La tumba viva

cortázar

“Los cronopios te esperamos en la casa de la calle Humboldt”

Le quiero decir que estoy triste porque no pude conocerlo en persona. Hay libros que hacen cambiar. Se puede cambiar de pensamiento o de estado emocional. Se puede cambiar la manera de vivir o las formas de ver las cosas. Se pueden cambiar los sueños, los proyectos. Los libros que nos cambian son los importantes.

“Gracias Julio por el capítulo 93 que cambió mi vida”

Con ese tipo de libros, los importantes, siempre me pasa lo mismo. A veces pienso más en el autor que en los propios personajes de la historia. Fantaseo con que un día me lo voy a encontrar en la calle. Si vive en el exterior, también. Quizás en algún hotel. En un avión. En una entrevista. Imagino lo que le preguntaría. Me ilusiono con que podría caerle bien. Pero la imaginación se despedazó en ese momento, cuando estaba parado prácticamente sobre su tumba.

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca… gracias”

En ese momento me di cuenta que Julio Cortázar estaba muerto. Un pozo, un cajón, algo de cerámica y un nombre grabado en la parte superior. El cementerio funciona como un terrible golpe de realidad. Es el lugar donde reposan los que ya no viven y mueren las fantasías. La fantasía es la de intuir que una determinada historia no terminó. Pero sólo hay que pararse frente a la tumba para entender que la persona que ocupa ese lugar no está más.

“No te quiero por ti ni por mi ni por los dos juntos. Te quiero porque estás del otro lado”

Tres filtros de cigarrillos. Pétalos de rosas. Biromes. Lápices. Frases. Cartas. Alguna foto. Dibujos. Un lápiz labial. La tumba de Julio Cortázar, en uno de los cementerios de París, en el coqueto barrio de Montparnasse, está viva. Los mensajes están escritos en español. El cuadrado blanco, de no más de un metro por un metro, ya casi no tiene ningún lugar vacío. Los homenajes se renuevan, se actualizan.

“Julio, gracias por los sueños, por la búsqueda”

Pese a que dentro de las callecitas del cementerio hay mapas que indican el lugar en el que se encuentran algunas de las personalidades del lugar (Samuel Beckett, Guy de Maupassant, Susan Sontag, Charles Baudelaire, entre otros), encontrar el sitio donde reposa Cortázar no es para nada sencillo. Hay que ingresar por la puerta principal, caminar unos 200 metros hasta la calle Allée Lenoir e ir unos diez metros a la derecha. No es tan fácil como parece. Los mapas y las callecitas se vuelven difusas por la cantidad de tumbas, que no están en un orden simétrico.

“Sin buscarte te encontramos”

Unos pocos metros a la derecha de la puerta de ingreso están una al lado de la otra las tumbas de Jean Paul Sartre y Simon de Beauvoir. Salvo una flor blanca, no hay ningún otro tipo de mensaje. Cortázar rompe con la monotonía y lo establecido en la literatura. También en su tumba. Sin quererlo, el lugar en el que descansa junto a su última mujer, la escritora canadiense Carol Dunlop, se convirtió en una especie de sitio sagrado para sus lectores. El aburrimiento y la palidez del lugar se desmoronan rápidamente.

“Siempre te encontraré”

Ahí estamos los que lo conocimos por Rayuela, Segundo viaje, Carta a una señorita en París, Torito, La señorita Cora, Casa tomada y tantos otros cuentos más. Todos los libros de Cortázar son importantes. Todos los libros de Cortázar me cambiaron. Ahí estoy yo, que protesto dentro mío porque no puedo tomar un café con él. En ese momento, su grandeza me abruma. Mi admiración se rinde ante una muestra de cariño incontenible de sus lectores. Y después se me cruza otra de las tantas frases sobre la fría cerámica: “Que descanses en la eternidad de tu genio”.  Y encuentro algo de consuelo. Entiendo que la tumba es como un correo infinito en el que se puede establecer una especie de diálogo. Decido no escribirle nada. Eso lo dejo para la próxima visita.




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