Persiguiendo a Hemingway en La Habana (parte II)

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“Los que dicen que era un borracho no pueden estar más desacertados. El alcohol funcionaba para él como remos para continuar en la vida. Tenía una sensibilidad mayor al resto y muchas cosas le molestaban. Un borracho no es capaz de escribir El viejo y el mar, Islas en el golfo o Adiós a las armas”, dice Alberto, mientras señala una de las enormes bibliotecas que hay en el living de la Finca Vigía, lugar donde Ernest Hemingway pasó quizás los mejores años de su vida, en Cuba. En algunas de las mesas y estantes hay algunas botellas de ron y whisky vacías. Al lado, una cubetera y un par de vasos anchos. Todo está tal cual lo dejó el escritor.

En las paredes están colgados los trofeos por los que sentía real orgullo: los animales que cazó. La cabeza enorme de un búfalo negro es la que más llama la atención. Hemingway se sacó una foto histórica con él rendido en el piso, poco después de dispararle. Y Alberto comienza a soltar parte del mazo de anécdotas: “Un día le llegó una carta de Benito Mussolini acompañada con un cheque en blanco. Le pedía especialmente por una cabeza y le ofrecía que pusiera la cifra que quisiera. Hemingway le devolvió el cheque con dos ceros y una respuesta contundente: `Si lo quieres, ve a cazarlos como lo hice yo´”.

Aún viven algunos vecinos que lo conocieron. Unos dicen que era un viejo loco. Una vez se le escapó un tiro de una escopeta y casi mata a una mujer que estaba a unas tres casas. Otros argumentan que era un hombre noble. Alberto entrevistó varias veces a la gente que vive en el lugar. Muchos de ellos sabían que era un gran escritor pero casi ninguno lo leyó. Un día, Hemingway vio a uno de sus vecinos cortar el césped del jardín con una tijera que no funcionaba del todo bien. A la otra semana le compró una nueva y se la regaló. Casi no se hablaron. Se bajó del auto y casi sin mirarlo le dio la tijera.

Simpatizaba con los ideales de la Revolución, aunque nunca terminó de comprometerse. Hemingway y Fidel Castro se vieron sólo dos veces. Una de ellas fue en un evento de pesca en el que supuestamente también estaba el Che Guevara, pero como no estaba interesado, se la pasó leyendo y ni siquiera se saludó con el escritor. ¿Por qué Hemingway no se mostró del todo a favor de los barbudos? Nunca se supo ni lo explicó. Tanto Fidel como él habían confesado su mutua admiración. Pero aunque creía que la lucha era justa, no parecía interesado en meterse en el proceso político desde el costado intelectual. Sólo quería disfrutar de Cuba, ser feliz.

Algunos discuten el verdadero sentimiento del escritor por la Revolución, pero no parecen quedar dudas. En uno de sus libros se encontró un brazalete del Movimiento 26 de Julio y bonos del Partido Socialista Popular. “La Revolución Cubana es indestructible y fabulosa”, le dijo al primer ministro de la Unión Soviética, Anastás Mikoyán. Entonces, ¿por qué dejó Cuba?

Luego de mostrarse en público con Fidel y ser fotografiado durante un día de pesca, el gobierno estadounidense no toleró la situación. El embajador en Cuba, Spruille Braden, fue el encargado de enviar el mensaje. Se presentó en la Finca Vigía, aunque esta vez no como amigo ni para tomar un trago. Braden le habría dicho que si no dejaba la isla sería considerado un traidor en Estados Unidos y no podría volver. Todo indica que Hemingway se fue de Cuba con la intención de regresar. En su casa dejó todas sus pertenencias, hasta varios manuscritos que no los hubiera dejado por nada. Nunca volvió.

“Este es un premio que pertenece a Cuba porque mi obra fue pensada y creada en Cuba, con mi gente de Cojímar, de donde soy ciudadano. A través de todas las traducciones están presente esta patria adoptiva donde tengo mi casa y mis libros”, dijo en una entrevista luego de recibir el Premio Nobel de literatura, en 1954.

Viajó a Estados Unidos, donde empezó a sentirse mal. “Un escritor debe dejar de existir cuando no puede hacer lo suyo”, había dicho en una entrevista. Y cumplió con su palabra. A los 62 años, cuando ya no podía cazar, estar con mujeres y escribir, se disparó a la cabeza con una escopeta.

Hace más de 20 años que no se editan los libros de Hemingway en Cuba. Alberto, como los otros profesionales que trabajan en el museo, aclara que no tienen a disposición la obra completa. Tampoco pudieron ver Medianoche en París, el film de Woody Allen que muestra al escritor en su juventud, en París. “Muchos turistas me han hablado de esa película, pero aquí aún no ha llegado”, dice. Produce una sensación extraña escucharlo. Es nacionalista, como la mayoría de los cubanos. “Si no fuera por la Revolución, seríamos como Las Vegas”, repite como tantos otros. Es culto, gracias a la educación que le brindó el Estado. Aunque nunca lo admitirá, sufre por no poder contar con todos los libros del hombre que más conoce, que tanto admira. Sabe que mucho no puede hacer. Sigue leyendo de la enorme biblioteca de la Finca, estudia, piensa en  Hemingway como una obsesión, se preocupa cuando no puede responder las razones exactas por las que el escritor se fue de Cuba o se suicidó.

Los libros es la única pata del “negocio Hemingway” que no funciona en Cuba. Los turistas no se molestan por buscar las ediciones originales o en español. No compran sus libros usados que se venden en las librerías de la calle. En La Bodeguita del medio, el otro mítico bar donde el escritor disfrutaba de los mojitos (en la pared del local escribió: “My mojito in La Bodeguita, My daiquiri in El Floridita)”, no se puede ingresar por la cantidad de gente que hay. El trago de mojito, que en cualquier lugar sale unos dos CUC aquí lo cobran a seis. Un grupo de cuatro mujeres tocan instrumentos de percusión y forman un coro, mientras las bebidas no paran de salir. La consigna parece la misma para todos los que están en el lugar. Tomar un trago mientras ven en las paredes las fotos de Hemingway y otros personajes históricos como Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, Errol Flynn o Salvador Allende. A los cubanos ni se les ocurre entrar. Un mojito en ese lugar equivaldría a casi el 25% de un sueldo promedio. Muchos dicen que la calidad del lugar ya no es la misma y que sólo sirve para estafar turistas. Desde que murió Ángel Martínez, el gran amigo de Hemingway que compró el lugar en 1942, las cosas no son iguales. En la puerta del lugar hay  algunos buscavidas que venden el típico gorro verde que usaba el Che Guevara y algunas postales de Cuba. Con el mareo que produce el mojito, algunos turistas les prestan atención y se prueban los gorros o miran las cosas que ofrecen. “¿Quieres comprar algo, amigo?”, preguntan los vendedores a cada persona que pasa por la calle Empedrado, justo en frente de la puerta de La Bodeguita mientras algunos posibles compradores siguen mirando su mercadería.




There are 2 comments

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  1. patrizia

    baj, Hemingway un choborra que escribia bien, pero vivía en su burbuja y las nietas dos putas, una termino drogada y muerta y la otra es una muerta viviente.

    • Lucas Bertellotti

      Creo que escribía un poco más que “bien”. Con respecto a sus nietas, creo que no tiene nada que ver lo que haya pasado con la vida y obra del autor. Saludos.


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