El oficio de escribir, la sabiduría de Tobias Wolff

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Tobias Wolff es protocolar. Llega a horario a la charla. Le dice algunas cosas al oído a uno de los organizadores, pero no parece muy preocupado por los detalles. Tiene una audiencia (no muy grande, de unas 40 personas y en una sala con algunos asientos vacíos), un micrófono, que luego decide no usar, y agua, en un vaso, en una botella y en una jarra. Sólo va a tomar una vez. Un sorbo breve.

Sabe lo que quiere decir y ejecuta a la perfección. Habla simple, claro y con oraciones cortas. Quizás no sea importante lo que piense la crítica ni si alguna vez ganó algún premio. Fue íntimo de Raymond Carver y es amigo de Richard Ford, con quienes comparte una etiqueta literaria: realismo sucio. Se supone que sus formas de escribir comparten algunos elementos. Básicamente, se trata de una escritura que reduce la narración a lo fundamental. Corto y al pie. Lo verdaderamente importante, entonces, es que cuando uno lee a Tobias Wolff se da cuenta rápidamente que se trata de un escritor diferente. Aquí empieza nuestra historia, una recopilación de relatos, es un libro extraordinario.

¿Cómo piensa un tipo que escribe como Tobias Wolff? Piensa con tanta simpleza que abruma.  “Hay que escribir lo que te gustaría leer”, dice. Y entonces lee. Una bala en el cerebro, uno de sus cuentos más famosos y aclamados. Un crítico literario que, mientras hace la cola en un banco, se sorprende con un robo. El hombre es tan arrogante y está tan aburrido que hasta se anima a burlar a los ladrones por ser comunes y corrientes. Wolff lee bien. Tiene una voz que atrae. Conoce cada palabra del relato y hasta se anima a cambiar, quitar y agregar algunas cosas. “Disculpa, ¿podés dejar de sacar fotos?”, le dice con una leve sonrisa a un fotógrafo de la organización que recorre la sala hacia un lado y otro y no se cansa de disparar imágenes. Continúa con la lectura. Entona a la perfección. Lee con pasión y ganas. “Perdón, por favor sacá todas las fotos que quieras ahora y no saques más. Basta”. Ya no hay sonrisas. Wolff mira serio al fotógrafo que no parece entender inglés aunque sí percibe lo que pasa: se va. Termina de leer. El público le brinda un aplauso más o menos cálido. “Muchas gracias”, dice.

“De una manera extraña, somos como mosaicos, nos repetimos, aunque creemos que lo que hacemos es original”. No es una charla ni un taller. Pareciera más bien una serie de sugerencias de parte de un escritor capaz de justificar cada una de las palabras de cualquier libro suyo a un grupo de lectores y escritores malos, frustrados, consagrados, incipientes o brillantes.

Wolff tiene varias cosas claras. La primera es que, por más consideración que tenga como escritor, no puede vivir de escribir libros. Por eso, da clases en Standford y cada tanto visita algún país para asegurarse que el cheque de fin de mes va a ser más o menos digno para su condición. Entonces, se nota que tiene bien desarrollado el entrenamiento de trasladar conocimiento.  “La originalidad no es algo a lo que un escritor debería buscar”, agrega.

“Siempre hay algo de imitación en lo que se escribe”. Para Wolff, esto es un punto clave. Admite que probablemente muchos de sus cuentos puedan llegar a tener algo de Hemingway o Chejov. También queda claro que buena parte de lo que escribe tiene una referencia autobiográfica (en El ejército del faraón reconstruye lo que vivió en la guerra de Vietnam, en Vieja escuela cuenta parte de su infancia y adolescencia). Pero lo verdaderamente importante es la forma de cómo poner las cosas.

Un amigo de Tobias Wolff le contó hace unos 27 años que había estado presente en un robo a un banco. “¡Qué fascinante!”, dijo él. “Quiero saberlo todo, contáme”, le pidió. El relato, al final, no le llamó demasiado la atención. Fue decepcionante. La mayoría de las cosas de las que pasaban en la historia de su amigo ya las había visto en el cine o leído en los libros. “Tiene sentido. ¿Por qué los ladrones habrían de hacer algo que vieron desde chicos en el cine de manera distinta?”, pensó.

