Los Juegos Olímpicos de los escupitajos

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No hay asientos vacíos en el tren bala que se dirige de Beijing a Shanghai. Va rápido, a unos 300 kilómetros por hora, pero la velocidad no se siente. La marcha es regular y silenciosa, inalterable. Conectará un poco más de 1.300 kilómetros en unas cinco horas. El paisaje no se modifica en el largo trayecto entre las dos ciudades más importantes de China. Se pueden ver grandes campos con plantaciones. La mayoría de las cosechas están protegidas con algún plástico para cubrirlas del frío y la nieve. En los pueblos, que no parecen tener demasiados habitantes, las típicas casas con techos bajos fueron reemplazadas por enormes edificios. Nunca son más de tres o cuatro y se ubican juntos, uno al lado de otro. Las construcciones, imponentes pero lejos de ser lujosas, son tan altas que se pierden en la neblina que produce la contaminación. Tienen más de 40 o 50 pisos, aunque el número de ventanas y separaciones indican que ahí vive una buena cantidad de gente. Todavía se observan cada pocos kilómetros construcciones sin terminar, edificios a medio hacer, obreros que van para un lado y otro y tractores. Máquinas por todos lados.

Un hombre de unos 50 años se levanta de su asiento y se queda parado en el pasillo del tren bala. Está vestido con una campera de cuero, un jean y unos zapatos negros. Da la sensación de que sólo pretende estirarse un poco. Pero no. Toma fuerza. Mete algo de panza sin ganas de disimular. Y aspira. El ruido que produce deja sus intenciones claras. La lengua hace su trabajo de atracción. El sonido es grave y pegajoso. Instantáneo. Con el impulso de los pulmones, saca parte del moco hacia la boca. Lo conserva unos segundos y lo escupe al piso, por donde pasan los cientos de pasajeros y las empleadas del transporte. Luego se acomoda los pantalones hacia arriba, como si hubiera hecho algún tipo de exigente actividad física. Se sienta y suspira. No parece ser la primera vez que pasa algo así. Nadie le presta atención.

Una mujer mira un capítulo de la serie Sherlock a través de su iPad. No usa auriculares. El volumen está alto y se escucha en todo el vagón. Justo atrás de su asiento, una joven empleada de la empresa del tren bala, vestida con un conjunto azul que incluye una pollera que supera el nivel de las rodillas y una camisa de manga corta blanca, estira la cabeza para poder ver qué pasa en el capítulo. Al lado, un hombre de unos 50 años habla por celular. Parece una llamada de trabajo. Habla demasiado fuerte. Otra empleada atraviesa el pasillo con un carro de comidas y bebidas. Camina demasiado rápido y no mira a los costados. Un pasajero le grita. Ella se da vuelta sin detener el carro. Contesta con velocidad y sigue su recorrido. No le vende nada a nadie.

El puesto de inmigración del aeropuerto de Shanghai puede ser una radiografía general de cómo trabaja los chinos que son empleados en algún tipo de servicio. Un restaurante, un local de ropa o una estación de subte. En casi todos los casos, a los empleados les cuesta sonreír, mostrarse amables. No hay saludos de despedida ni bienvenida. Tampoco gracias ni por favor. No se ayudan entre ellos y, como los grandes edificios en los campos, parecen aislados pese a que están rodeados de una gran cantidad de gente. Lucen desganados.

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Cuando la hora pico aprieta y los trabajadores regresan a casa, los medios de transporte colapsan. Pese a que el servicio es eficiente, práctico y con la última tecnología, resulta imposible trasladar a tanta cantidad de gente. Por eso, los chinos se mueven con velocidad y sin desparpajo para subirse lo antes posible a un vagón y volver a sus casas como sea. Cuando se abren las puertas del vagón, nadie espera a que los que están arriba desciendan. Los que salen se preparan para empujar. Los que quieren entrar, también. Se produce una especie de scrum de rugby. Dos masas de gente empujan en direcciones opuestas sin avanzar casi nada. Las puertas se cierran de manera brusca. Los que quedaron afuera se preparan para empujar una vez más en el siguiente turno. Ya no pueden volver a fracasar.

