El crack del globo

fútbol

La tiene atada, la lleva pegada al pie, amaga a uno, deja a otro en el camino, la levanta, hace jueguitos, se acerca al arquero, tiró…¡gooooooool!

La semana pasada le descubrí el escondite. Segundo cajón de la mesita de luz, abajo de los camisones. La abuela me da dos por semana. Siempre me dice lo mismo: “En estos días compramos una pelota de plástico”. Pero mamá dice que no hay espacio en el departamento. Tiene razón. Casi siempre rompo algo. No hay lugar. Me tengo que conformar con los globos. Juego desde que llego al cole hasta la noche, antes de comer.

A mi mamá no la veo casi nunca. Llega después de la cena, cuando ya estoy medio cansado. Trabaja de secretaria para algunos abogados. Creo que tiene un novio, pero a mí no me dice nada. El otro día le pregunté por qué no estaba nunca. “¡Alguien tiene que mantener esta casa, Joaquín!”. Se enojó. Está sola. Tiene ojeras por el cansancio. El fin de semana se la pasa durmiendo.

Mi papá se fue de casa cuando tenía cinco. Nunca supe por qué. Nunca volvió. Una vez le pregunté a mamá por él. No me contestó. A veces, cuando me canso de jugar con el globo, leo. Hay un canasto abajo de mi cama que está repleto de revistas El Gráfico. Es lo único que dejó mi viejo. Mi mamá las quiere tirar porque dice que juntan polvo y mugre, pero yo le dije que me iba a encargar de pasarles un trapo. Le mentí. Casi todas las tapas son de Racing. Somos hinchas de la Academia. A mi papá le gustaba Rubén Paz. A mí me encanta el Mago Capria.

En el cole no tengo muchos amigos. No sé…prefiero estar solo. Casi nadie me habla y yo no les hablo a ellos. Tampoco me molestan. Así estoy bien. La mayoría del tiempo lo paso con abu, en casa. Cocina unas milanesas espectaculares. Los jueves me da diez pesos para que vaya a comprar lo que quiera al kiosco. Yo no gasto todo. Siempre ahorro algo para comprar la pelota. En una agendita tengo anotados mis récords con el globo. 523 jueguitos seguidos. 50 con la izquierda sin que toque el piso. 38 con la cabeza.

Cada tanto acompaño a abu a hacer las compras. Intento ayudarla. Está vieja. Lo único que hace es mirar la televisión y cocinar. El nono se murió hace dos años. Ella dice que no, pero sé que está triste. Se mudó con nosotros porque su casa era demasiado grande. Para mí fue mejor. Antes me quedaba con Amanda, la portera del edificio. Una gorda que olía mal y siempre se quedaba dormida. Cómo roncaba esa gorda.

El otro día, cuando íbamos al supermercado, nos cruzamos en la plaza con unos pibes del barrio que jugaban al fútbol. Me preguntaron si quería entrar, que les faltaba uno. Van a otra escuela, pero los conocía a todos de vista. Abu me dijo que podía ir a comprar y después me pasaba a buscar. Jugué. La pelota, la de verdad, es mucho más rápida y pesada que el globo. Casi no la toqué. En algún momento sentí que algunos no me la querían pasar. No me importó. El partido no había terminado cuando llegó abu. Me fui a casa y ellos siguieron con uno menos. Dos pibes me dieron la mano. Nadie me habló en ningún momento de jugar alguna otra vez.  Hoy voy a practicar con el globo (saqué un par del cajón, por las dudas). Ya le dije a abu que mañana volvemos a la plaza.




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