparse por aprobar exámenes o recibir el cheque de sus padres a fin de mes. Tampoco gusta demasiado la poca tradición japonesa que se observan en sus historias, aunque es un detalle secundario.

Tampoco es completamente cierto que Murakami escriba como un occidental. Aunque quizás esté a mitad de camino. Pero todo cambió con el libro Crónicas del pájaro que da cuerda el mundo. Con esa obra, Murakami se consagró.  Recibió el Premio Yomiuri, uno de los más prestigiosos de Japón, de manos de Oé. En Crónicas Murakami se mete con todo. La historia japonesa, con la guerra de Manchuria y sus consecuencias. Con los rasgos que quedaron en la sociedad, con las actuales formas de vivir. Su última novela, 1Q84, en homenaje a 1984, de George Orwell y de más de mil páginas, volvió a reventar las librerías y fue considerada por la crítica como su gran obra.

No quedan dudas. Si fuera a una librería con libros negros, sin títulos ni autores, reconocería la obra de un escritor japonés.

Este post fue realizado luego de haber realizado el curso “Leer lo japonés”: Reflexión y lectura sobre la identidad japonesa”, dictado por Anna Kazumi Stahl.



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