La guerra que sacude, estremece y desequilibra

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Will es un soldado estadounidense. Recibió un balazo en Irak y regresó a su país con varias heridas, a tres meses de que expire su contrato con el ejército. Ya en Estados Unidos, lejos de la acción, su “misión” tiene ahora otro perfil:

En un mini mercado, Will (vestido con uniforme del ejército estadounidense) busca unas galletitas en una de las góndolas. Su compañero, Tony, está a unos cinco metros, eligiendo unas gaseosas. El señor y la señora Tompson ingresan al mercado y saludan a la mujer que está en la caja, que devuelve el saludo: “Hola, señor Tompson”, dice. Will se da vuelta y mira seriamente al señor Tompson, vestido con un pantalón de jean y una camisa celeste, que todavía no advirtió la presencia del soldado. Se acerca caminando lentamente hacia el señor Tompson. Tony, superior en rango a Will, mira a su compañero. Luce serio y parece con ganas de intervenir, pero se queda parado en el mismo lugar y termina por observar la situación.

Will: ¿Es usted el señor Tompson, padre de Michael Tompson?

Señor Tompson: (tarda unos cinco segundos en responder)……No, por Dios….(apoya su brazo derecho en el mostrador, se agacha y vomita en el piso. Termina de vomitar y llora). No, por favor (su mujer se acerca y comienza a llorar con él. Grita más fuerte. Lo abraza y comienzan a agacharse cada vez más. Ya están casi en el piso).

Will: En nombre del Secretario de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica, le informo que su hijo, Michael Tompson, murió ayer, en Irak. En el día de mañana, personal del Departamento del Estado terminará de presentarle toda la información.

Señor Tompson: (Interrumpe) Nooooooooooo…por Dios, noooooooooooooo.

Will: Lo siento mucho.

Agachados en el piso, los Tompson lloran desconsolados. Will apoya su mano izquierda en la espalda del señor Tompson. Se queda unos segundos más y se retira. Tony lo sigue. Los Tompson continúan llorando.

Cuesta entender cómo un film como El mensajero, ópera prima de Oren Overman, llegó a la Argentina directamente en DVD, sin antes ser exhibido, por lo menos un par de semanas, en las carteleras de cine. Es difícil de explicar, pero, este film, estrenado en el 2009, nominado al Oscar 2011 por mejor actor secundario, Woody Harrelson, y mejor guión, Oren Overman y Alessandro Camon, parece mucho más completo, pensado y elaborado que Vivir al límite, película que podría decirse que desarrolla el mismo tema- la guerra de Irak- y que ganó el Oscar a mejor película, el año pasado.

El film muestra una de las partes más crueles de la guerra y quizás ese sea su mayor hallazgo. Lejos de las armas, las muertes y el sufrimiento, los familiares de los soldados continúan con sus vidas normales. Cortan el pasto del jardín, van al trabajo, miran la televisión. Esperan noticias mientras viven perdidos en un mundo al que no le encuentran sentido. A veces, reciben el llamado o un correo electrónico de sus hijos o maridos, peleando en una guerra que ni siquiera entienden. Otras, soldados como Tony (Woody Harrelson) y Will (Ben Foster) tocan las puertas de sus casas para informarles, con caras serias y casi tan formales que la escena termina por parecer ridícula, que una de las personas que más quieren murió en Irak.

Los soldados repiten lo mismo con diferentes familiares. La historia atraviesa las reacciones, que son tan diferentes como desesperanzadoras. La impresión negativa que deja el film no se limita sólo a Irak, sino a la guerra en general. Tony (Woody Harrelson) es el encargado de enseñarle el trabajo a Will. Le da un manual con las indicaciones y le advierte: “Nuestra responsabilidad es llegar antes que la CNN, Fox o cualquier otro diario”. Y agrega: “Mi culo le pertenece al ejército y por mí eso está bien”, dice, mientras se dirigen a anoticiar al padre de un soldado. Estuvo en Kuwait y en algún otro lugar en el que fue enviado a pelear pero que nunca disparó una bala. Como Will, que sí peleó y tiene recuerdos tenebrosos que no puede borrar, son personajes desequilibrados, que parecen no poder recuperarse. Como si estos soldados vieran las cosas de manera diferente al resto de la sociedad, como si hubieran quedado marginados, como si ya no pudieran acceder a los estamentos morales y psicológicos del resto de la gente.

Muy bien filmada, es memorable la secuencia de ocho minutos sin cortes, en la cocina de Olivia (Samantha Morton), una de las mujeres que recibe la noticia de que su marido murió. Da la sensación de que se buscó cierta desprolijidad en la forma de realizar algunas tomas, como para darle un toque de realismo, que tiene buenos resultados, como si por momentos se estuviera viendo un documental.

De grandes actuaciones (Harrelson estuvo bien, pero el trabajo de Foster resulta por momentos conmovedor. También hay una buena participación de Steve Buscemi), El mensajero es un film independiente (su realización costó sólo seis millones de dólares) que merece mayor notoriedad. La que los cines de la Argentina, que suelen exhibir muy malas películas, no le dieron.




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  1. Joaquín Bilbao

    Me la habían recomendado y la tengo en una de las listas para ver junto con “Vivir al límite”. Voy a ver las dos y después te comento qué tal. Gracias por lo motivante de tu sugerencia.


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