La monotonía de Martín

rompe

7.03. A Martín le gustan los números impares. De lunes a viernes, la hora del despertador no se modifica nunca. Prefiere desayunar antes de bañarse. Café con leche y dos barras de cereal. Se cepilla los dientes mientras se ducha, para ganar tiempo.  Camina en pantuflas por su departamento. Los zapatos los deja en el palier. Se los saca cuando entra, se los pone cuando sale. Tres camisas blancas y dos celestes. Usa una por día. El pantalón es siempre el mismo. Uno gris, algo desgastado. A las 8.30 debe entrar al banco.

Vive en Belgrano y usa el subte de la línea D para ir al centro. Está a dos cuadras de la estación Congreso pero él camina hasta Juramento. Desde ahí, toma el subte y regresa a Congreso. Al llegar, permanece sentado en la formación. Una multitud sube pero él ya tiene asiento. No tiene que preocuparse. Está sentado. Jamás cede el asiento. Cree que tiene tanto derecho como una vieja o una mujer embarazada. Algunas veces, el maquinista anuncia que la formación no sale y Martín debe bajarse y esperar la llegada de otro subte junto al gentío. Son los peores días para él.

Cuando viaja parado, siempre mantiene las manos en los bolsillos. Tiene miedo de que alguien lo acuse de manoseador. Una vez vio una secuencia que nunca pudo olvidar. Una mujer insultaba a un hombre que, por lo que decía la chica, le había tocado las piernas. “¿Y si un día me acusan de eso a mí?”, se preguntaba. Por las dudas, entonces, manos en los bolsillos.

Las veces que viaja sentado, lee. Casi siempre, novelas de amor. Cumbres borrascosas es una de las que más le gusta. Orgullo y prejuicio la leyó varias veces. De Danielle Steel tiene la colección completa. A los libros los tapa con papel para forrar, esos rojos y azules que se usan en los colegios primarios. Le encanta descubrir lo que leen otros. Cree que así puede ser parte de la sociedad. Él prefiere mantenerse incógnito.

El combatiente de Malvinas es el personaje que más le llama la atención de todos los que piden plata. Tiene una pierna. Usa una especie de boina verde. Se mueve despacio y reparte una tarjeta blanca en la que comenta su situación: “Fui combatiente de Malvinas. La vida me llevó a quedarme sin una pierna. No tengo trabajo, sólo un subsidio que no me ayuda a cubrir mis necesidades. Muchas gracias por su tiempo”. Sobre el pectoral izquierdo, el soldado cuelga una especie de identificación. Hay un número que lo distingue como ex combatiente. Una vez, Martín lo memorizó y después lo buscó en Internet. No encontró nada. Nunca le dio plata.

Es cajero del Banco Nación hace cinco años. Consiguió el trabajo gracias a un amigo de su papá, poco antes de recibirse en administración de empresas. Nunca quiso buscar otra cosa. Conoce a la perfección cómo funciona la cuestión. Es una tarea que no lo exige. Le gusta. Le alcanza con la plata que gana, unos 7500 mensuales. Imagina la vida de cada una de las personas a las que atiende. “Esta señora vive sola. Nació para cocinar”. “Una mantenida. Invirtió la plata de sus papás en un negocio y perdió todo”. “Un luchador. Su mujer tiene cáncer pero sus hijos no lo saben. Él trabaja en doble turno para pagar el tratamiento y que no queden agujeros económicos”. Se enamora por unas semanas de alguna chica que deslizó algún que otro comentario simpático o lo miró a los ojos. Él nunca les habla más de la cuenta. Sólo pregunta las cosas que necesita saber para hacer las operaciones. Se preocupa, quiere ser lo más profesional posible.

Martín lo sabe. No es lindo. Se lo repite cada vez que se mira al espejo. Mide 1,85, tiene el pelo castaño y lacio. La nariz algo redonda y los ojos saltones. Es flaco, no tiene un gramo de grasa pero tampoco de músculo.

Durante la hora de almuerzo, come en la sala de descanso. Casi siempre lleva algo de su casa. Los lunes, empanadas. Los martes, dos sándwich de jamón y queso. Los miércoles, un par de porciones de pizza. Los jueves, fideos. Los viernes pide a una rotisería con otros compañeros: milanesa napolitana con fritas. No tiene amigos en el trabajo.

En la caja de la izquierda está Ana, una solterona de unos 50 años que se lima las uñas cada vez que encuentra un espacio entre cliente y cliente. Con ella se lleva bien. A la tarde comparten galletitas de agua y suelen hablar sobre el clima, el tráfico o la cantidad gente que ese día había en el subte. No mucho más. Hasta hace poco a su derecha no había nadie pero dos semanas atrás ingresó un pasante. Tiene 22 años y estudia contaduría. Martín le dio algunas indicaciones de cómo debe trabajar y le brinda ayuda cada vez que necesita algo, pero nunca le habló de temas personales. En algún punto, se siente identificado con él.

