Amén

subte

“Tenemos dos puertas para elegir. En una, chiquita y angosta, es el camino de Dios, porque es el más difícil de acceder. En otra, grande y ancha, es el de Satanás”.

Tiene una Biblia en la mano. Es especialmente grande, con letras doradas y un brillo reluciente. No parece importarle demasiado que la gente del vagón de la línea D del subte escuche la conversación. Sólo mira a la señora que está en la fila de asientos de enfrente. Con ella habla.

-Usted tiene que darle el mejor ejemplo a ella. Con la ayuda de Dios, lo va a conseguir. Con la ayuda de Dios, lo va a conseguir.

-A mí me gusta la Iglesia Rey de Reyes. Ahí ayudan y cada tanto regalan ropa. Pero no me gusta cuando no te dejan entrar porque llegaste tarde. Si llego tarde es por algo, ¿no?

-Sí, sí. Amén. Amén.

La señora debe tener unos 50 años. Tiene el pelo blanco, la ropa desgastada y sucia. Carga con dos bolsas grandes en las que lleva revistas viejas, diarios, un paquete de galletitas y una botella de agua, entre otras cosas. A su derecha está sentada una nena de unos 8 o 9 años. Tiene el pelo castaño y lleva puesto una remera rosa lisa, unos pantalones blancos y unas zapatillas del mismo color. Es muy flaca. Escucha la conversación en silencio, aunque parece distraída. Mira a los pasajeros que suben y bajan del subte. Arrastra la suela del pie derecho hacia atrás y adelante. En la mano derecha sostiene unos papelitos: “Favor de ayudar con una moneda de 5, 10 o 25 centavos para comprar leche y comida”. Es sábado a la noche. En el subte, que se dirige en dirección a Congreso de Tucumán, no hay mucha gente.

-Para salir de la calle, tiene que seguir el camino de Dios. Dios la va a ayudar, la va a sacar del camino malo. Usted tiene que sostenerse en Dios. Tener fe.

-Yo cada tanto voy a la Iglesia Rey de Reyes. ¿Usted va a la Iglesia?

-Claro, nosotros venimos de allá. Es en Constitución nuestra Iglesia.

La nena parece aburrida de escuchar la conversación. Se levanta de su asiento y mira a la señora. “Sí, andá”, le dice. Entonces, camina hacia el otro vagón. Como si fuera un mazo de cartas, agarra un papelito y lo lleva a la parte de atrás de la pila. Cuando la formación se detiene en la estación Pueyrredón, suben tres músicos. La nena no puede dejar de mirarlos. Reparte los papeles a una fila de pasajeros mientras saluda a un joven con una guitarra.: “¡Hola, che, hola!”. Recibe respuesta: “¡Hola, ¿cómo va? ¿Todo bien?”. Ella camina hacia los músicos (un guitarrista, un trompetista y un percusionista que lleva un extraño instrumento manual que incluye tapitas de gaseosas de vidrio, una tabla y hasta una gallina de plástico a la que cada tanto aprieta para generar un sonido bizarro y divertido a la vez). Se chocan las manos. La nena se pone en puntas de pie para tocar a la gallina. El músico se lo permite, no parece incómodo. Los dos ríen. Después de unos segundos, se queda parada en el medio de la banda, con los brazos en la cintura, a la espera de que comience la música de verdad.

En el otro vagón, a unos 15 metros, se mantiene la conversación. El asiento vacío que dejó la nena lo ocupa ahora una joven de unos 25 años. Escucha cumbia a todo lo que da. El volumen de la música rompe la frontera de los auriculares que lleva puestos. La señora no mira a la nena ni parece notar que hace un rato largo se fue con los papelitos y nunca volvió.

-Tengo dos hijas. Ella (apunta hacia la dirección en la que se fue la nena) y otra de 17 años. Pero ya no la veo más. Se fue. Ella siempre me odió. Yo no puedo hacer nada. Ella ya es grande.

-Amén, amén. En el camino del señor. Mire, yo le voy a anotar la dirección de nuestra Iglesia, por si algún día quiere venir.

-Ah…¿y cómo llego a esa Iglesia?

-Hay varios colectivos que la dejan, ahora le anoto todo. Usted sabe… hay mucha gente que vive en situación de calle que predica y ha dejado muy buenos testimonios.

-Ah…

Irrumpe la conversación la joven de los auriculares. “¿Te querés sentar acá?”, le pregunta a la chica de la Biblia. “No, gracias, acá estoy con mi hija”, responde. A la izquierda, una nena de unos cinco años mira perpleja la situación. Nunca dice nada, pero mantiene la boca abierta, como si le fascinara la secuencia.

En el otro vagón, los músicos incorporaron a la nena como parte de la banda. Le dieron una pandereta. Tocan una especie de swing jazz con algunos elementos modernos. Son buenos. La gente los escucha con una sonrisa. La nena le pega a la pandereta sin ningún tipo de ritmo ni sentido. Golpea con toda la palma de la mano, como si fuera un cachetazo. Sólo le pega. Y ríe. Algunos de los pasajeros todavía sostienen los papelitos que les dejó hace unos minutos.

-Mire, señora, usted cuando quiera venga a la Iglesia. Recuerde lo que le dije de las puertas. Si Dios quiere, usted podrá salir de la calle. Si Dios quiere, su vida va a cambiar.

-Sí, sí. A mí me gusta la de Rey de Reyes, igual. ¿Dónde me dijiste que era la tuya?

-En Constitución. Tome, acá está la dirección y los colectivos que puede tomar para llegar.

-Bueno, voy a ir….

-Amén.

-Lo que pasa que mi hija me odia…

Pasan las estaciones. Es sábado a la noche y el subte se vacía cada vez más. Casi no queda nadie parado. La conversación se mantiene en el mismo tono. En el otro vagón, la banda no para de tocar. Muchos de los pasajeros ya bajaron. Algunos les dejaron algún que otro billete en el sombrero que dejaron en el piso, en el medio de los tres. La nena todavía le pega a la pandereta. Se olvidó de los papelitos. Se olvidó de su mamá. Se olvidó de todo.




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