Homeland: los buenos, los malos y las bombas que nunca explotan

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Esta es la historia de los buenos contra los malos. El espectador deberá estar atento, esperar y notar cada uno de los detalles pero, sobre el final, lo sabrá. Los minuciosos captarán la situación con anticipación. Otros se sumergirán en un mundo de adrenalina, suspenso y acción pero, en algún momento, captarán de qué se trata la situación. Homeland es una serie tan simple como las novelas latinoamericanas que suelen televisarse por la tarde en los canales de aire. Es esperar a que llegue el momento que, en realidad, nunca llega (por lo menos hasta que los productores dejen de ganar dinero con la historia).

El Marine Nicholas Brody es encontrado por las fuerzas armadas estadounidenses en Afganistán luego de estar ocho años desaparecido. Tiene barba y el pelo largo y sucio. Está metido en una especie de tumba, incomunicado y sin alimentación. El regreso a su país es triunfal. Un héroe regresa a casa. Carrie Mathison, agente de la CIA, sospecha de él. Piensa que Brody fue captado por Al Qaeda y ahora opera para ellos. ¿Es posible que un soldado estadounidense se haya convertido en terrorista? Los 12 capítulos de la primera temporada intentan responder este interrogante.

La historia de los buenos contra los malos quiere decir: sociedad estadounidense (miedosa y frágil desde el atentado a las Torres Gemelas) y terrorismo (cuando los terroristas son presentados suelen ser adictos al sexo, maltratadores o lavadores de cerebros). Se trata de la sociedad estadounidense y no de Estados Unidos. En realidad, el relato plantea algunos golpes duros a algunas instituciones que siempre fueron una especie de símbolos (la CIA, el FBI y el Estado, por ejemplo). Aunque a esta altura ya parecía una obviedad para varios, el hecho de que la historia mostrara que el Gobierno tira bombas a los países de Medio Oriente sin una justificación más o menos razonable ni un proceso lógico o justificable impresionó a muchos. Para algunos, fue un baño de realidad. En realidad, no parece mucho más que una decisión editorial naif.

En los últimos diez años, la producción de series a superado en muchos casos al cine. Sobran los productos que son verdaderas obras maestras, como Six Feet Under, The Wire, Los Soprano o Treme. El problema de Homeland, basada en la serie israelí Hatufim  producida por Showtime, es que está atada al éxito (tras ganar seis premios Emmy este año, la audiencia en Estados Unidos creció mucho y ya está confirmada la tercera temporada, aunque parece obvio que vendrán muchas más). Sólo hace falta ver el último capítulo para entender que las bombas no van a explotar hasta que el rating deje de funcionar. ¿El proceso de una serie debe estar determinado por la audiencia? No es el panorama ideal. Lo mejor sería que se supiera tanto su fecha de iniciación como de culminación (HBO, en general, sigue esta lógica de trabajo y quizás por eso aún es el rey de la televisión).

La credibilidad es uno de los grandes problemas de Homeland. Hay demasiados elementos de la historia como para desconfiar (¿puede el FBI y la CIA ser instituciones tan negligentes y estúpidas?). El relato tiene mucho que ver con la serie 24. Howard Gordon, uno de los creadores, fue guionista de 24. El planteo también. Es el juego constante de presentar personajes que podrían estar implicados en el bando malo. En algún momento de la primera temporada es muy fácil desconfiar de casi todos.

Los personajes generan simpatía. Tanto Brody (Damian Lewis, que interpretó al gran Sargento Winter en Band of brothers), el supuesto terrorista, como Carry (Claire Danes, de gran actuación), una especie de Jack Bauer en versión femenina, pueden resultar muy atractivos para el espectador. Pero, en realidad, tienen poca profundidad. Entre paranoias, locuras y desequilibrios, resultan difíciles de entender. Algunos elementos de la reinserción de Brody en su familia tras ocho años de ausencia y luego de que fuera dado por muerto son muy interesantes. El recurso de la bipolaridad de Carry, por otro lado, es un cliché bastante aburrido.

Hay series que sólo están para entretener. Su objetivo es que el espectador no se desconcentre, se mantenga atento, tenso y, cuando termina un capítulo, tenga ganas de ver otro. Homeland es entretenida. Hasta podría entrar en el grupo de las adictivas, como Lost o 24, por ejemplo. Tiene buenos elementos de suspenso y acción, aunque la dirección nunca se luce ni llama demasiado la atención, pero no tiene muchas ambiciones ni ofrece mucho más. Sobre el final, el espectador hasta podría pensar que se trató de una estafa.




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