Contrastes

shanghai

Está tirado en el piso boca abajo, justo en el medio de la vereda. Apoya las palmas de las manos en el suelo. Las tiene mojadas por la humedad y el permanente roce con el pavimento que acumula varios charcos de agua. Tiene los ojos cerrados. Está descalzo. Justo al lado hay un vaso de plástico con algunas monedas. Vestido con ropa sucia y demasiado desgastada, balbucea, no parece hablar con claridad. Nadie le presta atención. Por el lugar pasa gente todo el tiempo, pero no recibe ningún tipo de ayuda. Es ignorado. Hace frío, unos 2º grados.Está a unas cuadras de Nanjing Road, la principal calle comercial. El consumo es infernal. Casi no hay gente que no sostenga una bolsa de algún local. Pero, al final del día, el vaso de este hombre, que tendrá unos 35 años, no llegará a llenarse ni a la mitad.

El mundo vive en permanente estado de contrastes. Casi todas las ciudades tienen lugares en los que se puede apreciar al cielo y al infierno a unos pocos metros de distancia. Pero en Shanghai, la segunda ciudad en importancia de China que en los últimos 20 años creció como ninguna otra, todo resulta demasiado evidente.

No se llegan a ver las puntas de los edificios del Pudong, el distrito comercial y financiero por el que pasan los grandes negocios de un país cerca de romper el récord de crecimiento económico en más de 20 años consecutivos. La contaminación, espesa y densa, deja cubiertos a los enormes rascacielos. La construcción de esta ciudad creció tanto en tan poco tiempo que el smog apareció como una advertencia, que hasta hoy es ignorada.

Se ubican uno al lado de otro con estéticas completamente distintas. Hay edificios con puntas triangulares y filosas. Torres gemelas que se conectan con puentes cubiertos que son como pequeñas ciudades. Construcciones tubulares y largas que no parecen tener fin. Si se ve al sector desde el Bund, un malecón situado a orillas del río Huangpu, es imposible no imaginar lo que pensaban los arquitectos y diseñadores que proyectaron esa zona. Cada uno le dio vida a su lugar soñado sin mirar lo que hacían los que estaban al lado. El resultado, imponente y en algunos aspectos futurista, deja la sensación de una heterogeneidad mal pensada.

En el Pudong hay shoppings de más de 10 pisos, relucientes, impactantes y majestuosos. La mayoría de las tiendas son gastronómicas o tecnológicas, pero casi no hay lugar para librerías, casas de música o ventas de películas en DVD o Blu-Ray. Los empleados de los locales lucen desganados y sin fuerzas. No dicen hola, por favor, gracias ni chau. Simplemente se limitan a embolsar y cobrar lo que el cliente haya elegido.

La zona se ilumina con luces de neón por todos lados. Hay oficinistas que caminan despreocupados con sus trajes Armani. Es un lugar frío. Poca gente vive en ese centro, por lo que se trata de un sitio de paso para casi todos. No hay indicios de colectivismo. Cada uno se mantiene en su propio mundo. Se mueven rápido sin levantar demasiado la vista. La mayoría tiene un teléfono celular en la mano que consultan permanentemente. Casi nadie habla inglés. Aunque la cultura estadounidense no penetró demasiado, hay un local que es infalible y se ve cada una o dos cuadras: KFC, casa de comida especialista en pollo frito. En China es más popular que Mc Donald´s, Coca Cola o Burger King. Abundan los autos de alta gama. Y las bocinas. Tocarla parece tan normal como pisar el acelerador o el freno. Resulta fácil sentirse aislado y solo en un barrio con mares de gente. Hay construcciones por todos lados. Se ve pasar a los obreros para un lado y otro. Se escuchan los ruidos de las máquinas. Hace no demasiado, había casas bajas y caminos estrechos, pero fueron arrasados por las topadoras del propio gobierno. No quedó nada.

A unas diez cuadras de ese lugar se encuentra la “Ciudad vieja”. Es una zona pintoresca donde los edificios más antiguos se lucen por su tradición e idiosincracia china, con puertas redondas, techos de tejas y terminaciones puntiagudas. Está repleta de callejones en los que no cuesta nada perderse. Hay vendedores ambulantes por todos lados. Ofrecen carteras, paraguas, relojes, juegos para chicos. Lo que sea. Estilan un precio que están dispuestos a bajar hasta la mitad. Esta parte de Shanghai se siente viva, como si el tiempo no hubiera pasado. La historia, con varios templos de taoísmo, mercados exóticos de comida y vendedores gritones e impacientes por atrapar a algún turista, no se alteró.

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Los locales ofrecen de todo y, como los edificios del Pudong, no tienen un foco específico. Hay banderas de China y muñecos de Osama bin Laden y  Sadam Husein. Allí está el célebre jardín Yuyuan. Fue diseñado durante la dinastía Ming, entre 1559 y 1577. Un funcionario llamado Pan Yunduan pretendió concederle el deseo a sus padres de conocer los jardines imperiales de la Ciudad Prohibida, en Pekín. Pero como no podían trasladarse a la capital porque eran demasiado viejos, decidió recrear uno con el mismo estilo. De ahí el nombre del lugar. Yuyuan significa salud y tranquilidad.

Entre las tiendas, de empleados con caras cansadas que comen fideos desde un pequeño plato mientras atienden a algunos clientes, hay interminables pasillos con casas alrededor. Lejos de la modernidad del Pudong, las construcciones parecen a punto de derrumbarse. Pinturas desgastadas, paredes rotas, espacios demasiado chicos. Desde prácticamente cualquier punto de esa zona, donde la pobreza se percibe en los físicos de los vecinos, pero también en la ropa y hasta en la higiene del lugar, con basura por todos lados y olores nauseabundos, se pueden ver los inmensos edificios de la zona rica de la ciudad. Parecen cerca, a un par de kilómetros, pero la realidad de este barrio impone otra cosa. Son familias de comerciantes con poca educación y muchas limitaciones para acceder al nivel de vida al que llegaron algunos de sus compatriotas. Es como si no hubiera salida. Todos los caminos de los pasillos, que no parecen tener fin, dirigen al mismo lugar. Desde ahí sólo se puede acceder a mirar las partes más altas de los rascacielos, del otro lado del río. La niebla de la contaminación no se fue y aparece con más fuerza mientras anochece. A lo lejos se escuchan los ruidos de las construcciones. Todavía quedan muchos rascacielos por levantar.

(#) La primera foto pertenece a www.ojodigital.com.




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