Ali vs. Superman: el campeón no entiende de superhéroes

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“I´m mad, I´m ready…I ain´t never been so ready! If I got any badder I´d be scared of myself! After this fight, they gonna say Ali is terrible! They Ain´t gonna say I´m good, I´m great! I´m bad! They gonna say I´m terrible!”

Le había llamado la atención la publicación de Superman vs. El Increíble Hombre Araña. No sabía nada de comics. Tampoco de superhéroes. Lo que le gustaba era que dos personajes tan populares compartieran un espacio en una revista que leerían millones. Hacía unos años había logrado organizar una de las peleas más grandes de la historia del boxeo: Ali vs. Foreman, en Zaire. Cinco millones de dólares para cada boxeador. Más de 60 mil personas en un inmenso estadio abierto. B.B. King. James Brown. Un evento que representó una defensa grandilocuente y monumental a la raza negra. No lo tuvo que pensar demasiado. Fue más bien un impulso, como casi todo lo que hacía. Pidió una reunión con la gente de DC Comics y propuso que su representado, Muhammad Ali, se enfrentara ante Superman. La idea gustó. Era 1977. Don King no conocía de límites.

La ciudad está viva. Un vendedor latino fuma un habano mientras observa cómo dos amas de casa controlan su mercadería. Una testea la madurez de las bananas. La otra embolsa algunos limones. La calle está sucia. Los chicos juegan al básquet en las veredas. Pican la pelota mientras esquivan tachos y postes de luz. Un vagabundo intenta dormir pese al sol radiante. Lois Lane, Clark Kent y Jimmy Olsen caminan para un lado y otro mientras buscan alguna historia para contar.

A Ali siempre le gustó a hablar, cargar a sus rivales, sentirse fuerte abajo del ring con las declaraciones. El juego psicológico que tanto le gustó. El combate en el que se retiró invicto: el de las palabras. Pero, una vez arriba, no era de sobrar ninguna situación. No subestimaba a nadie, ni al más débil. Salvo una vez. En febrero de 1978 se enfrentó a Leon Spinks, un boxeador talentoso pero inexperto que había ganado sólo siete peleas profesionales y la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Montreal 76. Esa noche, ante un estadio semivacío y una expectativa casi nula, Ali perdió el título por segunda vez en su carrera.

Muhammad Ali juega al básquet con cuatro chicos. Tiene un pantalón de jean y una musculosa blanca. Luce atlético, enérgico, alegre. De repente, un alien irrumpe en la escena. Lois Lane, que veía cómo el boxeador hacía de basquetbolista y se ilusionaba con una nota, es golpeada y cae al piso. Clark Kent desaparece. Ali no se achica. Exige que el extraterrestre le pida perdón a la periodista. La criatura verde no le tiene miedo. Lo abofetea. Entonces, el boxeador explota, saca un recto de izquierda que sacude al bicho. Unos segundos después, aparece Superman.

Sólo los que lo conocieron de verdad podrán sentenciar si Muhammad Ali alguna vez se sintió desanimado o menos que otros. En sus discursos, una derrota no cambiaba su forma de declarar. Su grandeza era inmaculada. Perder no le quitaba brillo a nada de lo que había hecho o iba a hacer. Por eso, pese a que llegaba de una dura caída ante Spinks, no le importó imponer condiciones cuando Don King le propuso figurar en un comic con Superman: “Yo no voy a perder contra él”. Unos años después trascendió que ni siquiera aceptaba el empate.

El alien, Rat’Lar, pide un enfrentamiento entre el hombre más poderoso de la Tierra. Ali no duda: “¡Me compararon con Joe Louis, Sugar Ray Robinson, Ezzard Charles, Archie Moore, Rocky Marciano, Gene Tunney, Jack Dempsey! ¡Soy el más grande!”. Pero Superman también tiene su ego. Quiere ser él quien represente a los humanos. La resolución es sencilla. Un combate eliminatorio entre ellos para definir al que se medirá contra el espécimen más fuerte de la raza Scrubb.

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No era su momento de mayor popularidad. Tenía 36 años y llegaba al final de la carrera. Su atención hacía tiempo que no era exclusiva al boxeo. Muhammad Ali siempre se sintió mucho más que un deportista. Fue mucho más que un deportista. Hacía doce años se había negado a pelear en Vietnam. “¿Por qué me piden ponerme un uniforme e ir a 100.000 millas de casa y arrojar bombas y tirar balas a gente de piel oscura mientras negros de Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos más simples? No voy a ir a 100.000 millas de acá y dar la cara para ayudar a asesinar y quemar a otra pobre nación simplemente para continuar la dominación de los esclavistas blancos”. Le arrebataron el título. Estuvo marginado del boxeo, probablemente durante el tiempo en el que más hubiera brillado. Cuatro años después, la Corte Suprema de Estados Unidos le dio la razón. Ali argumentaba que su religión-musulmana- le impedía tomar un arma. El fallo sentó precedente.

