Vientos de agua: los que vienen, los que van, los que se fueron

vientos de agua

Conventillo. 1934. Andrés Olaya, Juliusz y Gemma acaban de llegar a la Argentina luego de un interminable viaje en barco. Escaparon de España, Rusia e Italia, respectivamente. No tienen educación ni oficio. Apenas hablan español. Son jóvenes. Sueñan con empezar una nueva vida.

Departamento viejo y malgastado de Madrid. 2001. Sin trabajo y aplastado por la crisis, Ernesto Olaya no aguantó más y viajó a España. Es arquitecto, pero su título no sirve de nada porque es ilegal. Dejó a su familia con la necesidad de ganar dinero y volver a sentirse útil. Tiene unos 45 años. Su vida también toma un rumbo distinto.

Vientos de agua es una serie que habla de los que vienen, los que van y los que se fueron. Creada por Juan José Campanella, cuenta la historia de inmigración de la familia Olaya. El padre que llega a la Argentina y el hijo que deja la Argentina. Plantea en el relato dos historias con el mismo foco pero en diferentes épocas: la lucha por sobrevivir y salir adelante en un país ajeno. El desarraigo y las dificultades por sentir como propia una tierra ajena.

No existe en la historia de la televisión argentina un producto tan ambicioso como Vientos de agua. Por la calidad de los actores, la enorme producción e inversión y el tiempo que se tomó para crear la serie. Más allá del resultado en cuanto a calidad y audiencia (en España, Telecinco la sacó del aire antes de que terminara; en Argentina, fue transmitida por Canal 13 con más pena que gloria), de por sí es una suave caricia a un medio demasiado bastardeado. La intención, a veces, es casi tan importante como el saldo final.

Queda un sabor agridulce después de ver la serie. Es como si algunas cosas no cerraran del todo. Vientos de agua tiene demasiados altibajos. Combina momentos bien construidos, emocionantes y divertidos (los capítulos 1 y 8 son imprescindibles), pero luego se desmorona con algunas situaciones que bordean el sentimentalismo barato (uno de los puntos por el que Campanella es más criticado, especialmente por películas como Luna de Avellaneda El hijo de la novia). 

Uno de los elementos bajos de la serie tiene que ver con la forma en que está pensada. Una regla básica: el público siempre debe quedarse con ganas de más. Cada capítulo dura por lo menos una hora y diez minutos. Los finales de cada uno suelen tener una especie de cierre argumental, como si se tratara de una mini-película. La interminable extensión del relato hace que por momentos se pida la hora. Es demasiada información y golpes sentimentales como para querer más. Da la sensación de que el autor de la obra está tan obsesionado con que es el dueño de algo bueno que impone condiciones. En este caso, la extensa duración.

Pensar una idea tan ambiciosa puede tener tantos puntos brillantes como flojos. En Vientos de agua, hay muchas situaciones que quedan en el aire. El relato se divide en dos tiempos: el pasado, con Andrés, y el presente, con su hijo, Ernesto. Muchos de los capítulos se cuentan a la par. Es decir, si Andrés está triste, a Ernesto le pasa lo mismo. Si uno debe ir al hospital por un problema de salud, de él o un ser querido, la secuencia se repite en el otro tiempo, con circunstancias similares. Pero hay un detalle no menor: en el pasado, transcurren por lo menos 30 años (de 1934 a 1962). En el presente, por su parte, no pasan más de dos o tres (de 2001 a 2004).

Ese enorme período de tiempo que transcurre en el pasado tiene muchas fallas. La intención de Campanella es contar la historia de Andrés, que mantiene su inmensa relación de amistad con Juliusz, se casa dos veces y hace todo tipo de trabajos hasta que le encuentra el gusto a la carpintería. Pero, a la vez, se busca no dejar de lado lo que significaron los movimientos políticos y sociales de la época. Algunos ejemplos: los nazis que llegan a la Argentina y son “apañados” por el poder, el intento de irrupción del anarquismo, el verdadero crisol de razas que se mezcla y genera un país, el surgimiento del peronismo, la muerte de Eva y la forma en que se vio a la Revolución cubana, entre otras cosas. En algunos puntos, la forma de mostrar estas situaciones es demasiado vaga y no se terminan de entender del todo.

