Persiguiendo a Hemingway en La Habana (parte I)

100_0526

La puerta del Floridita se abre mientras sale un hombre con una bandera triangular, no muy grande aunque fácil de distinguir a unos 100 metros, de color rojo. Detrás de él lo siguen unas 30 personas que intentan caminar al ritmo de la salsa que suena en el lugar. Mueven las caderas para un lado y otro no sin cierta dificultad. Algunos aplauden disimuladamente, como si lo hicieran sólo para ellos mismos, aunque lejos de los tiempos que impone la música. No tienen ritmo. Aún así, se divierten. Parecen tener más de 50 años y salen sonrientes del bar, mientras comentan que los daiquiris no estaban tan buenos como los de la noche anterior en el bar del hotel. En cuanto termina de salir el grupo, otro, de las mismas características, con un hombre que va a adelante con la misma bandera pero de color naranja, ingresa. La escena se repite. Aplausos, sonrisas, comentarios de felicidad. En el pasillo de entrada los espera un mesero con una carta en la mano, vestido con un elegante traje y moño negros. El lugar, amplio, con una enorme barra y una banda que toca en vivo (tambores, trompeta, guitarra y maracas), está repleto. En las paredes hay fotos enmarcadas que muestran siempre al mismo personaje en diferentes situaciones (tomando un trago, de pesca, escribiendo). Los grupos de turistas, que hablan en inglés y son llamativamente blancos y regordetes, se relajan y disfrutan. Todos consiguen uno de los objetivos que se plantean antes de visitar La Habana: tomar un trago en el mismo bar en el que lo hacía Ernest Hemingway.

El escritor estadounidense, que llegó a Cuba en 1929 y vivió allí casi veinte años, es quizás la única y más rendidora figura de marketing de la isla (sólo comparable con la del Che Guevara). Cada lugar en el que haya estado (el hotel Ambos Mundos, La Bodeguita, El Floridita o La Finca Vigía, su antigua casa) funcionan como uno de los centros turísticos más importantes de la ciudad. Los precios y ofertas de varios productos (libros, pósters, postales, llaveros, tragos, comidas, etc) en cada uno de los sitios en los que estuvo se agigantan casi tanto como su mítica obra e historia.

Sería difícil decir que Cuba era el lugar del mundo de Hemingway. En realidad, el estado de viajero permanente era el ideal para él. Quería ver, conocer, explorar. Vivir para escribir. Sacar historias de los diálogos, de las experiencias. Así como estuvo varios años en la isla, sintió afecto y estuvo mucho tiempo en otras partes: España, donde participó de la Guerra Civil y se sintió particularmente atraído por la Fiesta de las corridas de toros, Francia, sitio en el que frecuentó los bares parisinos con la famosa  Generación perdida de Francis Scott Fitzgerald, John Dos Passos, William Faulkner y Ezra Pound, entre otros, o África, lugar ideal para cazar y sentirse más libre que nunca.
Lo que no se puede discutir es que Cuba fue un lugar especial para él. Allí consiguió el período de mayor madurez y excelencia en la escritura, donde creó obras como Por quién doblan las campanas o El viejo y el mar. Primero se hospedó en el hotel Ambos Mundos. La habitación 501 del quinto piso se mantiene tal cual la dejó, y funciona como una especie de museo. Aún se conserva su antigua máquina de escribir, cartas y otros objetos.

Fue la Finca Vigía, su verdadera casa, donde más tiempo estuvo. Está ubicada en San Francisco de Paula, a unos 15 kilómetros de La Habana. La compró a 18 mil dólares, atraído por la exclusividad del terreno, en lo alto de una colina, desde donde se puede ver casi toda la ciudad, y la tranquilidad de la zona.

En la puerta de la casa instaló una gran campana, que se encargaba de tocar cada vez que Ava Gardner, Gary Cooper o Ingrid Bergman, algunos de sus grandes amigos, lo visitaban. Casi nunca invitaba escritores, con quienes siempre sintió distanciamiento por la enorme competencia que se generaba. Estaba cómodo con las estrellas de Hollywood, artistas exitosos, pero también sensibles y, por supuesto, hermosos. Un día de verano, Ava Gardner nadaba desnuda en la pileta, mientras Hemingway la miraba desde el balcón de su habitación, abstraído por su belleza. Cuando su mujer notó la situación, se enojó y se llevó la ropa que la actriz había dejado a un costado. Gardner tuvo que salir corriendo desnuda desde la pileta hasta su habitación, bajo la atenta mirada de los empleados del lugar y, por supuesto, del viejo Hemingway. Todas sus parejas formales (estuvo casado con tres) le permitieron al escritor que se moviera con libertades. Le sobraron romances y atenciones exclusivas. Cada una de sus mujeres asumió un rol inferior, lo entendieron como un talento al que había que ayudar a que hiciera su trabajo lo más cómodo posible.

“Hemingway amaba Cuba pero nunca dejó de ser americano. Ellos tienen una forma de ser. Como los argentinos. Son arrogantes. Se creen que son el ombligo del mundo”, dice Alberto, un hombre de unos 45 años, licenciado en Historia del arte que trabaja como guía de la antigua casa del escritor. En la propiedad sólo hay dos turistas estadounidenses que llegan en taxi y no se quedan mucho tiempo ni hacen preguntas. La entrada para los extranjeros es de 10 CUC (unos 50 pesos). Todo está intacto. Con letra chica y borrosa se pueden ver hasta los números que escribía sobre una pared del baño, al lado del inodoro, para controlar su peso (1958: 14 de abril, 240 libras (108 kilos)/1959: 18 de marzo, 204 libras (92 kilos)/ 1960: 24 de julio, un día antes de irse, 190 (86 kilos)). Mary Welsh, la última esposa de Hemingway, donó al gobierno cubano la casa, una semana después de su muerte, en julio de 1961. Aunque no se puede ingresar a los ambientes de la propiedad, delimitada con algunas sogas, se pueden ver a pocos metros los más de 10 mil libros y revistas que tenía (Dostoievski, Henry James, Life, Time, arte, ciencia, literatura e historia) y  los discos (Armstrong, Mozart, Beethoveen).  Todavía funciona el viejo tocadiscos, por el que se escucha algún jazz de los años 20.

A Hemingway le gustaba escribir por la mañana (parado, con la máquina a la altura del ombligo apoyada en un pequeño banco), luego almorzaba y nadaba en la pileta para volver a escribir por la tarde. Era metódico. Le molestaban las desconcentraciones y si estaba en proceso de escritura seguía paso a paso las mismas costumbres por un largo tiempo. La presencia del escritor se siente en cada rincón, en cada objeto que se guardó, en cada historia que cuenta Alberto, con precisión y una admiración más que explícita. Todavía está su chaqueta de la Guerra Civil Española y las tumbas al lado de la pileta de Nerón, Linda, Black y Negrita, los gatos que lo acompañaban en todo momento. Es como si Hemingway revoloteara por ahí, mientras se sirve un trago de ron, pone un vinilo y se pone a leer uno de los tantos libros. Es un museo vivo.




There are 9 comments

Add yours

Post a new comment