El arreglo con Superman era que no usaría sus poderes. El superhéroe es todo un caballero. Ali también. Antes del combate, le da algunos consejos para boxear. Así le describe a los golpes. “Primero, un jab. El jab es una pregunta: ‘Ey, ¿estás ahí? ¿Tenés algo para mostrarme?’. Después, el gancho. Empieza como una pregunta y termina con una declaración. Si la declaración es fuerte, tu rival va a terminar mirando al cielo. El recto de derecha es un argumento. Argumentás que él debería ir a dormir. Un uppercut es una declaración limpia. Viene de la nada y, cuando conectás, la declaración termina en una exclamación”.

Les convenía a las dos partes. Ali necesitaba promocionar su revancha ante Spinks. DC Comics no atravesaba un buen momento económico. Neal Adams y Denny O´Neil, dos históricos y talentosos historietistas, cargaron con el proyecto. Las imágenes son sorprendentes. Apuntan al detalle, realzan los colores. El efecto que produce que junto a un personaje de la ficción haya uno real genera sorpresa y encanto, pese a que el aspecto naif y algo infantil del género no termina de desaparecer del todo. Por momentos, da la sensación de que parte de lo que se ve es real. Muchos intentaron analizar la enseñanza que dejaba la historia, trazaron paralelismos y teorizaron sobre cuestiones raciales. Pero en el comic todo luce mucho más simple. Los dibujos y los diálogos no parecen pretender mucho más que disfrutar por la acción. La atracción que generan los personajes no necesita nada más. La forma en la que se muestra el relato hace todo el trabajo.

La pelea es en el planeta de los Scrubbs. Ali sube al ring con Angelo Dundee, su histórico entrenador, Herbert Muhammad, su consejero musulmán, y Bundini, otro de sus acompañantes en la esquina. El relator, Jimmy Olsen, arranca con una aclaración genial: “Superman pelea con su traje porque muchos de los espectadores, que son aliens, no podrían reconocer a los boxeadores. Excepto por algunos detalles, para ellos los humanos lucen todos iguales”. Lo único que comparten ambos: los guantes Everlast. Superman se impone en los primeros minutos del round 1, pero, sin poderes ni técnica de boxeo, no le alcanza para superar a Ali. El estadounidense tiene al boxeo en la sangre. Así lo hace saber. Le da una paliza. Lo deja al borde de la muerte. Ahí es cuando se produce una imagen conmovedora: el Hombre de Acero, que parecía imbatible e imposible de lastimar, convalece en una camilla. Inconsciente y con la cara destruida, descansa mientras una multitud parece pretender acercarse, sacarle una foto o decirle algo al oído. Se ve también la espalda de Ali, que parece luchar para cuidar la intimidad de su rival.

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El proceso de producción fue largo y tedioso. DC no sólo tenía que preocuparse por sus propios estándares sino también por los de Ali. La tapa fue uno de los puntos más polémicos. Los primeros bocetos fueron cancelados, hasta que surgió una idea brillante. ¿Y si los espectadores de la pelea fueran personajes conocidos? A Ali le fascinaba la posibilidad de que Batman o el presidente de Estados Unidos estuvieran en el ring side mientras él combatía con Superman. La iniciativa tuvo enorme aceptación. DC le pidió permiso a cada uno de los que aparecen en la tapa doble del comic. Jimmy Carter. Andy Warhol. Pelé. Frank Sinatra. Cher. Linterna verde. El propio Clark Kent. Don King. Lex Luthor. Extraordinario.

 Ali consigue el derecho de pelear con Hun’Ya, el referente de la raza que amenazó a los humanos. No deja dudas: si le ganó a Superman, cómo no va a resolver esa pelea. El Hombre de Acero, por su parte, se encarga de tener su cuota de heroicismo. Se recupera de los golpes de Ali y consigue eliminar a Rat’Lar, que amenazaba al planeta Tierra. La última página del comic muestra a ambos sonrientes mientras se dan la mano. “Superman, NOSOTROS somos los más grandes”, le dice Ali. Pero, en realidad, el único que se retira invicto de la historia es él. El campeón, al fin y al cabo, no entiende de superhéroes.




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