A la noche come solo. Su única compañía es Peritas, un gato siamés que compró hace dos años, cuando se fue de la casa de sus padres. Martín había leído la biografía de Alejandro Magno. Peritas era el nombre de su perro. El mito dice que dio la vida para salvar la vida de su dueño, en una extraña pelea contra un elefante. Frente a la mesa principal tiene un plasma enorme que compró en cuotas y todavía paga. Le gusta mirar los canales de documentales. Discovery Channel es su favorito. Los animales lo fascinan, aunque también se siente atraído por las historias de la Segunda Guerra Mundial. Toda su comida está en el freezer. Cocina durante el fin de semana para no tener que preocuparse cuando llega del trabajo. Todas las noches, alrededor de las 20.30, lo llama su mamá. Casi siempre le dice que tiene una candidata para presentarle. Él siempre dice que no.

El placer escondido de Martín son los rompecabezas. En un enorme baúl que también hace de silla cuando tiene algún invitado, guarda las cajas con las piezas que todavía no unió. Algunos de los que terminó los hizo cuadros. La mayoría son paisajes. El Monte Fuji, la Torre Eiffel, el océano Pacífico. Mientras los arma se siente tranquilo, en paz. De fondo pone radio ASPEN. Cada tanto tararea o silba las canciones en inglés. Es el administrador de un foro de Internet que agrupa a gente fanática de los rompecabezas. Todas las noches después de comer ingresa al sitio a ver nuevos comentarios o proponer alguna actividad al estilo “Desafío de las 10 mil piezas” o “Unión de los continentes” o “Paisajes exóticos”.

Los fines de semana ve a sus papás y a su hermano, que tiene tres años menos que él y estudia abogacía. Los sábados a la noche comen siempre en el mismo lugar, Luigi´s, un restaurante italiano en Palermo. Los mozos suelen saludar a la familia con un apretón de manos y besos para su mamá, Élida. A él le gusta, lo hace sentir importante. Hace mucho tiempo que Roberto, su viejo, ya no pregunta qué es lo que quieren para comer. “Horacio, lo de siempre”, le dice al mozo que atiende la mesa que da junto a la ventana de la esquina. Lomo al champignon para él, sorrentinos a la bolognesa para su mamá, ñoquis con salsa mixta para su hermano y una lasagna de la casa para Martín. Para tomar, un vino, una Coca Cola, una Sprite y un agua. De postre, un flan con dulce de leche y crema para compartir, helado de mascarpone y panqueques con manzana.

Como todos los lunes, Martín hacía la cola para cargar su tarjeta SUBE. Compraba crédito sólo para cinco días. “Centavos muertos”. Así le llamaba a esa diferencia de plata que no te sirve para viajar ni comprar nada. De 0,5 a 0,35, había calculado. Se preocupó un día por dejar su crédito en cero. No quería regalarle plata al Estado.

Mientras esperaba, le llamó la atención una de las cajeras. Tendría unos 30 años. Le parecía linda. Pelo largo y oscuro. Ojos claros. Dientes algo desparejos. Mientras contaba plata para devolverle a un pasajero, miró a otro empleado que bajaba hacia el andén. Ella esbozó una sonrisa y se arregló el pelo. Él, de la misma edad, morocho y con buena presencia, respondió con un saludo con la mano. A la tardecita, cuando volvía del trabajo hacia su casa, los volvió a ver, esta vez en la calle. Caminaban de la mano y se miraban a los ojos. Tenían frescura, vitalidad, ganas de vivir. Parecían adolescentes. Sin saber por qué, Martín se sintió contento.

“Podría llamar a la chica esta que me quiere presentar mamá, qué se yo”, pensó. Cuando llegó a su departamento, tomó el celular, copió el mensaje de texto con el número en un papel y presionó las teclas. Llamó una vez. Atendió María. Él la invitó a salir a tomar algo. Ella aceptó. Quedaron para el domingo a la tarde. Cuando llegó el día, Martín canceló la cita. Le dijo que estaba enfermo y que tenía miedo de que la contagiara. Ella se lamentó. Él se dedicó a armar rompecabezas durante toda la noche. Pensó en tirar todos los que había armado por el balcón. Una vez que estuvieran desparramados, caer sobre alguno de ellos. Una caída libre desde el séptimo piso sobre las pequeñas piezas que en su conjunto conformaban una playa, una hermosa ciudad o un inmenso monumento. Lo pensó, pero no lo hizo. Lloró. Antes de dormir, se masturbó con secuencias de estrellas porno que aparentaban ser oficinistas. A las 7.03 sonó el despertador.




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  1. Anonymous

    Muy bueno,en un breve relato logra presentar un personaje muy interesante,del cual el lector empieza a interesarse y quiere conocer resultando de este modo atrapante del principio al fín

  2. Omar Barroso

    Artículo muy relevante e interesante! Este tipo de información es difícil de encontrar en Internet.
    Me ha resultado muy útil para una info que necesitaba. Muchas gracias.


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