Plan para liberar a un león

leon

Mientras subía al último piso, se miró en el espejo del ascensor: tenía la frente transpirada. No, no usaría más el subte.

Se recordó paseando en bici por sus callecitas de Junín, y agachó la cabeza. Volvió a mirarse al espejo. ¿Por qué había dejado de andar en bicicleta, si era algo tan sencillo y que lo hacía tan feliz? Notó sus ojeras. Ya no aguantaba más.

Entró en el departamento y se fue directo a la cama. Ni quería abrir la heladera: en la mesa de la cocina se acumulaban demasiados platos. Se había formado una larga hilera de hormigas que iba del balcón hasta los diferentes platos esparcidos, con pedazos de carne o restos de salsas.

Una roña. Tenía que arremangarse, ponerse los guantes de plástico (porque la lavandina le producía alergia y le salían ronchas en las manos) y lavar.

Pero… ¿para quién? Si prácticamente no tenía amigos. ¿Novia? Le parecían todas inmaduras, bobas. Poco atractivas. Y estaba seguro de que, si les mostraba sus dibujos, se reirían de él. Igual que sus bienamados viejos.

Cada tanto le usaban el departamento algunos compañeros de la facu. A él no le interesaba tanto chupar, quería hablar de la vida, de las cosas. Cómo estaban integradas sus familias, por ejemplo. Por qué decidieron estudiar administración de empresas. Charlas que nunca pudo proponerles. Se morían por esa pelotudez de “El juego de los nombres”. Vasos llenos de fernet sobre la mesa. Una consigna: Equipos de la B Nacional. El primero que repetía, que se equivocaba o que no la sabía, estaba obligado a vaciar el vaso.

A él le gustaba escuchar música, y cada tanto se emborrachaba o le daba al porro. Pero quería algo más. Casi nunca iba a bailar. Siempre andaba con que tenía que levantarse temprano para hablar por Skype con los viejos. Después de que se iban, bajaba un poco la música y tomaba algunos vasos más de fernet. Cada tanto, algún fondo de vodka.

Y ahí se acordaba de Junín y la bici. Ni pedaleaba, solamente se dejaba llevar. Disfrutaba moviéndose por las calles con sus sentidos medio dormidos. Era otra cosa. Otra vida.

La culpa era de él. Se reprochaba que no tenía una pasión. El dibujo no le bastaba. Era malo en los deportes. Lúcido para las matemáticas pero no brillante. Aplicado en las materias humanísticas, pero totalmente desinteresado. La culpa era de él, también, por haberles concedido el deseo a sus papás. Querían que su hijo tuviera un título, que triunfara. Que se dejara de joder con “esos garabatos”. Todo por un título de mierda.

 

Pero estaba Ernesto, el portero. Eran buenos confidentes, aunque no amigos. Solían hablar de Racing, principalmente. Ernesto era socio, iba a la cancha cuando jugaban de local. Nicolás nunca se decidió a ir.

En realidad, quería irse de Buenos Aires. Rajar de una buena vez.

 

Visitó todas las páginas porno que conocía. Se masturbó durante todo el fin de semana. Ni siquiera se preocupaba por limpiar el semen, que se endurecía en las sábanas e impregnaba un desagradable olor. Ya ni se le paraba. No había llamado a los viejos. A nadie había llamado. Anulado, pensando nada más que en su vuelta a Junín, sólo había limpiado un poco. Y se pasó el domingo haciendo zapping.

 

 

Lunes.

Otro día de esos. Solamente pensaba en llegar a la casa, prender la computadora y sacar un pasaje a Junín. Mientras la profesora de estadística hablaba, él se imaginaba tirado en la cama y con las persianas bajas. Era el momento de volver, no aguantaba esa vida puta.

Ya en la puerta del edificio, tardó más de lo normal para sacar las llaves de la mochila. Lo veía a Ernesto en la mesa de entrada, al fondo. A él también quería evitarlo.

Metió la llave, empujó la puerta. Ahora se movía rápidamente, haciéndose el que andaba apurado en asuntos importantes.

Tango. Reconoció a Goyeneche. Los domingos, después de almorzar, su abuelo lo ponía alto como para que lo escucharan todos.

