Cuba, la isla del fuimos y del ya seremos (parte I)

d01-08

“Si caigo o no, no temo; sacrificio el de las palabras;

si caigo o no, los labios que llevo ya han besado;

nada podrá matar los sueños, yo cabalgo;

de gala el traje y los latidos forcejean;

yo vengo para entrarle al tiempo sin demasiados cuidados, de eso se trata;

sólo así será el tiempo nuestro  amparo;

y sólo así será fatal perder los talismanes que nos diera la isla y quedar, quedarnos inertes o fugaces;

dicen que así somos, pero no: esos son nuestros modos de ser inoperantes;

ya seremos”.

Ernesto Cantelli, La Habana, Cuba.

El turista luce sorprendido. Cuelga en el pecho su enorme cámara fotográfica pero en ese momento no parece tener muchas ganas de usarla. Mira a su alrededor con atención y camina sigiloso, lento y sin querer llamar la atención. “Disculpe, ¿en esta zona hubo un corte de luz?”, pregunta a un hombre negro de unos 45 años que sostiene en la mano izquierda un habano y en la otra unas monedas de uno y tres pesos. “No, hermano, aquí todas las noches son así”, responde con amabilidad y a la expectativa de otra consulta. Pero el turista, que por su acento y manera de hablar parece español, no pregunta más. Ya entendió. La ciudad de La Habana duerme con las luces apagadas.

Es medianoche y en el Parque Central, el ombligo de la ciudad, a una cuadra del Capitolio, el edificio más imponente, construido para que funcione como Congreso y que actualmente está fuera de uso, las colas de gente que esperan el colectivo son enormes. Esa zona, llena de vida, ruido y gente durante el día, cambia su ritmo por la noche. Casi no pasan autos y hay silencio. Ya no hay vendedores ambulantes ni músicos de la calle en la búsqueda de turistas para tocarles Guantanamera, Chan chan o Hasta siempre comandante, la canción dedicada al Che Guevara compuesta por Carlos Puebla, en 1965.

Los cubanos dicen que La Habana de noche es peligrosa. “Sí, aquí hay que tener mucho cuidado”, dice una señora de unos 70 años que está sentada en un banco del oscuro Parque Central con su marido, que asiente sus palabras. “Es verdad, hermano, aquí, hace tres o cuatro años, robaron la cartera a una señora. Eso no puede ser, muchacho”, agrega el hombre.

El transporte público no es bueno y los que lo tienen que usar lo saben: todas las horas son pico. Nadie se queja por la tardanza, salvo dos o tres jóvenes desesperados por volver a casa tras un largo día de trabajo. Llega el colectivo, o la guagua, como le dicen, y la gente empieza a subir por la puerta delantera. Cuando la capacidad parece agotada, lo hacen por atrás, sin pagar. Están apretados, sin espacio para moverse y muchos llegan a sacar el cuerpo por las ventanas, pero eso no los inhabilita a divertirse. “¡Oye, María, mira quién está por subir a la guaguita! ¡Es el vago de tu sobrino!”, grita el chofer a una de las pasajeras del fondo. María no lo escucha, pero sí todos los que están alrededor, que ríen con fuerza. “¡Ey, chofer (¡shófer!), ponga un poco de música!”, devuelve uno de los pasajeros de atrás. Sin mirar a nadie ni responder, el conductor prende una radio y sintoniza una transmisión en la que pasan salsa.

La gente no para de subir y la guaga todavía no arrancó. Junto al chofer trabaja un chico de unos 16 años, encargado de cobrar el dinero del boleto (el viaje sale cincuenta centavos de moneda nacional, unos dos centavos de dólar). La gran mayoría de la plata que le dan los pasajeros la deposita en la alcancía de pago del colectivo. Otra parte se la queda en el bolsillo y la otra se la da al chofer, que la coloca en una pequeña riñonera que tiene a su costado. Los empleados estafan al Estado. No hay máquinas ni tickets para comprobar cuánta gente usa el transporte. Ellos, que ganan unos 23 dólares al mes, están obligados a incrementar el salario de esa manera. Los pasajeros lo saben pero no dicen nada. En sus trabajos, también se las rebuscan para ganar más dinero.

“La capital gasta más energía de lo planificado”, es el título de tapa del diario Granma de ese día. “La Habana presentó un sobreconsumo de 45 gigawatt hora por encima de los 626 planificados”, informa la nota, que agrega que unos 800 clientes que se excedieron en el uso de la electricidad serán visitados para que den explicaciones de la situación. Todos los postes de luz de las calles están apagados. Las vidrieras de los negocios, que parecen desabastecidos, también. El Estado es el primero en dar el ejemplo.

Un hombre blanco de unos 65 años, que luce bien vestido y lleva una carpeta en la mano con algunos papeles, sube al colectivo y dice: “Disculpe, hermano, me quedé sin monedas…”. El colectivero lo interrumpe: “No se preocupe, hermano. Pase, pase”. La escena se repite en varias paradas. Todos están apretados y cansados. Todos escuchan música y sonríen, y hasta alguna mulata se anima a tirar unos pasos en un espacio que parece demasiado reducido como para intentarlo.

(#) La foto pertenece al blog Viajes.chavetas.




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