Museo del Studio Ghibli: viaje mágico por la cabeza de Miyazaki

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El papá lo llama un par de veces, pero él no parece darse cuenta. Luce hipnotizado. Desde todos los ángulos posibles, mira a una vidriera que muestra una maqueta de la parte delantera de una enorme casa de unos seis o siete pisos. En las ventanas y balcones se puede observar el dibujo de los personajes más importantes de todas las películas de Hayao Miyazaki. El chico, de unos diez años, tiene anteojos y el pelo negro prolijamente peinado hacia la derecha. Parece tranquilo y obediente. Pero el llamado de su papá, gentil, paciente y sin gritar, no lo distrae. El cuarto, no muy grande y de pasillos angostos, tiene una melancólica música de piano de fondo. La gente ingresa sin cesar al ambiente. No hay un griterío pero sí un murmullo constante.

Observa cada detalle con fervor. La distribución está ordenada en forma cronológica. En la parte de arriba se ubican Ponyo y Chihiro. Más abajo, la princesa Mononoke y Totoro. En el medio hay una recreación de algunas secuencias de los films con muñecos de miniatura. El propio Miyazaki aparece metido en la fantasía con rasgos de cerdo mientras comparte la mesa junto a Porco Rosso. El padre ya no insiste y lo va a buscar. Le toca el hombro izquierdo. Al fin, el chico se da vuelta. Después de intercambiar algunas palabras, entiende que tiene que seguir con el recorrido. Y se va. El lugar ahora lo ocupa una pareja de unos 30 años. Se paran frente a la vidriera y se dejan llevar. El proceso de encantamiento vuelve a ponerse en funcionamiento.

No hay que ser un amante de las películas de Miyazaki para enamorarse del museo del Studio Ghibli. Sensibilidad y algo de apertura mental parecen ser los únicos requisitos para viajar por la cabeza del hombre que creó las películas más maravillosas de la historia de la animación. Es probable que el trabajo de este japonés de 73 años, que a fines del 2013 anunció su retiro definitivo con el lanzamiento de The Wind Rises, nunca llegue a ser en Occidente más popular que el de Disney o Pixar pero en su país es poco menos que un Dios.

El museo del Studio Ghibli es una casa en la que no vive nadie pero pasan muchos. Ahí están volcadas las ideas y los personajes no sólo de las películas de Miyazaki sino también de la historia del cine de animación. Está ubicado en Mitaka, un barrio de las afueras de Tokio que combate el ruido y la marea de gente de la gran ciudad con naturaleza y tranquilidad. El edificio podría pasar desapercibido para cualquiera que pase por el lugar sin demasiada información. Está rodeado por una plaza en la que la comunidad suele pasar buena parte de sus tardes, especialmente los fines de semana o en las vacaciones. Justo en el centro del parque hay un terreno en el que se desarrollan diferentes actividades deportivas. Un papá practica baseball con su hijo. Dos adolescentes hacen jueguitos con una pelota de fútbol. Unas mujeres juegan con unas paletas. Alrededor, en una pista de atletismo, no paran de pasar los corredores.

La casa del museo del Studio Ghibli tiene tres pisos y está custodiada por enormes enredaderas verdes. El lugar es, en realidad, una declaración de principios. La naturaleza como factor predominante es sólo uno de los puntos de su idiosincracia. El museo no tiene boleterías. Sólo hay dos posibilidades de conseguir entradas. La primera, a través de una tienda Lawson. Son mercados al estilo Farmacity o CVS que se encuentran en todo Japón. Cuentan con una especie de cajeros automáticos donde, tras atravesar varios pasos de instrucciones, se puede pagar con tarjeta de crédito. Claro, la máquina no tiene otro idioma que no sea japonés y la única manera de atravesar el problema es a través de un video subido a YouTube que aclara qué botones presionar. La otra opción de adquirirlas es a través de JTB, una empresa internacional que funciona como una especie de boletería ambulante. Pero las ciudades en las que ofrece el servicio son limitadas. En Latinoamérica, por ejemplo, no tienen representación. La última posibilidad, entonces, es la de pagar un recargo a través de una empresa de Japón que revende las entradas. Algo así como el 20% sobre el valor total (el precio del ticket queda en unos 10 dólares).

