Malabarista

obelisco-noche

Con uno, con dos, con tres, con cuatro. Lo miro a Agustín. Siempre le salió bien. Hasta lo puede hacer con los ojos cerrados. Se pasa los malabares por atrás de la espalda, entre las piernas, sostiene otro con la cabeza. Me gusta verlo.

A la noche se puede apreciar otra ciudad. El teatro Colón se impone con una luz tenue que iluminar sólo una parte del edificio. Los ruidos están ausentes. Sobre la 9 de Julio hay autos suficientes como para llevarse unos pesos, pero no se escuchan bocinazos ni insultos de los que manejan.

Es uno de los pocos momentos en los que me siento bien. Casi siempre paramos en la plazoleta que está entre Tucumán y Viamonte. Hay espacio como para dejar las bicicletas. Yo me siento sobre un cordón, hago mate y cada tanto lo reemplazo a Agustín en algún semáforo. No soy mejor que él, pero practiqué mucho y suelo llevarme cinco o diez pesos por tanda. Siempre lo burlo:

– La sonrisa garpa, nene

-Sí, el culo también…

Trabajamos desde las ocho de la noche hasta la una, más o menos. Antes, es imposible. Llegamos cuando se van los pibes de las carilinas y las Rhodesia. Ya nos conocen. Casi siempre nos quedamos hablando. Fumamos y nos reímos un rato. Viven en Berazategui. Viajan todos los días dos horas para llegar al centro. “Es la única que queda”. Siempre repiten lo mismo. Son buenos tipos.

Con Agustín vivimos en una pensión para estudiantes y turistas, en Constitución. No está mal. Es con baño compartido pero la mayoría de las veces está limpio. Nuestro cuarto no es grande pero nos la arreglamos. Pagamos 300 pesos por semana. Él trabaja a la mañana en un lavadero de autos. Yo estoy buscando si encuentro algo. Con eso, más lo que ganamos en la calle, alcanza. Abandoné la casa de mis viejos cuando terminé el secundario, hace dos años. Con mamá ya no hablo. Con papá, sí. Cada tanto me llama y me lleva a comer a una parrilla. No tenemos mucho qué decir. Siempre le cuento lo mismo.

-Sí, papá. Sigo de novia con Agustín. Seguimos con los malabares. Ahora, los fines de semana estamos militando con unos chicos de la UBA. Está copado.

-¿Estás contenta?

Siempre pasa lo mismo. Primero, me ofrece un trabajo en su estudio de abogados. Le digo que no estoy interesada. Le agradezco de manera educada, aunque también le hago saber que estoy harta de su insistencia. ¿Todavía no lo entendió? Después, me deja plata y yo hago como que no la necesito. Discutimos un poco y, al final, la acepto. No me queda otra. “Tu mamá te extraña, ¿cuándo la vas a llamar?”. Y se va.

Con mamá no hablé más. Cuando le dije que no iba a estudiar una carrera, que prefería trabajar, viajar o hacer otra cosa, me dijo que en su casa no iba a vivir una vaga y que tenía la obligación moral de ir a la universidad. Me fui. Cada tanto me dan ganas de mandarle un mensajito. Nunca lo hice. Si ella no me llama primero, ¿por qué tendría que hacerlo yo?

Hace dos o tres meses que nos juntamos todos los sábados en la Plaza Houssay con unos pibes que están armando una movida política. Me gustan. Tomamos unas cervezas, hablamos y a la noche nos quedamos tocando los bombos. Todas las medidas de la agrupación, se discuten y se votan. La idea es crecer en las universidades por el boca a boca. Agustín y yo escuchamos más de lo que hablamos.

Cuando estamos en el semáforo, casi siempre vienen unos pibitos a saludarme. Son tres hermanos. El mayor debe tener 12. Una nena del medio y otro más chico, de 9. Es el más atrevido. Grita todo el tiempo, hace que se ríe a carcajadas. Me burla porque tengo rastas. Cada tanto les compro unas barritas de cereal. Al principio, decían que no les gustaban. Ahora sí. Yo les dije que les hacía bien. “Estoy con más fuerza desde que como las barritas”, me dijo la otra vez Ramiro en voz baja, sin que lo escucharan los hermanos. Suelen dormir en la puerta del HSBC de Diagonal Norte. Me da miedo por ellos, pero dicen que ahí están bien. No corre viento ni pasa mucha gente. Su mamá aparece cada tanto. Nunca la vi sin una botella de vino con Coca Cola. Cuando los chicos están conmigo, les grita desde la otra vereda que se tienen que ir. Ellos, que hablan todo el tiempo y me preguntan de todo, nunca dicen nada de su mamá. El único momento en el que se ponen serios es cuando está ella. Le tienen miedo. Me gusta conocer a ese tipo de gente. Es como si la vida se abriera un poco más. Es lo que quiero.

Con Agustín estamos ahorrando para hacer un viaje al norte. No necesitamos mucha plata. La idea es ir en tren. Para movernos allá vamos a hacer dedo. Queremos gastar lo menos posible. Si vamos a dormir en campings, nos quedaremos trabajando algunos días a cambio de no pagar por el lugar. Si no, podemos armar la carpa al lado de la ruta o en algún lugar con pasto. Cuando cumplí 15, con mi mamá y otra amiga del colegio fuimos a Disney. En ese momento me encantó. Hoy, ya no me acuerdo mucho. Tengo secuencias difusas en la cabeza. El avión me hizo vomitar. Me cansé de comer hamburguesas y helados. Me daban un poco de miedo las montañas rusas.

Agustín dice que unos pibes de la militancia nos pueden prestar la carpa. Queremos ir por lo menos tres meses. Todavía no le dije a papá pero, si nos gusta y todo va bien, no volvemos.




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