Open: lecciones de un tenista que odió con pasión

agassi

“Big dreams, are so damn tiring”

Soy un lector prejuicioso. No creo en los libros de autoayuda, por ejemplo. Son una de las tantas modas del siglo XXI que la gente, lamentablemente, relaciona como una especie de guía para vivir mejor (seamos sinceros, ¿alguien piensa que Ari Paluch o Claudio María Domínguez pueden enseñarnos algo?). La autoayuda en la literatura está en un fluido y atrayente cuento de Cheever, en una mágica y brillante historia de Cortázar o en una densa novela de Faulkner. ¿Por qué creo que son de autoayuda? Porque ayudan a explorarnos: nos hacen un poco más felices, nos inspiran, nos llenan, nos entristecen, nos hacen pensar. En fin, nos hace mejores. Eso mismo logra Open, la autobiografía del ex tenista Andre Agassi.

“I’ve been cheered by thousands, booed by thousands, but nothing feels as bad as the booing inside your own head during those ten minutes before you fall asleep”

Consiguió ocho Grand Slam, ganó más de 30 millones de dólares en premios y fue número uno del mundo varias semanas. Pero no fue feliz. Una de las claves de Open es la de enseñar, bajo el inmejorable ejemplo de uno de los grandes antihéroes de la historia del deporte, que el éxito y el triunfo no equivalen a felicidad. Andre Agassi odió al tenis. El concepto de odio fluye en cada uno de los momentos de su vida: desde que tenía siete años y su padre lo torturaba con los entrenamientos hasta que jugó sus últimos partidos en el tenis profesional, con dolores en el cuerpo que no le permitían dormir en una cama. Pero, a la vez, fue un odio pasional. Sentía pasión por el tenis. Es un recurso demasiado trillado y algo aburrido, pero creo que en este caso vale la pena recurrir a la definición de pasión de la RAE: “Apetito o afición vehemente a algo”. Agassi sentía vehemencia cada vez que estallaba una pelota o humillaba a un rival.

“To be inspired – that’s the secret”

Para ser el mejor, intentó rodearse con los mejores. Brad Gilbert (entrenador) y Gil Reyes (preparador físico) fueron sus almas gemelas en un largo camino de más de veinte años. Los escuchó, estudió y analizó bien antes de hacerlos formar parte de su equipo. Notó que en sus miradas y palabras había algo distinto, un sello que los hacía únicos. Fueron uno de los motores para que la máquina siguiera funcionando. Saber que, aunque el tenis era el deporte más solitario y cruel de todos, había un equipo detrás que lo apoyaba. Y ese equipo era el mejor de todos. Ese equipo lo inspiraba para ser mejor. Estar rodeado de gente talentosa le hace bien. Sentir que alguien lo supera y que él ocupa un rol de inferioridad (muchas veces comenta que Gil era como una especie de padre) le sirven como remos para mantenerse en carrera.

“It’s a tragedy, it’s terrible. I hope there’s something I can do. I’ll be a part of anything that might make a difference”

Un pensamiento recurrente de Agassi es el de la frivolidad que representa el tenis. “¿Por qué debería ponerme contento por ser el mejor en esto?”, se pregunta. Al fin y al cabo, no es más que pegarle a una pelotita amarilla con una raqueta. En 1997 llega a estar seriamente deprimido, consume drogas y luego, desesperadamente, y sin ningún escudo moral más que el pánico, miente para que el castigo de la ATP (de la sociedad y sus conocidos también) no sea demasiado duro. Encuentra, al final, las cosas realmente importantes lejos de su trabajo de tenista. Cuando ayuda a un amigo, cuando abre una escuela para chicos, cuando abraza a su mujer, Steffi Graf. Son sus momentos de felicidad, cuando percibe que está haciendo algo realmente bueno con su vida.

“It’s no accident, I think, that tennis uses the language of life. Advantage, service, fault, break, love, the basic elements of tennis are those of everyday existence, because every match is a life in miniature”

Hay una idea constante en el libro: la del abandono (¿hay alguien que alguna vez no haya pensado en abandonar?). Acabar, de una vez, con el sufrimiento. Pero no lo hace. Es más, alarga su retiro mucho más que varios de sus contemporáneos (Courier, Sampras). ¿Por qué? Quizás por este odio pasional. Este miedo de sentir que el tenis es lo único que podía hacer. Esta adicción por ganar (“Las derrotas se sufren mucho más de lo que se disfrutan las victorias”, dice). Esta sensación de pasarla mal para, en algún momento y de una buena vez por todas, disfrutar como nunca lo hizo.

(#) Por mi incapacidad para traducir correctamente, decidí mantener las citas del libro en su idioma original. Por último, sólo queda agradecer a J.R. Moehringer (quien no quiso figurar en la tapa del libro), escritor-fantasma de la autobiografía. Sin su pluma, sencilla y eficaz, la historia hubiera sido otra.




There are 6 comments

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  1. Anonymous

    Buenisimo! Gran tenista! El único que logró que mirará un partido entero. Y un filósofo. Bueniísimas palabras. Me quedo con esto: “I’ve been cheered by thousands, booed by thousands, but nothing feels as bad as the booing inside your own head during those ten minutes before you fall asleep”


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