Mao vive

china

“Los héroes del pueblo son inmortales”

El rey de la sala es el silencio. Su principal aliado, el respeto. Guantes en los bolsillos y gorros sostenidos en las manos. Caminata lenta pero ininterrumpida. Mirada respetuosa, curiosa. Parejas que se toman de la mano. Padres que abrazan a sus hijos. Gestos de seriedad y tristeza. Alguna lágrima retumba contra el piso.

Cuesta sentir muerto a Mao Tse Tung. Su cuerpo permanece en uno de los edificios al sur de la histórica plaza Tian’anmen, en Beijing. Pero su figura revolotea en cada esquina de la ciudad. Repetición: estampitas, billetes, carteles, monedas, relojes, estatuas, cuadros, murales, llaveros, pinturas, pósters, fotos, encendedores. Da la sensación de que está en todos lados. Mira a la gente desde los ojos de un muñequito o una imagen que cuelga en algún negocio. Miedo: sin Internet y repleto de censuras, el pueblo chino es una masa que, salvo algunas excepciones, no se inquieta. El último antecedente de revuelta es de 1989, cuando una multitud de estudiantes protestó contra el Partido Comunista. Uno de esos días de manifestaciones, tres jóvenes tomaron un tacho de pintura y lo tiraron contra el enorme mural de Mao que cuelga sobre el ingreso a la Ciudad Prohibida, el lugar donde vivían los emperadores y estaba marginado para el resto del pueblo. Quedaron manchadas la ceja izquierda, la sien derecha, el cuello y la pechera del Gran Timonel. Sobre el inmenso cuadro se colgó una lona verde. La imagen se reemplazó a los pocos días. Muchos especulan que hay varias réplicas para resolver casos como este. La represión no tuvo piedad. Todavía hoy se desconoce la cifra de muertos. Muchos chinos relacionados con el turismo recomiendan a los extranjeros no hablar del tema. El rumor es que la plaza, considerada como la más grande del mundo, está atestada de policías de civil, atentos para neutralizar cualquier tipo de manifestación.

El gobierno chino titubea entre los halagos y las críticas. Reconoce a Mao como el gran líder de la revolución comunista que forjó las bases del país que hoy compite por ser la gran potencia del mundo con Estados Unidos, el hombre que prácticamente erradicó el analfabetismo y duplicó la esperanza de vida de los 32 a los 65 años. Pero también desliza críticas. La hambruna por la que se estima que murieron unas 15 millones de personas es imposible de obviar.

Pero para la masa china no parece haber discusiones. Salvo para un pequeño sector intelectual que logró filtrar su repudio hacia Mao a través de algunas redes sociales (especialmente WeChat), el mito del gran líder se mantiene inalterable. Y todavía se explota. En épocas en las que no hace frío, las colas para ver su cuerpo son de 500 o 600 metros. Aunque algunos de los visitantes son turistas, la gran mayoría son chinos, especialmente de las provincias donde, a falta de información y roce, el mito no hace más que agrandarse.

China parece vivir entre capas de tiempos. La Ciudad Prohibida fue el hogar de las dinastías que forjaron al país. Ahora, lo primero que se ve al ingresar es el cuadro de Mao. Es un claro mensaje: la época de los emperadores ya no existe. El modelo es otro. El líder, incuestionable. Caminar en los hutongs, barrios de la clase trabajadora de pasillos estrechos en los que sólo se puede circular a pie o en bicicleta, representa un viaje por diferentes etapas. Algunas de las casas conservan a cada lado de las puertas grandes piedras cuadradas que se usaban para montar. Son algunos de los objetos que generan un traslado automático al pasado, cuando en esa zona se usaban caballos para transitar. Los ingresos a los hogares tienen símbolos, dibujos y mensajes. En muchos todavía se pueden ver entallados caracteres clásicos, previo a la revolución comunista de 1949, cuando el Partido decretó la simplificación de la escritura. Donde antes vivía una familia, hoy lo hacen más de diez. Pese a las órdenes de Mao de destruir todo lo que sea necesario de la época imperial para construir una nueva nación (los vecinos cercanos a la Gran Muralla hicieron sus casas con los materiales de esa construcción; hace unos años se la declaró como patrimonio cultural y está terminantemente prohibido destruirla), todavía quedan las piedras, las letras o la pareja de leones que funcionan, según las creencias, como protección. Reflejan parte de las costumbres antiguas. Pero a esa escenografía se sumaron, por ejemplo, las típicas estrellas socialistas sobre alguna puerta o en una columna. El antes y el ahora conviven en un solo espacio.