A Nicolás nunca dejaba de llamarle la atención el contraste de la radio portátil de Ernesto, sucia y desgastada, con el inmenso palier, en el que irrumpía una fuente de agua en el centro, frente a los ascensores.

―¿Todo bien, Nico?

―Bien, viejo. Apurado nomás.

―¿Cuándo vamos a ver a la Academia?

―Estoy con ganas… Estoy con ganas.

―Avisame, pibe, que ya te conseguí un carné para que puedas entrar. Te dejé las expensas hace un rato.

―Gracias, Erno.

El ascensor tardaba en llegar, y el silencio entre los dos se volvía incómodo. Era como si el portero no se atreviera a decirle algo. Hasta que habló, antes de que se abriera la puerta del ascensor:

―Escuchame, Nico.

Él ya estaba por entrar, pero se dio vuelta y lo miró. Ernesto tenía la mirada preocupada de quien está por revelar un misterio. Nicolás apretó el botón para que las puertas se mantuvieran abiertas. Y Ernesto dijo:

―¿Me dejás que te muestre algo de tu departamento?

Y no esperó a que él le respondiera. Dejó su escritorio, con la radio prendida, caminó rápido y se metió en el ascensor, por detrás de Nicolás.

―¿Hay algún problema? ―dijo él apretando el botón del piso 12―. El calefón lo dejaste perfecto.

Ernesto callaba.

Y el ascensor seguía subiendo.

Para Nicolás, la confianza que habían ganado desde que se mudó, hacía unos seis meses, empezó a desmoronarse en ese instante, en algún momento en el que iban desde la planta baja al 12.

Sintió el sudor en el pecho al imaginar que en el palier estaban esperándolo tres monos, pistola en mano. Y todo por culpa del hijo de mil putas de Ernesto. Ernesto, el entregador. Ernesto, el que se venía haciendo el amigo.

Pero la culpa principalmente la tenía él, por pelotudo. Por cagón. ¿Por qué carajo no lo había atajado cuando estaba entrando de prepo, eh?

Todavía oía la radio de Ernesto, más lejana a cada piso, como si Goyeneche se estuviera haciendo chiquito adentro del ascensor. Volvió a acordarse de su abuelo. Quiso estar en alguno de esos almuerzos de Junín, sentirse seguro.

Le parecía que el ascensor iba demasiado lento. ¿Era posible que ese turro le hubiera cambiado la velocidad? ¿Lo quería poner nervioso?

Fantaseó con la posibilidad de tirarse al piso y fingir un desmayo. La nuca le ardía, pensó que iba a vomitar. Contuvo el aliento, y luego respiró fuerte. De reojo observó muy atentamente a Ernesto, su cara inexpresiva. Sólo miraba el panel, donde los números rojos cambiaban en cámara lenta.

 

10.

 

11.

 

12.

 

El 12, por fin.

Cuando salieron del ascensor, Nicolás se paró del lado del palier y le bloqueó la entrada.

―Bueno, Erno ―se animó a decir―. Ya estamos.

Pero Ernesto no pareció notar que él intentaba frenarlo: avanzó como si no hubiera nadie adelante y se plantó frente a la puerta de Nicolás, el 12 b.

Él imaginó qué excusas darle para no abrir la puerta. Estuvo a punto de mentir que había olvidado las llaves, pero Ernesto ya lo había visto usarlas para abrir la de entrada.

No le quedaba otra. Caminó despacio hacia la puerta, resignado.

Abrió. Sintió arcadas: apestaba el departamento.

¿Así vivía? ¿Esta era su casa?

Ernesto entró como si tal cosa:

―Lindo quilombito, eh.

Nicolás se rio, pero no tanto por los nervios: ese era Erno, lo más parecido a un amigo que él tenía.

En Junín, algunos días antes de partir a Buenos Aires, los viejos le habían advertido que vas a estar la mar de cómodo, Nico.

―Está todo pensado para que no te falte nada. Un departamentazo frente al zoológico, en República de la India.

Al avanzar por el living, Nicolás volvió a odiar la barra con esa cristalería despampanante y carísima que sería más apropiada para la casa de un viejo choto. Pero la madre había insistido con que él tenía que tenerla en su departamento. Abajo, una cava enorme que hacía demasiado que no albergaba ninguna botella. Entonces le vino la misma sensación, la de siempre: con la clínica, los viejos sacaban mucha más plata de lo que él se hubiera imaginado. Y era con eso que aquellos “exitosos médicos empresarios” lograban domarlo.

