Relatos salvajes: irreverente Szifron

relatos3

El precio de que una película sea producida por Warner tiene un costo. Gozará seguramente del mejor mecanismo de prensa, distribución y difusión. Para lograr eso, los artistas deberán asumir una serie de responsabilidades a las que suelen huir: una maratón de notas a todo tipo de medios. Damián Szifron aceptó ese juego. Probablemente no haya ido con muchas ganas al programa de Mirtha Legrand. Pero una vez que se sentó en la famosa mesa y escuchó algunas consideraciones de la conductora como “somos rehenes de los delincuentes”, no dudó en lanzar la siguiente frase: “La inseguridad es fruto de la desigualdad y la desigualdad trae aparejada la violencia; si yo hubiese nacido muy pobre, en condiciones infrahumanas y no tuviese las necesidades básicas cubiertas, sería delincuente más que albañil. Eso crea una enorme violencia contenida”. La declaración levantó polvo. El director hasta fue denunciado penalmente por incitación a la violencia por un dirigente macrista, Pedro Benegas.

Cuesta creer que la frase haya sido una casualidad. Lo cierto es que la esencia de ese concepto forma parte de la estructura de Relatos salvajes, su tercera película después de la intensa El fondo del mar (2003) y la hilarante Tiempo de valientes (2005). En la insólita aclaración que el director se sintió obligado a hacer en su cuenta de Facebook hay una oración que describe todavía mejor el corazón de su nuevo film: “El entorno define nuestra personalidad y altera nuestro comportamiento”.

En el programa de Mirtha Legrand, en su aclaración en Facebook y en Relatos Salvajes, Szifron habló de Sartre. “El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace”, dijo el filósofo. La película parece tratar de resolver parte de lo que se planteaba el francés. El relato se para desde arriba de todos, como un narrador omnisciente que en realidad no existe. Y se pregunta: ¿cómo se concibe el hombre en el mundo de hoy, especialmente en la sociedad argentina? El resultado es una serie de inolvidables episodios que sacará el lado más salvaje de cada uno de los protagonistas.

Damián Szifron escupe a la sociedad como pareció escupir el plato de Mirtha Legrand cuando la conductora pretendió plantear algo así como que para que hubiera menos inseguridad se necesitaban más policías y palos. El hilo de tensión que genera el film, de dos horas, tiene una explicación lógica, más allá de la excelente calidad técnica (impactante fotografía, sólidas actuaciones, dirección inteligente, refinada y, principalmente, eficiente). Los seis relatos que se plantean, pese a que muchos tienen algunos finales algo inverosímiles, son muy fáciles de creer. El psicópata que se venga de un entorno que le arruinó la vida. La señora despojada de cualquier tipo de pudor que hace justicia por mano propia. El hombre rico que decide desviarse de la ruta para seguir su instinto más animal, en una extraordinaria y literal lucha de clases. El ingeniero aplastado por la burocracia, en una ciudad demasiado hostil, densa e intolerante. El millonario que no tiene miedo en corromperse para salvar a su hijo. La novia, de clase alta y en un casamiento judío de lujo en el que parece sobrar la riqueza pero no la honestidad, que descubre la infidelidad de su pareja y se empecina en arruinarle la vida a su novio.

Lo probó Jim Jarmusch en Night on Earth (1991). También Vittorio de Sica en Ayer, hoy y siempre (1963). Hubo algún experimento de ese tipo de Quentin Tarantino. Se juntó a varios directores talentosos en Paris, Je’taime (2006) y 7 días en La Habana (2012). Ninguno de estos ejemplos logró la solidez de Szifrón para contar una película en diferentes capítulos. En el film argentino, los episodios no están atados en lo argumental pero sí en lo conceptual. El foco en común es la ira, la rabia, el salvajismo.

