Recitales pixelados

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En el Gran Rex está prohibido grabar los shows. Pero hay algunas personas dispuestas a romper la regla. Un hombre de unos 40 años tiene en una mochila negra varias cámaras. Cuando llega a su asiento, saluda a quien está al lado. Se conocen pero no parecen amigos. En realidad, son dos fanáticos del jazz que, por lo que cuentan, suelen coincidir en diferentes presentaciones en Notorius y Thelonius, típicos bares de la ciudad de Buenos Aires. Están en el segundo recital que Herbie Hancock da en Buenos Aires. Por lo que dicen, todo indica que también fueron a la función anterior. “Yo imagino que no va a haber demasiados cambios. Que repita, si todo fue perfecto”, dice. Su compañero asiente.

Tiene algunos movimientos profesionales, como si fuera un verdadero camarógrafo. Acerca el zoom y se llega a ver la sonrisa de Hancock, una leyenda viva del jazz. Mientras graba, en su cámara se prende una luz blanca y resplandeciente que ilumina todo lo que hay alrededor. Está en el medio de la fila. Uno de los acomodadores se detiene a su altura y comienza a apuntarle en el pecho con un señalador láser. Él no se da cuenta. Filma. Su compañero sí nota lo que pasa. Parece incómodo. Lo mira fijo, como varios de los que están cerca. Hancock se agranda y se achica en la pantalla de la cámara. Al fin, el hombre que está al lado pierde la paciencia. Lo golpea suavemente con el codo y le dice algo al oído. Él no mira hacia el acomodador. Apaga la cámara y fija los ojos hacia adelante. Como él, hay otros tramposos. Algunos son más disimulados. La mayoría busca esconderse de alguna manera. Tapan el aparato con un abrigo. Lo ponen a la altura del pecho, casi como si fuera un collar. La música parece quedar en segundo plano. Los gestos y reacciones de los artistas, también.

Este hombre no parece poder aguantar sin una cámara. Toma otro modelo que tiene en la mochila. Es un aparato que tiene una tapa por la que puede verse lo que se graba. Casi no la abre, para no llamar la atención. Apunta hacia adelante y mantiene el brazo recto, inmóvil. Esta vez, no se genera ningún tipo de luz. Aunque la tapa no está del todo desplegada, puede verse que la calidad de imagen es peor. La sonrisa de Hancock ya no está. Su cara figura pixelada. Utiliza planos largos y generales en los que se ve a toda la banda (pianista, baterista, percusionista y bajista). Sólo mira la pequeña pantalla del aparato.

Llegan 40 minutos tarde al Luna Park pero no lucen angustiadas por haberse ausentado durante casi la mitad del show. Ni bien se sientan, se miran y celebran la situación de estar en el recital. Cat Stevens ya cantó algunos de sus clásicos más preciados. Ellas no saben qué se perdieron ni parece importarles. La mujer de la izquierda, de unos 27 años, saca una cámara digital y comienza a grabar. Sostiene el aparato con la mano derecha mientras revuelve la cartera con la otra y habla con su acompañante que, por características físicas y edad, parece ser su mamá.

La cámara no es de gran calidad. Aunque su ubicación es buena, en el centro de la platea, alejada unos 30 o 40 metros del escenario, la imagen no llega a verse del todo nítida. Decide alternar los ángulos. Cada tanto apunta hacia una de las dos pantallas gigantes que muestran constantemente al artista. Después vuelve al plano real de Stevens (o Yusuf Islam, como empezó a llamarse hace muchos años, pese a que una gran cantidad del público no parece saberlo).

La grabación no se detiene en ningún momento. La mujer conoce algunas canciones, aunque no todo el repertorio. Mira el recital a partir de la pequeña pantalla de la cámara. Cada tanto comenta algo con su mamá. Pero no pretende distraerse. Vuelve a la cámara. Juega con el zoom. Se acerca a Cat. Se aleja. Vuelve a la pantalla. Muestra algo del resto del público. Nunca aplaude. No sonríe ni cierra los ojos. Luce concentrada.

“OK, saquemos todas las fotos juntas. Estoy escuchando `click, click, click´hace un tiempo largo”, le dice con tono irónico Cat Stevens a un espectador que está en la primera fila. El público ríe. Pero nadie parece haber prestado mucha atención al mensaje. Las cámaras  y celulares se levantan otra vez. La oscuridad del Luna Park queda limitada.




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