Mao en la cocinaUna cocina de Beijing

No se puede ingresar con cámaras, mochilas ni carteras. Uno de los puntos de seguridad requiere atravesar un detector de metales. Luego, un guardia cachea de abajo hacia arriba, en busca de algún objeto peligroso. En la puerta del salón principal, dos soldados se concentran en advertir a los visitantes que llevan gorros o guantes puestos. Las medidas para visitar el mausoleo de Mao son extremas.

Afuera del salón principal, los chinos se desesperan por comprar flores blancas por 3 yuanes (unos 50 centavos de dólar). Avanza un grupo grande. No hay demasiado espacio para moverse pero la caminata es ordenada. Tras subir las escaleras, la primera sala muestra una inmensa escultura de Mao. Aparece sentado sobre un gran asiento con un respaldo todavía más grande. Atrás, un mural que ocupa toda la pared y muestra algunas de las bellezas naturales de China. Se ven grandes montañas, el cielo limpio y claro y algún que otro río. Genera una sensación de grandeza. A unos metros del mural, una mesa gigante está cubierta casi en su totalidad por las flores blancas. Es imposible no imaginar que ni bien se termine de completar el espacio, volverán a manos de los vendedores.

Unos metros más adelante se ubica la sala en la que permanece el cuerpo de Mao. Está custodiada por dos guardias, uno en cada extremo, que miran con atención el movimiento de los visitantes y alertan que nadie puede detener la marcha. El ex líder chino se encuentra protegido por una caja de vidrio reluciente. Aunque no es fácil captar los detalles, se pueden apreciar algunas cuestiones del cuerpo. A los costados de la cabeza, tiene el pelo demasiado negro. En la frente, la calvicie brilla, como si generara su propia luz. Los rasgos de la cara lucen muy marcados. Las fosas nasales bien abiertas. Las pestañas largas. Los labios gruesos. El maquillaje es evidente. No se puede ver mucho más. Salvo la cara, el resto del cuerpo está tapado por una bandera china. Se supone que, luego de las cuatro horas por día en las que es exhibido, desciende a una cámara en la que se lo expone a bajas temperaturas. Muchos aseguran que no es más que una farsa, una estatua de cera. Mao quería que lo cremaran. Las autoridades que lo reemplazaron consideraron que su cuerpo para el pueblo era más importante que su propio deseo.

A la salida, todavía en la plaza Tian’anmen, hay dos filas de pequeños mercados que venden todo tipo de productos de Mao. El líder del comunismo se convierte, otra vez, en una figura de consumismo. Pero no es lo único que se vende. Entre muñecos, banderas chinas y libros se pueden adquirir relojes bañados en oro con evidentes señales de que son copia de alguna marca internacional. Es el producto que más llama la atención de los chinos, que rebalsan el lugar y se empujan unos a otros para ser atendidos lo antes posible. El respeto que se percibía en el mausoleo desapareció.

Negocio de Mao

Los productos de Mao se pagan con los billetes de Mao. 5, 10, 20, 50 y 100. Violeta, azul, marrón, verde y rojo, respectivamente. No se repiten los números ni los colores pero sí la figura de quien acompaña el papel. Ni viejo ni muy joven. Con una especie de pullover que le cubre todo el cuello. Mira hacia la derecha, por lo que se le ve por completo el perfil izquierdo de la cara. Posa la mirada hacia adelante, como si observara el futuro.

A unos pocos metros hay una escultura que representa el ser socialista. Un obrero, un estudiante, una maestra, un soldado. Con cámaras de última tecnología, los chinos que acaban de salir del mausoleo sacan una y otra foto. El relato no parece haberse agotado. Mao vive. Está en todos lados.




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