El clima que genera Szifron hace acordar en algunos puntos a lo que logró el danés Thomas Vinterberg con La celebración, de 1998 (y, en algunos momentos, a la perfecta creación de momentos de Hitchcock). En ninguna de las dos películas hay escenarios ni personajes que parezcan hostiles. Pero, sin embargo, se crean sensaciones difíciles de explicar. Se producen situaciones que generan tantas ganas de reír como de llorar. Convierten al ambiente en irrespirable pero a la vez imposible de escapar. Quizás tenga que ver con la demostración de violencia irracional en sectores o personas a las que no se las suele asociar con ese tipo de reacciones.

relatos2

Sobre el sentido de credibilidad de las historias, hay un grado de denuncia muy fuerte en la mayoría de los relatos. En Bombita, el que protagoniza Ricardo Darín (que, por cierto, más allá de que su actuación es sólida, sería bueno que descansara de la pantalla grande. Su cara ya suena demasiado repetida y se mezcla sin intención con otros personajes que hizo), se describe a un supuesto aparato de corrupción del gobierno de la ciudad de Buenos Aires con respecto a las multas de los autos con un tono de realidad fuerte, filmado en lugares que parecen elegidos como para que algunas secuencias pasen a formar parte de una especie de documental. Aunque sería irresponsable afirmar que esta descripción forma parte de la vida real y no de la ficción, está claro que la sensación que se busca -y consigue- es la de abandono. Al que se llevó el auto no le importa más que acumularlos en el estacionamiento. El que debe cobrar la multa sólo pretende facturar. El inspector no se preocupa demasiado. Entonces, nadie termina de verificar si la pintura amarilla del cordón era visible o no. No hay sentido de justicia. La burocracia se devora a la gente. Y no queda más que agachar la cabeza. La sociedad, especialmente en la ciudad, está cansada, reprimida.

Por momentos, Relatos salvajes resulta demasiado explícita. Hay episodios (Las ratas, especialmente) que cuentan demasiadas cosas, hasta lo obvio. Y a otras historias (Hasta que la muerte nos separe) no les vendría mal un corte de algunos minutos. Más allá de eso (ah, y del plano a Radio taxi Porteño en uno de los episodios. ¿¡Con qué necesidad?!), la película cierra por todos lados. Va a ser un gran éxito. La promoción y la rosca del periodismo pero también el boca en boca harán explotar a la taquilla. Es, dentro de todo, un film amplio que abarcará diferentes tipos de público. La química de la historia también funcionará en el exterior. Más allá de algún gesto o uso del vocabulario, es universal. Szifron enaltece al cine argentino con una producción bien pensada, de alta calidad y con un trasfondo social que golpea y moviliza. Es un irreverente. Ya no quedan muchos como él.




There are 5 comments

Add yours
  1. ova

    Comparto luquitas, creo que es el film de mas alta calidad que ha dado la argentina como mínimo en los últimos años, para no ser injusto con algún otro en que la memoria nos juegue una mala pasada. La peli según mi visión tiene mucho de la celebración, también algo Almodovar… y los Kaurimaski se aparecen en el capitulo del bar/restaurante. De todos modos, me suena a influencia y no a copia, obvio.
    Estoy de acuerdo en que al tramo final le sobran algunos minutos y yo hubiese ahorrado algo de sangre y tensión para otra ocasión. Aunque la suma de muchas virtudes y escasas correcciones me dan una excelente peli.
    Como apostilla y relacionándolo con los comentarios de Szifron en lo del Mirtha, cuando levantan una silla en el casamiento se ve claramente una calco del MTS. Sera casualidad???

    • Lucas Bertellotti

      Muchas gracias por el comentario, Ova. El episodio del casamiento tiene mucho de Almodóvar, sin dudas. Sobre la secuencia de la silla: NO LA HABÍA NOTADO. Excelente observación. Queda claro que no es una casualidad. Me gusta que se perciba el costado político del director tanto adentro como afuera de la película. Creo que se necesita de eso. ¡Un abrazo!


Post a new comment