Vio que Ernesto caminaba hasta el balcón. No miraba demasiado el departamento, ya lo conocía: había hecho algunos trabajos de albañilería y pintura.

―¿Y esto? ―dijo, malicioso, señalando la fila de hormigas que iba del balcón a la pileta de la cocina. Y no dijo nada más, apenas sonrió.

Entonces, antes de que Nicolás le preguntara si había subido para mostrarle una laboriosa hilera de hormigas, el otro hizo algo extraño: sin pedir permiso, agarró una silla del living y la acomodó justo sobre el extremo derecho del balcón. Se sentó y miró el reloj. Se levantó. Eran las 15:03. Nicolás todavía tenía la mochila puesta. Parado y con las manos en los bolsillos, lo miraba en silencio. Aquel le pidió que tomara asiento. Él se acomodó, tenía la mente en blanco. Ya ni se esforzaba por anticiparse a lo que podía llegar a hacer el portero, quien ahora le pedía que mirara con atención, justo enfrente.

―Ahí, Nico, entre los árboles.

―Sí, ¿qué pasa?

―Apuntá la mirada para adelante.

Señaló con el índice por arriba del hombro de Nicolás, que no entendía. Con el brazo le rozó la mejilla, pero ninguno de los dos dijo nada. Desde su balcón, Nicolás tenía el plano más amplio del horizonte. Podía ver sin problemas la avenida Santa Fe, a la izquierda, y hasta algunos sectores de La Rural, enfrente, a unos doscientos metros. Pero no el Zoológico. Nunca supo si la idea fue pensada o salió de casualidad, pero los árboles del Zoológico, que ocupaba dos manzanas, se agrupaban y formaban una masa verde y hermosa que impedía ver los animales. Él nunca había podido descubrir ninguno. Sólo oía cada tanto el grito de los pájaros, justo sobre su calle, y también se había despertado alguna vez con los rugidos de alguna fiera.

Como fuese, era imposible ver algo desde ahí. Estaba desorientado, pero no quiso preguntarle a Ernesto, que lucía muy serio en su concentración. Volvió a enfocarse en el sector que le había señalado.

Y entonces, en medio de esa selva de Rousseau, apareció la fiera, si así podía llamársela.

Se desplazaba dentro de un ángulo no muy amplio, pero igual se veía con nitidez: justo donde la copa de un árbol de la jaula parecía deformada y otra estaba rota, se abría un claro. Y Nicolás se hizo toda la película: una vez al día, el león recibía parte de la comida junto al árbol roto, un poco más alejado del rincón en que se echaba a dormir.

―Parece que los del Zoológico ―dijo Ernesto― quieren que los visitantes lo vean moverse de un lugar a otro. Mirá, mirá: desde afuera de la jaula le dejan con ese palo larguísimo…

―¿Dónde? ¿Qué palo?

―Ahí, el palo apoyado contra los barrotes. Con ese palo le dejan un pedazo enorme de carne cruda, justo al lado del árbol. ¿La ves ahí? Debe de estar toda mezclada con la tierra, pobre bicho.

Nicolás imaginó que el león no correría hacia esa bazofia. Sí: ahora lo veía caminando con tranquilidad. Como si pretendiera ser aburrido.

El león llegó al árbol y se tumbó frente a la carne. Pero no parecía concentrarse en la comida. Movía la cabeza para todos lados, agotado, molesto por algo que no lo dejaba devorarla. Abría la boca como si quisiera tragarse el aire. ¿Sería por las moscas?

Ernesto tenía los brazos cruzados, y se apoyaba contra la ventana corrediza que dividía al balcón del living. Nicolás notó que cada tanto pispeaba: quería enganchar al león desde su sitio. Pero no: la visión perfecta la tenía él.

―Antes de que se vendiera este derpa ―dijo Ernesto, con tono amargo―, yo venía todas las tardes. Me quedaba un rato en el balcón. Me preocupaba porque el león comiera bien, casi como si fuera mío. A veces me quedaba dormido en la silla y me despertaba una horita más tarde, cuando el pobre ya se había rajado para adentro.

