Cortázar, el Mago de lo diferente, no hay vuelta que darle

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“Yo que me he pasado la vida admirando a los genios, a los Picasso, a los Einstein, a toda la santa lista que cualquiera puede fabricar en un minuto (y Ghandi, y Chaplin, y Stranvinsky), estoy dispuesto como cualquiera a admitir que esos fenómenos andan por las nubes, y que con ellos no hay que extrañarse de nada. Son diferentes, no hay vuelta que darle”, El perseguidor.

Tengo una costumbre como lector de diarios: casi nunca me fijo en el autor del texto antes de empezar la lectura. Así, arranco a leer sin prejuicios. Califico sólo por el contenido. Si la nota me deslumbra, escalo los párrafos y subo la página para saber quién es el responsable de eso que tanto me gustó. Es una especie de reconocimiento. Esa misma sensación, ese homenaje, se repite en todo lo escrito por Julio Cortázar.

“Mejor dormirse, total aunque soñés con las peleas a veces le acertás una linda y la gozás de nuevo. Como cuando el príncipe, qué plato. Pero mejor cuando no soñás, pibe, y estás durmiendo que es un gusto y no tosés ni nada, meta dormir nomás toda la noche dale que dale”, Torito. 

Leer a Cortázar me produce una mezcla de sensaciones. Por un lado, asusta. Genera como una especie de humillación. Cortázar humilla. No te dan ganas ni de escribir una dirección en una servilleta. No sé por qué, pero se me viene a la cabeza a un jugador de fútbol que ve en acción a Messi o Maradona: “No, no puede hacer eso con la pelota ese pibe. Yo me tengo que retirar”. Con Cortázar es lo mismo: no puede hacer eso con la escritura. Es sentirse verdaderamente pequeño. Me pasa con pocos autores más. Capote, Borges y Cheever, seguro. Hemingway, a veces. Como lector, es un desafío interminable, un alerta a los sentidos continuo. Es esbozar una sonrisa y largar un soplido corto pero intenso por la nariz.

“Vos dirás que es la ley del ring y otras mierdas, total no lo conociste a Ciclón y por qué te vas a hacer mala sangre. Aquí lloramos, sabés,  fuimos tantos que lloramos solos o con la barra, y muchos pensaron y dijeron que en el fondo había sido mejor porque Ciclón no  habría aceptado nunca la derrota y era mejor que acabara así, ocho horas de coma en el hospital y se acabó”, Segundo viaje.  

Como Cortázar rompe con las normas, muchas veces me pasó que creí no entenderlo del todo. Siento como si estuviera enviando un guiño sólo para él mismo, pero que aún así me atrapa. Debe ser por eso que fracasé la primera vez que lo intenté leer, a los 17 años. Para disfrutarlo, hay que tener una cabeza más o menos libre para aceptar lo que propone. Es un camino complicado, con curvas peligrosas y rectas interminables. Por momentos uno se siente perdido, pero en el camino de Cortázar (casi) siempre se llega a la meta.

“Escuchar a Billie Holliday era una tristeza hermosa que daba ganas de acostarse y de llorar de felicidad, se estaba tan bien en el cuarto de Teresita con la ventana cerrada, con el humo, escuchando Billie Holliday. En su casa le tenían prohibido cantar esas canciones porque Billie Holliday era negra y había muerto de tanto tomar drogas”, Siestas.

No suelo recordar demasiadas escenas de los libros. Sólo quedan en mi memoria sensaciones, sentimientos, alguna que otra secuencia. Pero en Rayuela, la absurda muerte del hijo de la Maga, Rocamadour, y el horrible concierto de Madamme Berthe Trépat que presencia Horacio para guarecerse de la lluvia, son sencillamente inolvidables. Son imágenes que marcan a fuego. Todavía imagino la tristeza de la Maga por la muerte de su bebé, en ese departamento anárquico y abandonado de alguna calle de París. También puedo imaginar a Madamme Berthe Trépat, pálida, triste y vestida de negro, detrás de su piano usado y sucio.

“Cuando vio lo que traía se puso tan colorado que me volvió a dar lástima y un poco de risa, era demasiado idiota realmente. `A ver m´hijito, bájese el pantalón y dése vuelta para el otro lado´”, La señorita Cora. 

Es fantasía y realidad a la vez. Es una burla constante. A vos, a mí, a él mismo, a todos. Es una forma de alejarse de la convención. Es una revolución permanente de los puntos de vista. Un inventor del uso de las palabras, un músico en el ritmo de las historias. Un Mago simplemente diferente. No hay vuelta que darle.

(#) Esta semana, el 26 de agosto, Cortázar hubiera cumplido 98 años. Este es un pequeño homenaje. Las citas textuales pertenecen a mis cuentos favoritos, esas pequeñas y gigantes obras maestras que nadie debería morir sin antes leerlas.




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  1. Facundo Von Ungaro

    Cada vez que me acuerdo de los integrantes del Club de la serpiente en el cuartucho de Horacio con Rocamadour muerto y La Maga totalmente ignorante del hecho.
    El silencio y la complicidad de todos, me genera más ansiedad y suspenso que cualquier thriller.

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    […] Cuentos completos, Julio Cortázar: Fantasía y realidad. Densidad y liviandad. Simpleza y complicaciones. Cortázar es un escritor extraordinariamente complejo. Cada uno de sus cuentos tiene un sello propio. No parece demasiado exagerado sentenciar de que se trata del cuentista perfecto. Maneja los ritmos de los relatos como nadie. Todo se mezcla: política, música, arte, mundo. Para disfrutarlo, hay que tener una cabeza más o menos libre para aceptar lo que propone. Es fantasía y realidad a la vez. Es una burla constante. A vos, a mí, a él mismo, a todos. Es una forma de alejarse de la convención. Algunos de los cuentos que más me gustaron: El perseguidor, Torito, Segundo viaje, Siestas y La señorita Cora.  […]

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