Dong jong, la ostentación de los viejos chinos

pekin

Se hace desear. Sabe que sólo lo miran a él. Reconoce que todos esperan que actúe. Por eso se demora. Como si le gustara ser una estrella. Como si reconociera a la perfección su fugacidad. Está parado en el primer escalón de una escalera que invita a sumergirse en el lago Houhai, en el norte de Beijing. Debe tener unos 70 años. Lleva una malla negra corta que parece un short deportivo. En la cabeza usa una gorra de baño gris con la que se tapa las orejas. Está descalzo. A pocos metros se ve un cartel que indica con un dibujo que está prohibido bañarse. Se supone que el agua está contaminada. Pero él y muchos otros ignoran la señal. Mueve los brazos para un lado y otro. Se agacha, elonga. Llega a tocar el piso. Exhibe su flexibilidad. Alrededor de él y a los costados, su público. La mayoría son chinos, gente del barrio que, al mediodía, cuando la temperatura sube con timidez, corre a esa zona del lago. También hay algunos turistas. Mira el reloj que tiene en la mano derecha. Y se tira. No tiene mucho espacio para nadar. Hay poca agua. Prácticamente toda la superficie está congelada. Es enero, pleno invierno. La temperatura es de unos -10 grados.

Llegan en bicicleta. Están bien abrigados. Gorros, guantes, bufandas y camperas. Son viejos. Ninguno tiene menos de 60 años. En algunas partes de Beijing, cuesta encontrar alegría. Buena parte de los trabajadores chinos se mantienen serios y no del todo amables. Como si no hicieran más que esperar que las horas pasen. Parecen agobiados por una sociedad estricta, exigente, masiva y con algunos resabios de ser una casta. Pero con los jubilados la historia cambia. El día arranca con las bocinas de los autos. Todavía hay oscuridad. La niebla, producto de la contaminación, es espesa. El tráfico es insoportable. El cansancio parece contagioso. Hasta que sale el sol. Y ellos también. En bicicleta, motos o caminando. Inundan los parques y plazas de la ciudad. Algunos forman parte de grupos de baile. Otros corren. Unos pocos se animan a jugar a la “pelota”. Todos sonríen. Tienen espacios para disfrutar su tarea cumplida. Y están los que practican “dong yong”. En mandarín, “invierno” y “natación”.

Ingresa al agua con un clavado clásico. Los brazos hacia adelante, el cuerpo bien estirado. No se sumerge demasiado. Sale a superficie rápido. Y nada. Se mueve con velocidad. No le sobra estilo. Practica una especie de pecho, sin mover demasiado las piernas. Se dirige hacia la zona donde comienza el hielo, imponente. Desde el agua, saca un brazo y toma un palo de madera que está tirado sobre la nieve a un par de metros. Y comienza a golpear el hielo, como si quisiera conseguir más espacio de agua para nadar. Sólo hay que levantar la mirada un poco para observar que, muy cerca, algunos chicos juegan con algunos carros y otros patinan. La secuencia no dura demasiado. Vuelve a sumergirse. Nada un poco más. Y sale por la misma escalerita por la que entró. Nunca se apura. No parece pretender que quiera mostrar que tiene frío. Todo lo hace a un ritmo más bien pausado.

Camina con paciencia hacia un bidón de agua. Lo toma con la mano derecha, lo da vuelta sobre la cabeza y se lo vuelca encima. El choque entre los chorros desesperados y su cuerpo generan pequeñas nubecitas de humo. Con la izquierda se frota el resto del cuerpo. Cuando se queda sin agua, cruza la calle y se ubica justo en un portón de un garaje. Apoya la espalda en la estructura. Al lado de él hay varios viejos más que ya se tiraron o están a punto de hacerlo. Muchos lo miran y sonríen. Festejan su valentía con disimulo y los gestos de haber visto algo no demasiado sorprendente.

Se estima que hay unos 300 mil chinos que practican la misma actividad. Nadie sabe cómo nació. Muchos recuerdan que al final de la Revolución Cultural, entre 1966-76, Mao Tse Tung se tiró a un lago congelado para demostrar que estaba bien físicamente. No hay una investigación científica sobre las virtudes de nadar en ese tipo de aguas. Pero ellos están convencidos. Dicen que les hace bien a la salud, que los hace sentir mejor. Creen que gracias a eso se alejan de los hospitales.

Aunque hay algunos que se apuran en salir del agua, a la mayoría le gusta mostrarse. Hacen la plancha, practican diferentes estilos, respiran con profundidad mientras el público se agranda en cantidad pero mucho más en capacidad de asombro. El espectáculo tiene particularidades fuera de lo común. Los protagonistas varían según el día. No hay ningún tipo de interacción entre los actores y el público. Hay que apurarse si se pretende sacar fotos o filmar. No se pide nada a cambio. Es el momento de gloria de un grupo de jubilados que, en tiempos de frío y sentimientos de encierro por el clima que no muestra piedad, encuentra momentos de emoción y excitación al aire libre, convencidos que le hacen un bien a su cuerpo. Pero lo que más les gusta parece claro: para los viejos chinos no hay nada como ostentar en una jornada de dong jong.




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  1. Emilie

    Una valentía de verdad. Un amigo me dijo una vez que cuando vos aceptás a la naturaleza sin oponerte, disfrutando por ejemplo de un estado climático desfavorable, ella no te perjudica. Me pregunto si será así en este caso, ya que ellos también son muy espirituales. De cualquier manera, ni en pedo me sumerjo en aguas heladas. Cuestiones de cultura I guess-

    • Lucas Bertellotti

      Sí. De todas maneras, los chinos son un poco menos espirituales que los japoneses, por ejemplo. Es como decís, cuestión de cultura. Muchas gracias por el comentario, ¡saludos!


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