El preso que jugaba al ajedrez y no dejaba de soñar

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“Yo perdí principalmente dos grandes cosas acá: mi familia y mi trabajo, que era lo que más amaba, lo mejor de toda la vida. Una desgracia… no quiero hablar de la causa porque no viene al caso”.

Edgardo baja los ojos y, mientras habla, parece pensar en lo que fue la situación más complicada de su vida, la que lo llevó a ir a la cárcel y que nunca me contará. Tiene 60 años y pertenece a la Unidad 42 de Florencio Varela. Está en la 18, en Gorina, La Plata, para disputar un torneo de ajedrez intercarcelario.

Me llamó la atención rápidamente, era distinto a los demás. Bastó un minuto de conversación para percibir que, quizás, este hombre no pertenecía a ese mundo. Usaba anteojos. Cuando jugaba, se tomaba su tiempo para mover. Levantaba una pieza y la hacía volar a otra posición a una velocidad lenta. Apoyaba en el casillero a la reina o al alfíl pero no los abandonaba. Mantenía el dedo índice derecho sobre las figuras y, antes de soltarlas, volvía a mirar la situación en el tablero.

Dicen que entrar a una cárcel da miedo, pero ese día sólo me hizo falta ver el edificio desde una cuadra para entender que el lugar al que me acercaba no era el mismo que muchas veces se pinta en películas o programas de televisión. Todo estaba cuidado y limpio. Ningún guardia me revisó antes de entrar. Sólo tuve que atravesar un par de rejas con candados para llegar al centro de la unidad. O quizás era que estos presos eran especiales, no pertenecían al común general del mundo carcelario. Eran presos que jugaban al ajedrez, que necesitaban concentrarse, que les gustaba el silencio.

Edgardo no parece formar parte del grupo. Habla con otros, pero rápidamente se mueve y merodea el lugar sin pertenecer del todo a nada ni nadie. “El ajedrez es algo… una cosa es lo que se expresa y se comunica y otra lo que se siente adentro. Es un juego individualista, no admite otra cosa que ganar”, dice Edgardo, que terminó tercero en el torneo y siente bronca, que no se esfuerza en esconder, por no haber finalizado en el primer lugar. “Juego desde que me enseñó mi papá. Yo soy el menor de cuatro hermanos. Mi papá hacía campeonatos con ellos cuando sólo éramos niños. Yo era tan chiquito que jugaba a los soldados con los peones, después aprendí”, dijo.

Es canoso, alto y flaco. Estudia abogacía y tiene el firme objetivo de recibirse. Fue gerente de una empresa de servicios y director de dos sociedades anónimas. Se acostumbró a ser jefe de ingenieros y arquitectos. En la cárcel quiso saldar su cuenta pendiente de tener un título profesional.

“Un detenido tiene una rutina y tiene que administrar bien su tiempo. Es muy duro. Aquella persona que no viene del mundo del delito, como yo, evidentemente necesita un poder para abstraerse”, dice. Tiene un buen régimen producto de una buena conducta y trabaja extra muro, como él aclara, fuera del penal, pero siendo procesado.

¿Cuál es la obsesión de este hombre por conseguir un título? “Ahora, en esta desgracia que me tocó en mi vida, quiero aprovechar y hacer lo que nunca pude”, dice. Habla con una mezcla de dolor y orgullo. El dolor forma parte de un hecho del pasado oscuro que lo obliga a permanecer dentro de cuatro paredes. Es el dolor por tener que reconstruir y luchar su existencia a una edad en la que es mucho más fácil y placentero ser a partir de lo que ya se hizo. Simplemente debería ser la hora de vivir sabiendo que la mayoría de las cosas, bien o mal, ya están hechas. Dejarse llevar por el impulso. El orgullo, su otra parte, nace en sí mismo porque cerró los ojos, suspiró y agarró los remos otra vez. Cuando habla de su trabajo, de sus materias o del título que va a conseguir, levanta la voz e infla el pecho. Sigue remando, aunque en su bote hubo momentos en los que entró mucha agua y estuvo a punto de hundirse. Y cree, desde la sinceridad de un hombre que está en la cárcel, que no tiene demasiado para ocultar. Es un alma soñadora que todavía está en el medio de la carrera.

