La teta en el subte

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Fui yo el que le cedió el asiento. Siempre viajo sentado. Tomo el subte en la primera estación de la línea D, Congreso de Tucumán. Estaba con los cuentos completos de Abelardo Castillo en la mano pero, entre los gritos del maquinista y la gente que no se terminaba de acomodar, no me había compenetrado en la lectura. Como casi nunca, levanté la vista en la siguiente estación cuando se abrió la puerta. Me correspondía. Mi asiento, el primero de la fila, era el reservado para embarazadas y viejos. Entró un cochecito azul con un bebé. Lo llevaba el papá, un hombre de unos 29 años, con el pelo enrulado y negro. Tenía la cara cansada, con ojeras. Usaba una campera de jean. “¿Te querés sentar?”, le pregunté mientras me paraba. No me miró. “Sentáte vos, gorda”, le dijo a una mujer que entró al vagón dos segundos después. “Gracias”, dijo él.

La mujer, una rubia grandota que lucía de la misma edad de su pareja, agarró al bebé del cochecito y lo sentó arriba suyo. Era un bebé gigante. Su cabeza llamaba la atención por lo grande, también las piernas y los brazos. No tendría más de ocho meses, pero su cuerpo parecía fuerte y bastante desarrollado. Como su padre, tenía algunos rulos. El nene estaba tranquilo, no había hecho ningún ruido y no parecía necesitar nada. Pero la rubia, que no era linda y tenía la cara más bien regordeta, pensó otra cosa. Ni bien se sentó, se bajó la remera blanca del lado derecho y comenzó a darle la teta. Yo estaba parado a la altura de mi antiguo asiento. Pensé en irme a otro sector del vagón. Estaba incómodo. Me quedé.

El bebé, que era una bestia físicamente, también era una bestia mamando. No es que estuviera viendo la secuencia constantemente, aunque sí llegué a advertir, en una sola mirada, rápida y al pasar, un enorme pecho blanco y caído a punto de explotar. La deducción la hice por los ruidos. Los ruidos de la succión eran mucho más fuertes que los del propio subte. La madre había hecho lo correcto. El nene estaba más que hambriento. La incomodidad aumentó.

Miré a mi derecha. Un joven parecía observarme todo el tiempo para ver si a mí se me ocurría pispear el pecho de la mujer. Estaba con mi libro en la mano pero ya no podía leer. Al fuerte sonido de succión, la pequeña bestia agregó un movimiento a la rutina: mientras tomaba de la teta derecha de la mamá, con la mano derecha, desde una posición semi acostada, comenzó a pegarle golpes a la teta izquierda. Eran golpes fuertes. El bebé, que ya parecía tener edad para tomar mamadera, tenía una fuerza anormal. La madre no se movió ni intentó retener los golpes, parecía acostumbrada. También parecía cansada. Le faltaba brillo a la cara, casi ni miraba a su hijo. El padre, por su parte, estaba perdido entre la gente, cerca de la otra puerta, con el cochecito. Ya no podía irme. Estaba atrapado en la multitud.

Los ruidos eran confusos, molestos, difíciles de ignorar. En una teta, la succión. En la otra, los tremendos ganchos de derecha. En la estación Olleros se subió un chico de unos nueve años. Llevaba una camperita deportiva y tenía una herida grande sobre el ojo derecho. Ni bien ingresó al vagón, se agarró a la baranda y vio, justo delante de él, la secuencia de la rubia y el bebé. Como ninguno de los que estaba en ese sector, no pretendió ocultar su impresión. Mientras se sostenía con la mano izquierda miraba directamente el pecho de la mujer. Se puso pálido. Muy serio. Después de unos segundos observando la situación, se dio vuelta y caminó hacia la otra baranda. Desde esa posición, ya alejado, volvió a ver al bebé y a la mujer. Luego les dio la espalda. Siempre serio, como si se hubiera metido en un gran problema, levantó la cabeza y  miró a los ojos a quien debía ser su papá, que estaba apoyado sobre una de las puertas, con los brazos cruzados. Él había observado toda la secuencia. Lo miró a su hijo, le sacudió los pelos para un lado y otro y, en voz baja, le dijo, mientras le dedicaba una rápida mirada a la rubia: “Ojo, eh”. Los dos se rieron.

El subte llegó a Plaza Italia. El marido debe haberse distraído, porque tardó demasiado tiempo en avisarle a su mujer que debían bajar. Con la puerta ya abierta unos segundos y  mientras dejaba el vagón con el cochecito, gritó: “Es acá, gorda”. La mujer, sin decir nada, se paró y salió del subte mientras el bebé seguía tomando de su pecho. Estaban en el andén y el subte arrancaba la marcha. Aunque ya no los veía, todavía podía escuchar el sonido que generaba el impacto de las piñas en la teta izquierda. El nene de la herida vio el asiento vacío, anticipó a una señora adulta y se sentó. Me quedé mirando su moretón. Desde ahí hasta 9 de Julio pensé varias veces en cómo se podría haber lastimado así. Descarté la posibilidad de que su papá lo hubiera golpeado. Tenía cara de buen tipo y él lo miraba con aprecio.

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  1. N. González

    Excelente tu capacidad de estar atento a tu alrededor y retener hasta los màs mínimos y preciosos detalles para luego armar este relato cotidiano y fantástico.
    También me hizo reir. En voz alta frente a la PC, jajaja.
    Una oraciòn me pareciò que puede estar mejor dicha: “Como nadie de los que estaba en ese sector, no pretendió ocultar su impresión. ”
    “Como ninguno” , no estarà mejor?
    Saludo.


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