¿Cómo pasar de esa historia real a un cuento como Una bala en el cerebro? La situación ya está: un robo en el banco. ¿El personaje? ¿Qué tal un crítico de literatura? ¿Por qué? Porque, justamente, se trata de alguien ideal para reconocer situaciones cliché. Los críticos leen tanto y tan rápido que entienden al instante si están adelante de algo distinto o no. Anders, el protagonista, se burla de los ladrones por recurrir a insultos, palabras o gritos que parecen sacados directamente de algún film hollywodense. Entonces, recibe un balazo. ¿Es el final de la historia? No para Wolff, que entiende que hasta ahí no hay cuento, sino la descripción de una secuencia. ¿Y entonces? ¿Cómo hacer algo distinto? ¿Qué es lo que haría todo el mundo? Probablemente, describiría la última imagen en la cabeza de la víctima. Pero eso es lo que haría todo el mundo. ¿Y qué tal si escribiera sobre lo que no recordaría la víctima en el momento de morir?:

“Merece la pena dar cuenta de lo que no recordó Anders, dado lo que sí recordó. No recordó a su primer amor, Sherry, o lo que había querido con más locura de ella, antes de que llegara a irritarlo: su desinhibida carnalidad, y en especial el modo cordial con que trataba a su miembro, al que llamaba Señor Topo, como cuando decía “Huy, parece que el Señor Topo quiere jugar”. Anders no recordó a su mujer, a la que también había querido antes de que terminara agotándole con su predecibilidad, ni a su hija, ahora una huraña profesora de Economía en Dartmouth. No recordó que había estado parado delante de la habitación de su hija mientras ella reñía a su oso de peluche por sus travesuras y detallaba los terribles castigos que recibiría Zarpas si no variaba de conducta. No recordó ni un solo verso de los centenares de poemas que había aprendido de memoria en su juventud para así producirse escalofríos cuando quisiera; ni “Callado, allá en lo alto de un monte del Darién”, ni “Dios mío, oí en este día”, ni “¿Todos mis pequeños? ¿Has dicho todos? ¡Buitre infernal! ¿Todos?”. Ninguno de ellos recordó: ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su padre: “Debería haberle apuñalado mientras dormía”.

A lo que el protagonista no recordó le suma lo que sí se acuerda. Y ahí, en ese momento, entra en juego ese mosaico del que hablaba al principio. Esa tendencia a imitar. Wolff recurre a los recuerdos de su infancia, a una imagen, un sabor. “Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Hierba amarillenta, el zumbido de insectos, él mismo apoyado en un árbol mientras los chicos del barrio se reúnen para jugar un partido. Él sigue mirando mientras los otros discuten sobre el respectivo genio de Mantle o Mays. Han estado preocupados por esa cuestión el verano entero, y el asunto ya le resultaba tedioso: una opresión, como el calor”.

Le quedan algunos conceptos para repartir. Habla de El estudiante, de Chejov, como el cuento perfecto. Dice que el ruso “hace que la palabra talento tome vida de verdad”. Recomienda a los escritores que quieran probarse a que escriban un cuento sobre ellos mismos desde el punto de vista de alguien que los conoce (una mamá, un mejor amigo, una ex novia). Habla de la perfección a la que puede llegar el cuento (en todas las entrevistas destacó otro cuento perfecto, Catedral, de Carver), no así la novela. Se refiere a Moby Dick como una especie de “lío”.

Termina de hablar. Recibe aplausos, devuelve una sonrisa controlada. Le pide perdón al fotógrafo por prohibirle sacarle más imágenes. Saca de su carpeta una lapicera negra y brillante. Firma libros. Entabla una mínima conversación mientras se toma el tiempo de escribir el nombre del lector y la fecha en una letra firme y elegante.

Llega mi turno.

-Disculpe. Imagino que firmar libros no es su parte favorita de dar este tipo de charlas. Lo siento.

-No, por favor, no hay problema. ¿Cómo es tu nombre?

-Lucas

-¿L-u-c-a-s?

-Sí

-Bueno, para Lucas, entonces.

(#) Foto de Vito Rivelli (Eterna Cadencia).




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