Lo que cambia un viaje con Rodolfo

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Lo que cambia un viaje con Rodolfo es la forma de mirar las cosas. Subir a su taxi y escucharlo es abrir un poco más las fronteras. Hay gente que vive para que otra gente viva bien. Así es Rodolfo, un taxista de 62 años que pretende cambiar el mundo. Nunca lo va a admitir, dice que sólo pretende que sus pasajeros le enseñen algo a él y él pueda devolverles algo a ellos. Pero es así. Si existieran más como él, seguramente el mundo sería mejor.

Un caramelo, una sonrisa y un apretón de manos. Con eso, a veces, alcanza. Atrás queda lo peor de la calle: el egoísmo de querer pasar primero con el auto, la soberbia de tocar la bocina sin parar, la mala educación de tirar papeles o el instinto de quebrar las leyes en todo momento, en un estacionamiento prohibido o una velocidad que supera la permitida.

Para algunos, Rodolfo puede ser un loco. Para otros, un buen tipo. Para mí, un héroe anónimo. Uno de tantos que andan por ahí dando vueltas mientras bajamos la cabeza y nos pasan por al lado.

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(#) Esta nota, con algunas frases agregadas, fue publicada en TN.com.ar

-Rodolfo, te pido perdón pero te tengo que afanar.

-Está bien…dejame unos mangos para poder seguir laburando. Y tomá, llevate mi tarjeta.

El pasajero se subió en Once y le pidió que lo lleve a Bernal. En el taxi, hablaron unos 40 minutos. La familia, el trabajo (que no tenía), la vida. Cuando estaban a punto de llegar a destino, sacó un arma y la apoyó en la parte derecha del estómago del chofer. No lo pudo mirar a la cara. El taxista no se resistió. Recibió la plata y se fue. Ni siquiera tuvo que correr.

Al otro día lo llamó. “Necesito hablar con vos. ¿Nos podemos juntar?”, le preguntó. Se reunieron en un bar. Por las dudas, Rodolfo le había advertido a los mozos: “Ojo que va a venir un tipo que me robó ayer”. El tipo, al final, estaba arrepentido. Lloró. Pidió perdón. “Era el cumpleaños de mi pibe. No tenía guita para comprarle nada”, le dijo. Y agregó: “Ya lo tenía pensado. Robarle a alguien en Once, subirme a un taxi y también sacarle unos mangos”. Le quiso devolver la plata. No se la aceptó. Hace un tiempo se volvieron a cruzar. Los dos se ríeron. Y se dieron un abrazo.

En la casa de Rodolfo no hay demasiados espacios libres. En los cajones, rebalsan los papeles. En los armarios se amontonan cajas de zapatos repletas de tarjetas personales. En dos estantes que llegan al techo, hay agendas por todos lados.Rodolfo Cutufia, de 62 años, es el taxista de las agendas. Su forma de ser, su estilo, es fácil de reconocer.

-Hola, soy Rodolfo, encantado. ¿Tu nombre? ¿A qué te dedicas? ¿Querés un caramelo?

El pasajero puede quedar desencajado o acceder rápidamente al juego que ofrece el taxista. “Cuando me subí a un taxi por primera vez, todos me preguntaban cosas a mí. Después, pensé: ´¿Y el otro quién es? Ahí les empecé a preguntar: ¿a qué te dedicas?´Después, el camino me llevó”, dice Rodolfo. Su idea, su sueño, es hacer un aporte para que la sociedad sea un poco mejor.

“Me aconsejaste como el padre que no tengo” 

Es uno de los tantos mensajes que uno de los pasajeros le dejó a Rodolfo en una de las 62 agendas que guarda en su casa. El viaje en su taxi termina casi siempre de la misma manera. “¿Conocés mi libro de quejas?”, pregunta y extiende el cuaderno repleto de números, nombres, profesiones y frases.

“Es como que tengo asesores momentáneos. Se fue dando. Empecé a dar las primeras agendas y sólo me dejaban su nombre. Después, algún mensajito”, dice. Y agrega: “La idea es que nos ayudemos mutuamente. Yo uso todo lo que dicen mis pasajeros para ser una mejor persona. A la vez, los conocimientos que ellos me dan me sirven para generar proyectos”.