El relato del presente, aunque es mucho menos emotivo, resulta más contundente y lógico. Así como la Argentina le abrió la puerta a millones de personas a principios del siglo XX, España y Europa se encargaron de cerrarla muchos años más tarde, cuando su momento de crisis, guerra y hambre había terminado. A diferencia de Andrés, que encontró un lugar propicio para trabajar, aprender y estudiar, Ernesto halla una estructura de país demasiado dura que no le da espacio a los inmigrantes. En la historia del presente, las referencias son más sólidas y mejor construidas: en el 2001, la Argentina está fundida. No hay trabajo, plata ni comida. Cuando nada parecía estar peor, la gente ve cómo sus ahorros desaparecen. Todo eso le pasa a Ernesto, que no tiene otro deseo que escapar del infierno. Con él se fueron miles.

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Más allá de las dificultades que tiene Ernesto para asentarse en España, la clave de la historia parece estar en los problemas del desarraigo. Mientras él prueba suerte en el Viejo Continente, su familia (Claudia, su mujer, y sus dos hijos adolescentes) espera sin demasiadas esperanzas. La distancia y el tiempo rompen un vínculo que parecía eterno.

Hay detalles no muy bien cuidados que resultan molestos. En la presentación de los capítulos, se produce una mezcla de imágenes de cada uno de los personajes, al estilo The Wire. Muchas de esas secuencias adelantan lo que va a venir y le roban suspenso al relato. Otro de los aspectos que no resulta bien cuidado es el del paso del tiempo. Gemma, por ejemplo, que aparece como una nena de diez o doce años en los primeros capítulos, se convierte en una joven en un abrir y cerrar de ojos.

Las actuaciones son brillantes. Pablo Rago, en el papel de Juliusz, un ruso brillante, compañero y solidario, se destaca de manera sorprendente.  Héctor Alterio, que interpreta a Andrés en el presente, no tiene problemas en ponerse al hombro cada una de las secuencias en las que aparece. Eduardo Blanco, que hace de Ernesto, también realiza un gran trabajo. Ernesto Alterio, que actúa de Andrés en el pasado, no convence del todo. No se termina de entender si la intención es pintar un personaje un poco tonto o simplemente así es como le sale.

Vientos de agua es un trabajo bien pensado que toca un tema muy sensible para países como la Argentina y España, que comparte la producción de la serie. Surgen preguntas naturales y espontáneas cada vez que Andrés llora porque extraña a su vida en Asturias. Aparecen sentimientos de nostalgia por una época, mucho menos agresiva, libre y abierta, que ya no está. Genera la necesidad de aprender y saber qué es lo que hicieron nuestros abuelos. Por qué hoy son como son. Sobre qué punto construyeron una familia. Y produce impresión. Esos jóvenes soñadores, con muchos más defectos que virtudes, son, al fin y al cabo, los que hicieron al país.

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There are 11 comments

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  1. Anonymous

    le pegaste demasiado a una serie tan bien lograda, junto a Los Simuladores, la mejor de al menos las últimas dos décadas

  2. Juan Carlos

    El personaje de Rago (Juliuzs) NO es ruso, es Húngaro! Antes de hacer un comentario como este, se debería ver muy bien toda la miniserie.

    • Lucas Bertellotti

      Sí, sí, muy millenial escribir un texto de 13 párrafos de una serie que -hasta ese momento- nadie había visto. Muy millenial.

  3. David

    Esta serie a mi me dió duro…..
    Creo que a un inmigrante le va a llegar más.
    Hace 20 años me fui de Argentina y ver esta historia no solamente me ci a mi mismo, sino que también vi la historia de mis abuelos.
    Gracias J.J.Campanela por esta producción.

  4. Claudio Méndez

    Para mí, que como la mayoría estamos lejos de ser expertos y difícilmente reparamos en detalles que un crítico acertado como Lucas, me pareció una miniserie maravillosa. Con actuaciones memorables de quienes interpretaron a Juliusz, Gemma (de niña y de mujer) y de Ernesto.

  5. Andrea

    Esta serie se dio en TV en el año 2006. Fue bastarda, la pusieron en diferentes horarios. Yo creo que por una cuestión política. Plena era K y Campanella , confesó anti K.
    Es una serie maravillosa. La crítica de este joven Lucas Bertellotti, tal vez este teñida por la misma cuestión política, que exprese anteriormente.
    Es hermosa, el conjunto cierra perfectamente. No es cierto que ” pidas tiempo” por lo extenso.
    Y no es mejor que diga que uno de los protagonistas es Ruso , cuando en toda la obra se aclara su origen Húngaro.


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