Y era extraño, pero en ese momento Nicolás tomó súbita conciencia de que la situación lo estaba superando. Descubrió que se había llevado las manos a los costados de la cabeza, como si quisiera cubrirse los oídos.

Apuntó la mirada hacia abajo. Y lloró sin saber por qué. No le dio vergüenza que Ernesto estuviera al lado, ni siquiera se secaba las lágrimas de la cara pastosa. ¿Tanto lo impresionaba que un león enclenque viviera a tan poca distancia, justo en el corazón de una ciudad a la que él no le veía nada bueno? Sintió que tenían, él y el pobre, demasiadas cosas en común. Los dos estaban solos. Los dos querían escaparse a un lugar mejor. Los dos querían ser libres.

Le dio un abrazo a Ernesto, que se mostró nervioso ante ese impulso: no se lo devolvió, mantuvo los brazos pegados al cuerpo. Cuando Nicolás lo soltó, dio un paso hacia atrás.

―¿Estás bien, flaquito?

Nicolás no contestó. Se sentó de nuevo en la reposera.

Y ni advirtió el saludo del portero, que salió después de llevarse algunas bolsas de basura y pasar un trapo por la cocina, el lugar menos sucio del departamento.

Pronto el león desapareció de la vista de Nicolás. Mientras el sol le pegaba en la cara, él se fue quedando dormido.

 

 

Días después de que Ernesto le revelara el secreto, decidió visitar el Zoo.

Ni bien pagó la entrada, se encaminó hacia la leonera bordeando el lago artificial. Y ya pasaba la zona de las garzas y los flamencos, cuando se detuvo: entendió que necesitaba demorar el encuentro con aquel solitario, acaso por alguna clase de ritual tácito. Miró los flamencos: una pareja hurgaba con los picos en bolsas de papel madera abandonadas en la orilla.

Cuando llegó al centro del Zoo intentó ver su departamento, pero lo ocultaban los árboles.

El león estaba tirado y con la mirada perdida. Otra vez. Muy pocos lo visitaban, aparte de Nicolás: un tipo con el hijo, un pibito de cuatro o cinco años. Había basura en la fosa de la jaula. Papeles de alfajores, botellas. Ni pasto, era todo cascotes y barro.

A Nicolás le extrañó ver al león desde ese ángulo distinto.

―Ahí lo tenés al rey de la selva ―dijo el padre, y él advirtió un matiz irónico en el tono de aquel estúpido.

―No se mueve ―dijo el chico―. Pa: ¡no se mueve el rey!

―Está un poco cansado, nada más.

Como en el balcón, Nicolás se sorprendió llorando en silencio. Lágrimas lentas, pesadas. El padre lo vio. Así que, como todo buen padre, agarró al chico y se mandó a mudar. Ni una mirada le dedicó al rey.

 

 

Movimientos lentos y finos con un lápiz negro 2h. Mientras el pedante de contaduría hablaba sobre su materia, Nicolás terminaba su obra. Al fin.

―Son cuatro trabajos prácticos en el cuatrimestre, dos parciales y el final. Una papa. Eso sí: tienen que ser prolijos y ordenados.

Nicolás alejó un tanto el dibujo. Estaba seguro de que le faltaba algo. La composición del encuadre caminaba, y ya no era un simple boceto. Pero faltaba algo.

―La conducta en esta materia es similar a las características que podría tener un profesional recibido en administración de empresas. Constancia y regularidad.

Sentado en la última fila del aula, él levantó a dos manos la hoja blanca y lisa, y la adelantó un poco más: quería ver el dibujo desde otro ángulo.

―Los trabajos prácticos se deben presentar los primeros lunes de mes. Las consignas ya fueron enviadas a sus correos de mail. Se debe presentar en un Word, con letra Calibri, tamaño 12.

Nicolás levantó la hoja y apreció a su león, a su rey de papel y lápiz. Juan y Martín, dos de los que solían ir su casa a ponerse en pedo, lo miraban, pero sin demasiada atención ni sorpresa: ya hacía un tiempo que aquel andaba en cosas raras.

