Gladiador (parte II)

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No podía respirar. Me dolían las costillas. Hacía unos días había recibido la peor paliza desde que estaba en la cárcel. Me agarraron de a tres, me tiraron al piso y me patearon hasta el cansancio. Cada vez que intentaba tomar aire sentía un fuerte pinchazo, como si me clavaran una aguja. De día, actuaba como si no tuviera nada. De noche, cuando no me veía nadie, lloraba. Tuve que aprender con el tiempo que para ser fuerte no queda otra alternativa que sufrir. Yo sufrí mucho.

Dormir era imposible. No sólo por el dolor, sino también por las cosas que pensaba. El día que Adriano vino a la cárcel, sabía que me iba a elegir. Percibí que iba a separarme de mi hermano Domiciano. Pero no hice nada. Cuando el guardia armó la fila en el patio, intuí que era mi oportunidad de salir de ese lugar. Hice todo lo que tenía al alcance para llamar la atención. Erguí la cabeza. Lo miré a los ojos. Endurecí las piernas. Estiré los dedos de las manos. Mostré mis dientes más o menos blancos y sanos. ¿Por qué lo hice? Porque mi orgullo, mi instinto, era más fuerte que todo. Y porque quería escapar de ahí. Una vez afuera, vería cómo seguir. Desde ese día, soy un esclavo.

En las afueras de Roma, Adriano tenía un enorme campamento. Su poder no era sólo económico, sino también político. En ese momento, los rumores decían que era amigo de varios senadores. Había creado una especie de ejército, aunque no rentado. Enormes carpas, caballos, celdas, utilería, comedor. Los que éramos nuevos teníamos una carpa especial. Los primeros días nos dedicamos a dormir y comer. A las dos semanas, comenzó el entrenamiento. Fue la primera vez que vi a Adriano desde que me había comprado. “Ustedes están aquí para hacerme ganar dinero. A cambio, yo les daré una vida mucho mejor que la que iban a tener antes de conocerme”, dijo. Nos presentó a Virgilio, nuestro entrenador, y terminó: “Algunos quedarán en el camino. Otros morirán. Habrá un grupo que quedará en el olvido y otro que subsistirá. Algunos, sólo algunos de ustedes, serán gladiadores”.

Con el tiempo, las condiciones empeoraron. Empezó a faltar comida. El frío era intolerable. En invierno, poníamos la nieve en baldes, la dejábamos derretir y con esa agua intentábamos bañarnos. Muchos de mis compañeros murieron temblando. No podíamos ni siquiera usar los baños. Era una prueba de supervivencia. Los más débiles quedaban rápidamente descartados.

“En el corazón de la ciudad crece día a día el Anfiteatro Favio. En poco tiempo, ustedes serán los responsables de darle vida a ese lugar. Serán gladiadores. Su único objetivo es morir con gloria”. Virgilio comenzaba el día siempre con la misma frase. El entrenamiento era más bien una lucha por mantenerse en vida. Por la mañana, corríamos. Luego preparábamos la comida de todo el campamento. Por la tarde llegaban los combates. Primero, cuerpo a cuerpo. Después, con palos. Por último, con espadas. Aunque teníamos la orden de no hacernos daño entre nosotros, siempre había un accidente. Por la mala alimentación y el frío, muchos se iban a dormir y ya no despertaban.

Virgilio había sido un prestigioso soldado. Pertenecía a la legión hastati, la más aguerrida y clave para ganar un combate. Tras regresar a Roma luego de tres años fuera de casa, Adriano lo fue a buscar para que fuera el entrenador de sus futuros gladiadores. Aceptó. El dinero era demasiado como para decir no. Además, así estaría cerca de su mujer y su hija de cuatro años.

Los primeros meses me costaron pero luego supe destacarme. Con el tiempo, el dolor en las costillas se fue, aunque siempre tenía alguna molestia. De los cientos que empezamos a entrenar, sólo quedamos unos pocos. Los que no servían, murieron o fueron destinados a otras tareas. Adriano nos llevaba al Anfiteatro y allí nos elegían. A él le daban dinero, pero la gran diferencia la hacía en las apuestas. Muchas veces jugó en contra de sus propios peleadores. A mí no me tocó pelear por un tiempo. Me mantenía en los sótanos, abajo de la arena. El primer día, vi cómo un hombre murió consumido por el fuego. La luz del sol no llegaba y se hacían fogatas enormes en un ambiente cerrado. En ese lugar aguardaban los leones. Los tenían hambrientos para que, ni bien pisaran la arena, intentaran devorar a quien se pusiera enfrente. Los sostenían con un par de cadenas que parecían listas para romperse en cualquier momento.

Mi primer combate fue sencillo. El anfiteatro, enorme (nunca había visto nada igual), aún no estaba lleno. Era demasiado temprano. A esa altura, ya no tenía miedo. Morir o permanecer vivo era lo mismo. Aunque era joven y sin mucha experiencia, rápidamente me di cuenta que sabía cómo hacer las cosas. Virgilio nos había enseñado bien. En los últimos tiempos, previo a los combates, nos empezaron a alimentar mejor. Estábamos más cuidados. El grupo que quedó era el que valía. Algunos golpes de puño, un cabezazo y una espada que le atravesó el cuerpo. Me llevé algunos aplausos. Esa noche, me bañé en una bañadera y tomé vino. También gané algo de dinero que usé para cogerme una prostituta de la ciudad. Adriano había apostado por mí.

Las peleas en el Anfiteatro eran cada cinco o siete meses. En el medio, solíamos combatir en pequeños teatros. Los choques eran menos espectaculares pero más crueles. Los peleadores se resbalaban con la sangre del piso, que no se limpiaba nunca. Yo no hice más que ganar. Con el tiempo, me volví respetado. Conocí a otros gladiadores. No los trataban mejor que a mí. Uno de ellos, Tiziano, me contó una historia que aún me cuesta creer: Máximo, el gladiador más impresionante que haya visto, compró su libertad. Dicen que adquirió un terreno y se dedicó a vender frutas, verduras y carne. En paz.

Ya no quiero correr más riesgos. En la arena, cuando no hay acción, comienzan los abucheos y silbidos. Con algunos compañeros ya sabemos lo que el público necesita para ser feliz. Ellos, bastardos infelices que vienen a vernos morir, regresan a sus casas y siguen con sus vidas. Nosotros no. Con una herida más o menos profunda y una buena caída, alcanza. Las peleas las arreglamos nosotros. Las ovaciones no me llenan porque después de ese momento tengo que ir a juntar la mierda de mi dueño y su familia. Cocinar, arrastrar, limpiar. Ganar dinero para ellos. Recibir migajas.

“En el corazón de la ciudad crece día a día el Anfiteatro Favio. En poco tiempo, ustedes serán los responsables de darle vida a ese lugar. Serán gladiadores. Su único objetivo es morir con gloria”. La frase de Virgilio repiquetea en mi cabeza todos los días. Me persigue, quedó instalada. En algún momento soñé con la gloria. Me ilusioné con ser tan grande como para dejar de ser un esclavo. Ya no creo en la gloria. Sólo pienso en morir. Es la única forma de comprar mi libertad.




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