No es una casualidad que en el museo no se vean turistas. La demanda del público japonés alcanza para cubrir la oferta del lugar, que tiene una capacidad limitada por lo que las visitas tienen horarios de entrada (10, 12, 14 y 16) y nunca sobrepasan las 300 personas. Adentro, todos los carteles y audios están en japonés. Nada tiene traducción al inglés aunque los empleados sí saben expresarse en otros idiomas. Las formas del lugar están lejos de ser azarosas. Como algunos japoneses, Miyazaki parece creer que no necesita de otros. La entrada para ingresar se cambia en la puerta por otro ticket. Es un papel con tres fotogramas de alguna de las películas de Ghibli. Los visitantes ingresan a la casa pero todavía miran su primer recuerdo de colección. Juegan con el ticket y lo exhiben a la luz para verlo mejor. Algunos gritan porque, de casualidad, recibieron la secuencia de algún personaje favorito. Otros todavía no descubrieron de qué film se trata.

El museo no tiene recorrido y sólo cuenta con una regla: está estrictamente prohibido sacar fotos o filmar videos. Es uno de los pocos lugares en los que resulta fácil olvidarse de la necesidad de registrar todo lo que sorprende o es nuevo. El camino se vuelve relajado. El visitante puede empezar por el tercer piso o la planta baja. La idea principal es perderse, no seguir un orden. El piso es de madera, las paredes celestes y el techo de vidrio. Prácticamente no hace falta la luz artificial. Hay ventanales que representan diferentes secuencias de las películas. También hay pinturas que no están enmarcadas ni forman parte de un cuadro. Lucen libres y apabullantes. En el piso de abajo hay una sala con la historia del Studio Ghibli, con un pequeño homenaje a todas las películas. Además, se empieza a mostrar parte del funcionamiento del cine de animación, con explicaciones de cómo los dibujos toman vida en la pantalla grande (repetición de imágenes y movimiento, el principio básico).

A pocos metros de ese cuarto hay una pequeña sala de cine en la que se proyecta un corto inédito de 20 minutos. Aunque la historia, de un perro que se escapa de su casa y la desesperada búsqueda de su dueña, una nena, no tiene la profundidad de otras películas, sí cuenta con algunas de las virtudes del cine que caracteriza a Ghibli: sencillez, capacidad para emocionar y constante juego de simbolismo con la (mala) forma en la que se vive. El relato se mezcla con diferentes situaciones de la cultura japonesa: los cuervos en la ciudad, los trenes de Japan Railways, el volante a la derecha de los autos, la mujer que se queda en la casa mientras el marido va a trabajar, la ciudad, sea cual sea, pacífica y ordenada. El proyector es un impresionante y desgastado cinematógrafo verde que se puede apreciar cuando termina la función y se prenden las luces. Se respira amor por el cine.

En el segundo piso, en uno de los cuartos, está el gato gigante amarillo que traslada a Totoro y a las dos nenas de la película más simbólica de Ghibli de un lugar a otro del bosque. Los más chicos se revuelcan, gritan y saltan. Los padres esperan pacientes y risueños. Afuera, tras subir una escalera empinada y metálica, se exhibe un gigante robot que aparece en Laputa, el castillo en el cielo. En otro de los cuartos hay una extraordinaria presentación de dibujos de los diferentes personajes en diferentes etapas. Detalles de las caras, la ropa o los paisajes. También se puede ver una mesa con algunos objetos que se usan para generar las animaciones, pinceles, lápices, papeles y broches, y hasta una muestra de los diferentes tonos de colores que se utilizan.

El Studio Ghibli le da la espalda a la tecnología y toma recursos insospechados en tiempos de computadoras y 3D: el lápiz y papel. Ponyo, del 2008, es la película con más fotogramas pintados a mano de la historia del cine, con 170.000. En total se necesitaron 70 personas que dibujaron durante seis meses para convertir el storyboard pintado a acuarela por Miyazaki en una película de 108 minutos.

En el último piso, una tienda con artículos tan lindos como caros. El negocio no para de facturar. Llaveros, pines, DVD, muñecos, pósters. Lo que sea. Afuera, en el patio, un bar con precios inaccesibles.

Como el recorrido es libre, nunca se abandona la sensación de que puede haber alguna otra joyita escondida en la pared o hasta en el piso. Aún afuera, cuando el micro amarillo que trabaja especialmente para el museo y acerca al público a la estación de trenes y subtes de Mitaka, da la sensación de que la magia no terminó. El hechizo no se rompe. Dura mucho tiempo más.




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