El dibujo tenía algunas imperfecciones, sí. La pata derecha del león parecía más larga que la izquierda, su tamaño no era proporcionado. Detalles que no le hacían perder fuerza a la imagen. Gigante, imponente, con el pelo reluciente y los ojos bien abiertos, el león parecía de otro mundo. Daba miedo. Él se había esforzado por sugerir que el león, el rey, miraba todo desde una situación de plena libertad: erguido, con el pecho levantado y la cola trazada en el asfalto del sendero, miraba desde afuera la jaula del Zoo, justo desde el lugar en el que él mismo había estado tiempo atrás.

Y Nico procuró examinar el resto del dibujo desde los propios ojos del león. Adentro, encerrados, una mujer y un hombre estaban sentados sobre el piso, enfrentados cara a cara. Él llevaba pelo largo y barba de varios años. Flaco, con las costillas a punto de escaparse del cuerpo, sólo llevaba un short negro. Ella, cuarentona, tenía unas tetas gigantes y caídas. Completamente desnuda, le salían abundantes pelos en las axilas y las piernas. Al lado de la pareja humana, una nena de unos seis años. Con la cara sucia, tirada boca abajo, tomaba agua podrida ―el detalle de las moscas sobrevolándola había resultado efectivo― de un charco que se acumulaba por las goteras de la celda. A unos metros, en un rincón, apestaba un pedazo de carne que hasta había perdido el color rojo por la cantidad de bichos que lo cubrían.

Sí: su león saldría de la jaula del Zoo y miraría con desprecio hacia la jaula de los humanos.

―Che, loco, ¿qué estás haciendo? ―preguntó Juan en un tono demasiado alto.

Para qué hablaba tan alto aquel estúpido, si estaban sentados uno al lado del otro. Quería que los demás vieran su dibujo. Se quería burlar. Al carajo.

―Y qué te parece que estoy haciendo, gil ―le contestó.

―¡Pará, pará, pará, loquito!

―Qué loquito, pelotudo de mierda.

Nicolás lo dijo mordiendo cada palabra, y ahora el muy macho de Juan se había puesto blanco. Había hablado como para que toda la clase lo escuchase, y ahora se iba al mazo.

El profesor detuvo el soporífero discurso y apuntó la mirada hacia el fondo, pero no dijo nada.

Faltaba una hora para el final de la clase, pero a Nicolás no le importó. Guardó su cuaderno de hojas lisas en la mochila, metió el lápiz en uno de los bolsillos del pantalón y se levantó en medio del aula. Juan se apartó para dejarlo pasar.

―Ya van a ver, soretes ―dijo entonces Nicolás en una voz baja pero bien audible―. Ya van a ver cuando les toque estar a ustedes adentro de la jaula.

Atónito, el profesor se sentó en su silla, cruzó las manos sobre el escritorio y miró para abajo como si estuviera rezando. Nadie se atrevía a abrir la boca.

Nicolás atravesó el aula con paso sereno. Abrió la puerta y se despidió con su verdad:

―Ya van a ver, hijos de puta.

Pegó un portazo que retumbó en todo el edificio. Caminando por los pasillos en dirección a las escaleras, respiró sonriente: se imaginó a él en el dibujo, parado junto al león, con una mano apoyada sobre la nuca de la fiera. Se los imaginó a los dos mirando con victorioso desprecio a la familia adentro de la jaula.

Fue su último día en la facultad.

 

 

Unas horas después, Martín, el otro “amigo” que estaba en el aula y que lo había presenciado todo, le mandó whatsapps. Quería saber si se sentía bien, si necesitaba algo. Nicolás le contestó con un video en el que un león sorprendía a un contingente de japoneses que iban en jeep, en pleno safari fotográfico. La bestia atacaba con voracidad. “Sí, todo bien y con hambre”, agregó él en el mensaje.

Fue la última vez que se hablaron.

 

 

A los únicos que no les mintió fue a sus amigos de Junín. A ellos, sus hermanos de la vida, les contó que había abandonado la facu. También les reconoció que todo en Buenos Aires era una mierda.

Pero nunca les habló del león.

Del león sólo sabían él y el portero. Cada tanto hablaba con Ernesto, pero Nicolás le fue perdiendo interés; ni siquiera se acordaba de que era el portero quien le había enseñado el secreto, quien le había revelado al león.