“Bendita sea la sabia locura más que la necia cordura”

¿Cuál es el proyecto de Rodolfo? El de intentar hacer un país mejor. Hace unos años se metió en política pero con el tiempo se desencantó. “Los de arriba arruinan todo lo que hacemos los de abajo. Es muy difícil…”, dice. Quiere crear una fundación a partir de todos sus contactos, los pasajeros. Pretende mejorar la calidad de vida de los jóvenes que pasan por una situación económica complicada. Se ilusiona con ofrecer educación, cultura (habla enamorado del tango y del folclore) y deporte a los chicos.

“Llegué a la Capital. Tomé un taxi. El taxista me quiso cagar. Este país está podrido y los gobernantes son el reflejo de este pueblo, pensé. Esta noche, iba tomar el subte pero a último momento cambié de idea. Decidí tomar otro taxi. Qué se yo. Prefiero ayudar a un tipo que labura por su cuenta que a una empresa monstruo. Luego de viajar con usted, me di cuenta que todavía hay gente que vale la pena”

Hace un par de años que ya no trabaja al mismo ritmo. En el taxi está ocho o nueve horas por día y sube a unos 40 pasajeros. Antes, la desesperación por llegar a fin de mes lo llevó a vivir arriba del auto. Jornadas extensas y estresantes de 15 horas. Está separado y vive solo en un departamento en La Boca, a un par de cuadras de la Bombonera. Tiene dos hijos que casi no ve, Gabriela, de 29 años, y Matías, de 23. Admite que no tiene mucho contacto con ellos, aunque los quiere y sabe que andan bien. El taxi y los pasajeros parecen ser la familia que no tiene.

“Fuiste de gran ayuda para tomar la decisión más importante de mi vida”

Frenó en una esquina después de prender las balizas. Un auto pasó por al lado, le tocaron la bocina y recibió un insulto. Rodolfo respondió. Apagó y prendió las luces delanteras. El auto vio la señal y paró unos metros más adelante. El conductor se bajó y corrió hacia el taxi. “Antes que nada, dejame decirte que yo trabajo día a día para que gente como vos no tenga este tipo de reacciones”, le dijo Rodolfo. El hombre, parado en la calle, desencajado, no entendió. De repente, comenzó a recibir papeles con frases, agendas y hasta un caramelo. No dijo nada. Dio media vuelta y se fue.

“Lo que hacés es mirar la vida de otra manera, como uno sueña mirarla y no como la mira todos los días”

Al otro día, a Rodolfo le llegó un mail: “Antes que nada, quiero pedirle disculpas.Soy el tarado que ayer se bajó del auto para increparlo. Estoy agradecido que Dios me puso en el camino a alguien como usted. Espero sepa disculparme y quiero hacerle saber que voy a intentar difundir este folleto para intentar generar un bien común. Gracias”.

“Vivir cada instante como el último, amar a todos como uno mismo”

Suele dejar en cada uno de los pasajeros que suben a su taxi una sensación fresca, como si el ambiente de la calle, pesado y repleto de mal humor, dejara de existir por un rato. Con el acelerador, avanza hacia un mundo utópico. Con el volante, esquiva los pozos y sueños frustrados. Con las agendas, genera un registro, conecta gente. Con sus ideas, pretende generar otro país. A veces lo logra. El taxista de las agendas maneja hacia una sociedad mejor.

“Creo en la felicidad”




There are 2 comments

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  1. Emilie

    Hace poco vi una imagen muy linda que rezaba “Todo ataque es un pedido de amor”. Dos veces en esta crónica, se ve cómo el señor Rodolfo logra que dos personas que iban a hacer daño se arrepientan sinceramente. Algo que rarísima vez sucede. Y hablando de rarísimo, éste taxista soñador me hace acordar un poco al artesano del sushi… porque hace de su oficio un arte. Cada uno tiene su lugar en el mundo. Hay vendedores de caramelos felices y amargados empresarios.
    Saludos y buen finde.

    • Lucas Bertellotti

      “Hay vendedores de caramelos felices y amargados empresarios”. Excelente pensamiento. Sobre Rodolfo, una persona extraordinaria. Espero cruzarlo otra espontáneamente en algún viaje. Gracias por el comentario, Emilie. Saludos.


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