The Big C: la angustia existencial, el llanto de bebé

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“Nadie cumple, en absoluto, aquello que se propone hacer. Cuando Sartre dice en El ser y la nada que el hombre era una pasión inútil y, además, lo ve como un proyecto que siempre tiende al fracaso, está hablando de la condición humana. El hombre es un proceso en construcción que no termina de hacerse”, Abelardo Castillo.

Estoy tirado en la cama y me tapo la cara con la almohada. No puedo parar de llorar. No son lágrimas disimuladas, tampoco un nudo en la garganta. Es un llanto de bebé. Me cuesta respirar mientras me hundo en pensamientos negativos. La existencia me pasó por arriba y me noqueó. Toda la culpa es de una serie. Se llama The Big C.

Cathy tiene cáncer de piel. Su médico le comenta que las posibilidades de sobrevivir son casi nulas y estima que estará muerta en no menos de un año y medio. Es madre de un adolescente de 16 años, Adam, y está distanciada de su marido, Paul. Da clases en el secundario y, por momentos, se siente sola. No es feliz. Su hijo creció y ya no es su compinche y el hombre con el que pasó toda su vida casi no le presta atención. Por eso, cuando le diagnostican cáncer o, como el nombre de la serie, The Big C (“La gran C”) su vida da un giro rotundo.

La historia relata la reacción de una mujer frustrada ante la posibilidad de morirse en no demasiado tiempo. Cathy, interpretada con maestría por Laura Linney (por su actuación ganó el Globo de Oro),  se compra un auto descapotable, sale con un amante, intenta construir una pileta en el fondo de su casa, actúa sin filtro ante el resto de la sociedad. Hace todo lo que nunca se animó. Está desequilibrada. Es el primer mensaje fuerte de la serie: para los que no están contentos con su vida, la cercanía de la muerte puede funcionar como un impulso a comenzar a tachar algunas cuentas pendientes de una lista que parece interminable.

Dentro de lo dramático de la situación, la historia se cuenta con tono de comedia. La fórmula es exitosa. Es fácil creerle a algunos extraños personajes como Marlene, la vecina loca, sola y de duro corazón, o Sean, el hermano anti capitalista que vive en la calle por opción propia. La serie muestra una sociedad estadounidense algo fracturada: el seguro médico que no paga, el trabajo que no apoya a la familia en una situación difícil, el papá que, desesperado, roba en el trabajo y toma cocaína, la mamá que es infiel y el hijo que sólo parece interesado en estar con chicas e ir a fiestas.

La agradable estética y la duración de los capítulos, de alrededor de 30 minutos, hace que el recorrido de la historia sea muy placentero. Hay, además, una fotografía espectacular. Darlene Hunt, creadora de la serie, se preocupa por hacer bello cada uno de los planos y combinarlos con una música que suele ser la combinación perfecta para emocionar (un estado anímico al que no todos los realizadores pueden llegar).

Por momentos, The Big C es una verdadera lección de vida. Ayuda a entender lo que puede producir la inminencia de la muerte. Le pega una patada al tabú y muestra al cáncer desde un costado sincero. Es menos sutil que Six Feet Under y a veces recurre a varios golpes bajos, pero aún así resulta efectiva. La clave de esta serie está en la lista de cuentas pendientes que Cathy intenta tachar. Como plantea Sartre, el hombre es un proceso en construcción. Es una construcción que nunca termina. De ahí la angustia y el llanto de bebé. No existe el tiempo ni el espacio para cumplir con aquello que nos proponemos hacer y/o ser. Claro: dentro de ese panorama, lo mejor sería que, si nos cruzáramos con una enfermedad terminal, no tengamos la necesidad de cambiar demasiado. A diferencia de Cathy.

(#) Showtime, canal de televisión que creó varias series exitosas como Homeland y Dexter y que  a esta altura ya compite mano a mano con HBO, anunció que en el 2013 saldrá al aire la última temporada de The Big C, de sólo cuatro capítulos. Es justo decir que, así como la primera temporada es una obra imprescindible, el resto son bastante flojas.

(#) “Lo que me pasó con The Big C, en cambio, fue llorar del verbo bebé”, la autoría de la frase le pertenece a Hernán Casciari y la escribió en su antiguo blog, Espoiler. Por ese comentario decidí ver la serie. Como tuve la misma reacción, decidí tomar prestado el término.




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  1. Facundo Von Ungaro

    Muy bueno la verdad. Me gustó el formato del artículo.
    Quizás te interesa, un libro corto que salió recientemente acá, “Mortalidad” de Christopher Hitchens, cuenta sus pensamientos y experiencias con el cáncer de esófago que terminó su vida (pequeñas notas que fue sacando para el diario en el transcurso de un año) Es refrescante ver la sobriedad con la que escribe.


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