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    El laberinto de la literatura y mis mejores lecturas del 2011

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    “Reúno estas historias (Plagios y traducciones) a fin de cerrar un ciclo y quedarme solo frente a otro menos impuro. Un libro más es un libro menos; un acercarse al último que espera en el ápice, ya perfecto”, Julio Cortázar.

    La frase del escritor argentino está orientada a la escritura, pero bien puede emparentarse con la lectura. El lector también suele cerrar ciclos. Un libro que lee es uno menos que le falta para una carrera que ya tiene perdida, porque nunca leerá ni el 1% de todo lo que hay para leer. El libro que Cortázar espera en el ápice, ya perfecto, es también el último libro del lector. El último libro será el que se lea con mayor sabiduría, con mejor comprensión, con mucha más experiencia.

    La literatura es un laberinto que no tiene salida, que no se puede dejar. Es un laberinto infinito, que no tiene fin. Es también un laberinto que no tiene barreras, rotas por la imaginación y el poder de la palabra. Es a la vez un laberinto en el que se puede avanzar pero en el que nunca se llegará a la meta. La literatura en realidad es un laberinto que te ayuda a escapar, aunque en él uno se encuentre perdido. La literatura es lo que te ayuda a ser un poco más feliz dentro del laberinto.

    Estas son mis mejores lecturas del 2011. La mayoría son clásicos, esos que nunca se terminan de leer y siempre generan la misma pregunta: “¿Cómo no leí esto antes?”

    Rayuela, Julio Cortázar. Un libro verdaderamente revolucionario. Una forma diferente de ver las cosas. Una brillante manera de escribir. En general, no suelen recordarse específicamente secuencias de la trama. Quedan en la memoria sensaciones, sentimientos, alguna que otra escena. Pero, en Rayuela, la absurda muerte del hijo de la Maga, Rocamadour, y el horrible concierto de Madamme Berthe Trépat que presencia Horacio para guarecerse de la lluvia, son sencillamente inolvidables. Diferentes al resto. Un relato lleno de nostalgia, amores perdidos y sueños rotos.

    Las uvas de la ira, John Steinbeck. Nadie podrá describir y pintar un país en crisis como el Estados Unidos de 1929 de Steinbeck. Las diferentes reacciones de la sociedad ante la desesperación apabullan. La lucha intrínseca del ser humano, las maneras de sostenerse con un hilo de esperanza. Como la familia Joad y su sueño de escapar y triunfar en California. La tierra prometida que nunca llega. La inutilidad de la lucha. La última secuencia, el acto de Rosasharn ante un hombre que está a punto de morir de hambre, es simplemente apabullante.

     

    Pájaros del crepúsculo, Hisako Matsubara. Extraordinaria pintura del Japón de post guerra, poco tiempo después de recibir las bombas de Hiroshima y Nagasaki. No se necesita demasiado contexto para entender las reacciones de Saya, la protagonista que relata  la historia, y los otros personajes. La religión, la cultura, las costumbres, la historia. Todo cambió en ese lugar y parece que nada será igual.

    Los pichiciegos, Fogwill. La guerra de Malvinas contada desde la guerra de los Pichiciegos. Son un grupo de contrabando que venden información a los ingleses (brindan datos, estrategias y posiciones del bando argentino) por unos paquetes de cigarrillos y algunas otras cosas que no pueden consumir porque permanecen todo el tiempo en trincheras, debajo de la tierra. El ridículo de la guerra, el sin sentido de la violencia (que no llega a mostrarse directamente), la diferencia entre lo que era el combate para los ingleses y los argentinos. La facilidad para identificarse con los protagonistas, los pobres chicos del interior que extrañan a sus mamás. Obra maestra.

    Una novela real, Minae Mizumura. Novelón de la literatura japonesa del siglo XX. Como toda la historia de este país asiático, la mayoría de las cosas se explican por las raíces. La lucha entre lo Oriental y Occidental contado desde la historia de Taro Azuma, un japonés que sólo triunfó una vez que llegó a los Estados Unidos. A partir de un amor prohibido se cuenta la historia de Japón de los últimos 50 años. El relato atraviesa diferentes tiempos y lugares, personajes y clases sociales. Un amor reprimido, una amistad sincera y otras relaciones geniales.

    ¡Corre, Conejo!, John Updike. Habrá pocos personajes tan entrañables como Harry, el Conejo, Angstrom. Una burla a la clase media estadounidense. Una historia de frustraciones y amarguras. La primera secuencia del libro, cuando Harry juega al básquet con un grupo de adolescentes, se saca el pesado y caluroso traje y vuelve a su época de estrella universitaria es genial. El Conejo que corre es el conejo que escapa. Se va de lo que no le gusta, de lo que lo hace sufrir (una mujer, un bebé y otro que está por venir, un trabajo que no disfruta y más). Pero vuelve. Y ahí todo toma otra forma. ¿O no?

    Lolita, Vladimir Nabokov. “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”. ¿Existirá algún comienzo mejor que este? Lolita es la locura y la falta de represiones. Nabokov tiene una prosa fina, densa y atrayente a la vez. Un erotismo sutil y delicado que roza la línea de lo depravado (parece evidente que algo de esto debería tener el escritor ruso). Lolita es una obsesión.

    Matar a un ruiseñor, Harper Lee. Así como Steinbeck relató una crisis económica y social en Las uvas, Lee pinta como nadie los conflictos raciales en Monroeville, un pueblo inventado de Alabama, Estados Unidos. Pero no es sólo eso. El libro tiene una frescura inigualable. La historia está contada por Scout Finch, de seis años, quien vive con su papá, Aticus, un viudo, educado y honrado abogado, y su hermano mayor, Jem. Muchas de las anécdotas del libro fueron autobiográficas. Aunque esto suele pasar muchas veces con otras novelas, Matar a un ruiseñor tiene un toque único. Es divertido pero espeso y difícil de digerir a la vez. Escenas de enorme tensión y dramatismo. Un relato que enseña.

    Menciones especiales: Azul casi transparente (Ryu Murakami), Flores de un solo día (Anna Kazumi Stahl), Fútbol, dinámica de lo impensado (Dante Panzeri), Golden Boys (Hernán Iglesias Illa), La llamada de la selva (Jack London), Los restos del día (Kazuo Ishiguro), El gran Gatsby (F.S. Fitzgerald) y Retratos y encuentros (Gay Talese).




    There are 10 comments

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    1. Joaquín Bilbao

      Me convenciste a leer la novela de Fogwill, algo que venía postergando hace un tiempo. Lectura para enero… De la selección sólo leí ¡Corre, Conejo!”, una verdadera obra maestra de un tipo que todavía no tenía treinta años…Gracias por el post.

    2. filispines

      “Es también un laberinto que no tiene barreras, rotas por la imaginación y el poder de la palabra”
      Me gusta esta frase. Una vez que entras ya es imposible salir de él. Gracias por compartir las lecturas. Es cierto también de ¿Como no he leído esto antes?

      • Lucas Bertellotti

        Muchas gracias por los comentarios. Joaquín: no dudes con Los pichiciegos, un gran libro. Todavía tengo pendiente Vivir afuera, la otra novela de Fogwill.
        Fillispines: Coetzee, un autor que no leí pero que está en la fila para futuras lecturas. Con Rayuela sentí que era un libro para leerlo en la adolescencia y luego de viejo. A mí se me cruzó como adulto. !Puede ser un buen proyecto para tu próximo año!
        Saludos!


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