Pese a que desde hace unos 15 o 20 años que el turismo en China se volvió una cuestión más o menos común, los extranjeros todavía llaman mucho la atención. Una mujer de unos 60 años no puede dejar de mirar a una joven latina de unos 25 que come en un Mc Donald´s. Primero, le observa las zapatillas. Luego, pasa por los pantalones. El escaneo no para. Llega a la cara. Le aprecia los ojos, mucho más grandes, claros y extendidos. También el pelo. Están una al lado de la otra, separadas por un pasillo más bien angosto. El estudio no cesa. En La gran muralla, una pareja de adolescentes le acerca una cámara de fotos a una mujer argentina. Cuando se dispone a sacarle una imagen, la interrumpen. “No, with you”, le dicen. Se toman una foto cada uno. Él es más bien tímido. Ella no tanto. Abraza a la turista y sonríe, como si fuera su mejor amiga. El roce con la cultura occidental es cada vez más frecuente, pero la capacidad de asombro no desaparece. Todavía hay cuestiones no descubiertas. Los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 abrieron muchas puertas y permitieron a los ciudadanos observar otras realidades. Pero no todas.

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Las colas existen pero no se respetan. Una persona que está última en una fila para sacar un boleto de tren se anticipa a la que está primera que, distraída, mira algunos precios de tickets sobre los ventanales de las boleterías. En Beijing, en uno de los guardarropas donde se deben dejar las mochilas, carteras y cámaras para poder visitar al mausoleo de Mao, en la famosa plaza Tiananmen, una mujer le saca el lugar a un hombre, que no aguanta la situación. Comienza a gritar, se queja. Ella ya deposita su cartera en el mostrador. La empleada del lugar observa la situación e intercambia unas palabras con el hombre, que no para de protestar. Entonces, le devuelve la cartera a la que pretendió tomar un lugar que no le correspondía y agarra la pequeña mochila del joven, de unos 30 años. En un mercado de esos que se mantienen abierto las 24 horas y vende todo tipo de productos, una pareja de turistas que está en China hace una semana parece haber aprendido algo de los códigos. Mientras esperan que un anciano pague por unas pilas, observan que la mujer que tienen atrás pretende anticiparse. Cuando el señor termina de abonar, la mujer se aproxima a la caja desde el lado izquierdo del pasillo. El joven de la pareja da un paso y le obstruye el camino. A la anciana no le queda otra opción más que retroceder. No dice nada. Algo parecido pasa en el aeropuerto de Shanghai. Un turista británico no aguanta que un chino haya tomado su lugar para atravesar migraciones. Se queja ante una empleada del lugar. “I cannot believe it. I really cannot believe it”, le dice en voz alta como para que el ciudadano chino note su malestar. Pero en ningún momento se da vuelta. No se entera de lo que pasa.

El tránsito no tiene ningún tipo de orden. El semáforo puede estar en rojo pero es una señal que ni los conductores de las motos ni los de las bicis obedecen. El peatón nunca tiene paso. No hay situación que lo proteja. No le quedan muchas más alternativas que correr para atravesar la calle. En las veredas, las motos transitan como si fuera un carril más y tocan la bocina cuando los caminantes no se corren. Los conductores usan la bocina para todo. Es un ruido constante, en cada una de las esquinas.

En la entrada de la estación de trenes Hongqiao, en Shanghai, probablemente una de las más modernas del mundo, con unas cincuenta plataformas de salida, trenes balas que representan la vanguardia tecnológica y comercios más bien occidentales, como Starbucks, Mc Donald´s o Burguer King, un agente de tránsito pretende ordenar a los autos, especialmente a los taxis que dejan a los pasajeros en alguno de los interminables accesos. Toca el silbato y les pide con señas desesperadas que estacionen sobre el carril más cercano a la vereda. Grita. Gesticula. Pero es imposible. Hay cuatro carriles, pero están todos ocupados por autos parados. Los taxistas frenan donde quieren, bajan las valijas, corren hacia el auto. Y se van. El agente deja de tocar el silbato. Se mete en la estación mientras habla solo.

Las bocinas no dejan de escucharse. Los semáforos parecen simples elementos del paisaje. Las motos viajan con velocidad. Esquivan personas, autos y camiones como si fueran protagonistas de una película de acción. Los hombres y las mujeres escupen. Puede ser en un colectivo, un restaurante o una plaza. Parece un hábito imposible de quitar. China, un país a punto de romper el récord de crecimiento económico consecutivo, es un gigante que todavía tiene sus propias reglas. Los Juegos Olímpicos de los escupitajos es una competencia que no tiene fecha de inicio y, por ahora, tampoco final.




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