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Caparazón

1-11

El recorrido empieza en una estación de servicio en avenida Del Barco Centenera y Fernández de la Cruz. La caminata es tranquila, pero, advierten, no hay que dejar de mirar a los costados ni despegarse del grupo. El barrio está despierto, vivo. Hay un bar repleto, todos almuerzan con una cerveza Quilmes. Hay una verdulería que no tiene clientes, un kiosco, una ferretería y varios negocios más. Algunos comerciantes están activos, lucen inquietos y con ganas de trabajar. Otros se muestran desplomados sobre alguna silla, como si no quisieran más que reposar. Sólo hay que caminar una cuadra para que llegue el primer contraste. Un joven de unos 20 años camina descalzo y lleva puesto sólo un pantalón corto desgastado. Está en cuero. Muestra algunas marcas en el pecho, heridas. Tiene la mirada perdida. Enfrente, sobre una especie de boulevard, tres chicos de no más de 15 años están acostados sobre cartones. El sol del mediodía y el calor los golpea pero no se inmutan. Parecen inconscientes, en un sueño demasiado profundo.

Los pasillos de la villa 1-11-14, en el Bajo Flores, son angostos. Dos personas no pueden caminar una al lado de otra. Pero en la parroquia Santa María Madre del Pueblo, los espacios parecen más amplios. No hay puertas. Es una reja que permanece abierta todo el día hasta la noche. Juegos. Es lo primero que se nota de un patio de tierra con algunos árboles. Hay dos calesitas que se manejan con un pequeño volante en el medio. Los chicos no paran de dar vueltas. Ríen. A la izquierda, la capilla, chica y prolija, con los asientos ubicados en orden y el altar limpio y reluciente. Más adelante, un cuarto con una biblioteca que tiene todo tipo de libros: historia, novelas, infantiles, educativo. También hay revistas. En uno de los pasillos hay un metegol. En otro cuarto, una cocina. En el fondo, la capilla se conecta con el centro de la villa. Hay una cancha de fútbol de cemento. Alrededor, pintadas de la cara del papa Francisco y varias alusiones a San Lorenzo. Desde alguna casa suena la cumbia a todo lo que da.

Hay gente que hace cola para sacar el certificado de domicilio. Hay personas que simplemente se relajan sobre la sombra en algún banquito. Y están los chicos. Corren para un lado y otro. Hablan con los curas. Parecen divertidos. Forman parte de una escuela de música que funciona hace dos años en el lugar. Abrazan a la profesora que les enseñó a tocar el violín o a cantar. Le dan besos. Le piden una foto.

En una Iglesia de algún barrio de alto poder adquisitivo, como Belgrano, Palermo o Recoleta, se puede apreciar la arquitectura. Las columnas, el mármol, las pinturas. Pero el edificio suele estar vacío. Las voces retumban en la enorme estructura. En un sitio como el de la 1-11-14, se siente la vida. La gente llega en busca de algo que no tiene y, una vez que ingresa, le costará salir. La parroquia funciona como un caparazón. No debe haber muchos lugares más seguros que ese. Todos parecen en calma.

El violinista que sueña con ser un gran músico, el chico que enseña un mundo mejor

 




There are 4 comments

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  1. CarlosAlberto

    Cuantas cosas se podrìan hacer por esa gente con los malos negocios que reliza gobierno tras gobierno.
    Tambièn tenemos culpas porque mostramos,hablamos pero no ayudamos,el ver esto me da tristeza se me parte el alma porque no solamente en esa villa pasa aquì en B.BLANCA hay muchas de ellas y en el paìs quien sabe cuantas..En fin siempre màs de lo mismo y despues se jactan los polìticos de las obras de bièn que realizan.
    Lo que mas me duele es que no hay una generaciòn joven ,honesta que dentro de dos años pueda cambiar el rumbo que llevamos de corrupciòn y digo esta palabra porque solamente erradicandola este cuadro en las villas cambiaria,tendriamos màs educaciòn,salud etc.

  2. Camila Vilela

    Lucas! Te felicito, vengo leyendo todo lo que publicas y me gusta mucho 🙂 aunque no te escriba en todas aprovecho esta para hacerlo jajaja.
    Y coincido con vos… Esta nota a mi, más allá de ponerme la piel de gallina por ver situaciones así, me da esperanza. Termino de leerla con una sonrisa. Creo que es un lugar para aprender de esa alegría, tan despojada de todo.


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