Acá, la nota publicada del torneo de ajedrez (la foto es de Santiago Hafford y Edgardo es el hombre de la izquierda).

Esta es la carta que me escribió Edgardo después de leer la nota (aunque es algo privado y único, me permití publicarla con la intención de que sirva aún más para pintar al personaje):

Estimado Lucas: 

Agradezco profundamente que se haya acordado y cumplido en avisarme.

Ese acto simple,  también es una manera  de llevar a la práctica la solidarización con los privados de la libertad, el respeto por el semejante no importa su”capitis diminutio”  ocasional en que se halle,  viéndose pues, marginado en la esfera social.
Lo felicito por la nota, y lo estimulo para que continúe en esa línea humanizada de periodismo.
Un gran abrazo, Edgardo Alejandro Petrocchi.

La tragedia que no quiso contar

El caso de Edgardo Petrocchi fue bastante famoso. Estuvo en la tapa de los diarios varias semanas, también apareció en radio y televisión. El domingo 9 de octubre de 2005 volvía a su casa tras reunirse con su hermano Ernesto. Trabajaba como gerente comercial de la empresa de seguridad Watchman. Tenía un arma por seguridad personal, una BERSA 380. Solía trabajar alrededor de varias villas y el año anterior había tenido un caso de inseguridad. A punto de llegar al peaje de Pilar, en el kilómetro 35, tuvo un problema con otro auto, un Renault Clio.

Se tiró a la izquierda para pasar por el carril de mayor velocidad, pero no lo dejaron. El conductor del Clio se puso a la misma altura y lo insultó. Edgardo, que hasta ese momento nunca había tenido ningún episodio de violencia en su vida, subió las ventanillas y no respondió. Cuando llegó al peaje y esperaba para pasar la barrera, comenzaron a patearle el auto. Dos jóvenes, que estaban en el Clio, rodearon su auto gritando y pegando patadas contra el vehículo de Edgardo. Él no aguantó. Estalló de ira. No pudo controlarse. Se bajó, sacó su arma y le pegó un tiro a Pablo Piccioli, uno de los dos muchachos que lo amedrentaba. Murió al instante.

Quiso escaparse del lugar, desaparecer. Fue a su casa  y habló con sus hijos. Lloró. Les prometió que se iba a presentar a la justicia. Pensó en suicidarse. Salió a caminar desde su casa, Lomas de Zamora. Recorrió todo Buenos Aires. Deambuló como un fantasma, sin pertenecer a nadie, poseído por un acto que todavía no comprendía del todo. Durmió en Constitución, en Palermo, caminó la calle. Al final, se entregó.




There are 7 comments

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  1. Juan Gutierrez

    Entonces qué debemos hacer, dejarnos golpear, si nadie nos defiende y ante una situación así es difícil detener las emociones, creo que mi postura sería la misma y la diferencia es que no me entregaría… nunca, porque en mi país no creo en esta justicia injusta que tenemos!!!

  2. Lucas Ramos Gil

    Lucas me encanto tu nota,me encanto de todo corazon,Edgardo,es unas de las mejores personas que he conocido,y su legado de valores lo transmitio de muy buena manera para con su familia hoy en dia mi gran amigo del alma es su hijo,a ambos hace mas de cinco anos no los veo hoy yo vivo en rep checa, lo hago con mi familia,de la cual el tambien forma parte.Raro que no gano es un gran jugador a mi tambien junto con su hijo nos enseno a jugar,cuando vuelva por mi pais es una de las primeras cosas que hare ir a verlo y darle un abrazo.Un saludo Y gracias nuevamente Lucas.

    Lucas Ramos GIl.


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