La cacería de las geishas

geishas

La tranquilidad se rompe. Comienza a oscurecer. Con las cámaras en la mano o colgadas sobre el cuello, los turistas deambulan en las calles angostas de prolijos y relucientes adoquines. Miran de reojo, se susurran al oído unos a otros, hojean sus guías de viaje. Las puertas corredizas de las coquetas casas de té se corren con velocidad y cautela. Los movimientos son rápidos y no ofrecen segundas oportunidades. Empieza la cacería.

Sale de una pequeña casa blanca con puerta corrediza ubicada en una calle algo alejada de la principal. Se mueve con ligereza y suavidad, como si caminara sobre una nube y un paso en falso la hiciera caer. Luce un quimono color crema, discreto pero elegante. Tiene una especie de faja ancha azul que se anuda en la espalda. Usa típicas sandalias japonesas de madera con plataformas enormes. Parece altísima. Tiene cubiertos los pies con impecables medias blancas que tienen cinco divisiones para los dedos. Lleva la cara completamente maquillada de blanco. Los labios están pintados de rojo al igual que los párpados. Cada vez que cierra los ojos da la impresión de ser una muñeca gigante. Carga una pequeña cartera que toma con sutileza, casi como si estuviera sucia. Muestra el pelo negro, cuidadosamente recogido. Camina con la mirada al piso. Ni siquiera levanta los ojos para reconocer las calles. Parece saber el camino. Se mete en una callecita más angosta. Abre otra puerta corrediza. Y desaparece.

Alguna vez lo mostró el director japonés Kenji Mizoguchi en la brillante película Las hermanas de Gion. Describió y pintó el barrio más tradicional de la exquisita Kioto, donde se encuentra uno de los cinco hanamachis de la ciudad: los lugares donde viven las geishas. En esta zona se ubican buena parte de las mil que quedan en Japón. Ya casi no hay mujeres que pretendan tomar el largo camino de las geishas. Son demasiados años de estudio, mucho sacrificio y un abandono total a la vida con la que puede soñar una adolescente de hoy: ir a la universidad, tener un novio, trabajar, formar una familia. Durante 400 años fueron guardianas de las artes más tradicionales. Geisha significa “personas de las artes” o “artista”.

Son sensuales y parte de su forma de ser tiene que ver con el deseo, pero las geishas no tienen nada que ver con la prostitución. Lo que venden es su arte, no su cuerpo. En un encuentro con un cliente, no hacen más que tocar el shimasen (un tradicional instrumento de cuerdas japonés), cantar, bailar, servir el té o sake y practicar el encanto de la conversación. Para llegar a un nivel de calidad determinado en cada una de las áreas, atraviesan una educación de varios años en la que resignan su vida y sólo se dedican a perfeccionar su trabajo. Una geisha podría tener sexo con un cliente, pero sólo si le gusta y completamente fuera del plano laboral. También podría casarse, pero en ese caso debería renunciar a su estrato. Su futuro es limitado. Está basado en la posibilidad de poder tener algún día una casa de té propia o de educar a nuevas generaciones.

La usual cautela de los conductores japoneses desaparece en las estrechas calles de Gion. Van demasiado rápido. Resignan por un tiempo los respetuosos hábitos para manejar. En taxis o autos privados viajan hombres con trajes impecables y zapatos relucientes. Son ejecutivos que pertenecen a la clase alta de Japón, empresarios con verdadero poder. Cuando termina su jornada laboral, muchos se rinden ante el arte de las geishas en diferentes casas de té. El servicio no admite gente pobre ni hombres que sufran para llegar a fin de mes: sale alrededor de 1.000 dólares. Los extranjeros, salvo algún contacto fuerte en un hotel de lujo, no tienen acceso.

Las apariciones de las geishas son sorpresivas y encantadoras. De pronto, las puertas de las casitas comienzan a abrirse cada vez más seguido. Cuando ya es de noche, aparecen por todos lados. Su forma de caminar, su marcada intención de ignorar a todos los turistas que están alrededor, su figura fina y excesivamente cuidada generan una especie de enamoramiento pasajero. El misterio que envuelven parece ser el gran secreto de la atracción. Los hombres las miran con atención, curiosos por saber cómo se vería su cuerpo sin el quimono. Las mujeres también lucen sorprendidas, admiradoras del aire sereno y superior que transmiten. En una de las esquinas, donde hay una intersección de tres calles, un grupo de turistas -la mayoría viejos- se plantó, casi como si fueran paparazzis. Sin ganas de caminar, miran en las tres direcciones y esperan que se produzca la situación.

En Japón, hay una tradición mezclada con diversión y ganas de sumirse en la fantasía que tiene que ver con que mujeres que pueden ser amas de casa, estudiantes o empleadas de algún tipo de local se visten como geishas y pasean por la calle con los famosos quimonos mientras algunos turistas las miran con cierto tono de duda a la vez que le sacan alguna foto sin demasiada convicción. Pero, una vez que se aprecia a una verdadera geisha, es tan fácil reconocerlas como puede ser para un banquero distinguir un billete falso. Se aprecia mientras se las observa caminar, se siente de cerca o a lo lejos. Son diferentes, tienen su sello. Son únicas e irrepetibles. La única explicación por la que un extranjero puede mostrarse confundido ante la originalidad de una geisha es que todavía no se cruzó con una.

Una geisha se mete en un callejón mientras un chofer de un auto hace una profunda y respetuosa referencia. Ella camina unos pasos más adelante parece no encontrar la casa y vuelve para preguntarle el número. Él le contesta con la mirada baja, sin levantar la cabeza. Después de indicarle el lugar exacto al que debía ingresar, hace una profunda reverencia. A unas cuadras, una geisha se inclina tres veces ante una mujer mayor que también tiene un hermoso quimono pero que no usa maquillaje. La señora devuelve el saludo mientras camina con tranquilidad y sonríe. Una japonesa se saca una foto en la puerta de una exclusiva casa de té donde acaba de entrar una geisha. Su figura no sólo llama la atención de los extranjeros. En Japón, es una figura respetada y admirada. La mujer intenta mirar a través de una persiana fina de madera. No logra apreciar nada. Se saca otra foto.

Con el correr de los años, la curiosidad de los turistas se convirtió en asedio. Las geishas de Gion se quejaron ante las autoridades por lo que consideran como una falta de respeto. No les gusta que les saquen fotos ni las filmen. Se sienten incómodas cuando notan que son observadas casi como si fueran parte de un zoológico. Desprecian a los que no respetan su intimidad. Hace un tiempo largo que muchas de ellas aumentaron todavía más el secretismo. Casi no se muestran en las calles. No quieren exponerse.

Pero los turistas no parecen entender el enojo. O simplemente no lo saben. Sobre una de las calles laterales, una pareja que parece ser inglesa camina con una guía japonesa de unos 60 años. Una geisha sale de una casa. Camina en su dirección, siempre con la mirada baja. “Aquí viene una maiko, es una aprendiz de geisha. Las pueden reconocer por el largo del quimono y las inscripciones que lleva”, relata la guía. Pero ninguno de los dos le presta mucha atención. El hombre, rubio y de unos 45 años, toma la cámara que lleva colgada del cuello y saca una foto mientras la maiko pasa justo por al lado. El flash ilumina no sólo la cara de la japonesa, que no disimula su fastidio, sino al resto de la calle. A él no le importa. La maiko acelera aún más el paso con la intención de dejar en claro que no quiere ser perseguida. Pero él vuelve a tomar una foto con el mismo flash imponente. Esta vez no debe haber conseguido más que la imagen de una espalda, un hermoso quimono y una calle vacía con algún foco de luz prendido. La guía guarda unos segundos de silencio mientras mira al piso. Pero no dice nada. El hombre vuelve a agarrar la cámara, esta vez para mostrarle a su mujer las imágenes que capturó. “Oh, that´s fantastic”, dice ella. La magia, que se había empezado a apagar con la iluminación del flash, termina de destrozarse.




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