Los únicos momentos en los que Nicolás dejaba de vivir por el león era cuando necesitaba pensar la estrategia para mentirles a los viejos. Les decía que estaba bien. Se encargaba de ser sutil: comentaba que tenía algunas materias abajo, pero que no eran ningún problema. Les hablaba de una vida que no existía. Y lo peor de todo es que lo hacía con convicción, sin sentirse mal. Todo lo contrario. Sentía que al fin había encontrado algo que lo movilizaba.

A la rutina no la cambió: a las 15, se preparaba un jugo de naranja, se sentaba en la reposera y lo admiraba a él. Admirándolo a él entraba en una frecuencia de onda contemplativa, mística. Volvía a sentir la tranquilidad de sus paseos en bici en Junín. Como si no hubiera nadie alrededor. Como si no importara nada más que ese momento.

El resto del día lo ocupaba en informarse más y más sobre los leones. Participaba en foros y comentaba en diferentes grupos de Facebook. Estudiaba documentales, especialmente los de la bbc, presentados por David Attenborough. Una vez al día, se metía en la web Despegar para ver si había aumentado el pasaje a Sudáfrica. Si estaba más caro, lo anotaba en la libreta en que solía anotar los días de parcial. Quería convertirse en un especialista, como casi nadie en el mundo. Ser el que más conocía de grandes felinos.

Prácticamente no salía de su departamento. Después de investigar y averiguar opciones, compró por Mercado Libre unos binoculares ultramodernos con una definición perfecta.

 

A quien corresponda:

¿Qué tal? Como habitual visitador del zoológico, me gustaría conocer algunos detalles sobre el león que tienen. ¿Cuántos kilos de alimento come por día? ¿Bajo qué método adquirieron al animal? ¿Es posible que en algún momento pueda ser liberado? ¿Quién/es es/son el/los encargado/s de cuidarlo? (¿podría identificarlos con sus nombres completos?). Sin más y a la espera de la respuesta, saludos.

Nicolás Gamarra

DNI: 38.231.223

 

 

Insólitamente le respondieron.

 

Estimado Nicolás:

Se llama Quique: nació en 1991 y superó el promedio de edad de la especie (12 años en estado silvestre). Aunque nunca perdió el apetito, luce flaco, le cuesta caminar y duerme muchas horas. Su aspecto presenta la decadencia física coherente con su edad: sufre de artrosis, insuficiencia renal, cataratas y sordera. Diariamente es atendido y supervisado por veterinarios, biólogos y cuidadores.

Saludos,

Zoo caba

 

¿Y el nombre del cuidador? ¿Y la explicación de cómo lo capturaron? ¿Y cuánta carne come por día? Siete kilos necesita comer. Siete.

Googleó información sobre… “Quique” ―él lo rebautizaría con un nombre digno―, y descubrió el mismo texto en la página de Facebook. Y también en otras de veterinaria: los hijos de puta del “Zoo caba” usaban una plantilla para ni molestarse en responder.

Cada dos o tres días ―y cada vez más espaciado―, hablaba por Skype con la vieja. Él se aseguraba de que las comunicaciones fueran a la noche, siempre en un horario lejano a la aparición del león. La vieja le pedía que se dejara ver a través de la cámara. Él le decía que no: mentía que la conexión del departamento era pésima. Era su excusa para poder hojear, mientras hablaba, la misma ajada National Geographic detallando la vida de los leones.

 

 

―Ahí ando, vieja, tengo algunas materias bajas. Pero todo bien, me las saco de encima en el verano.

―Ay, Nico…

―Es normal, vieja. Hasta mi profesor me lo dijo: llegar a Buenos Aires, insertarte en la vida de acá, tener nuevos amigos… son cambios que te afectan el estudio.

―Y, sí. El roce de Buenos Aires, Nico. Te va a venir bien, ya vas a ver.

―Sí, ma, ya siento que crecí un montón. Estoy bien, vieja. Prácticamente, uno más de la manada.

 

 

Era un martes nublado y gris. Nicolás se sentó en la reposera del balcón. Sólo los lunes cambiaba esa rutina: el Zoo cerraba, y los delincuentes de los cuidadores ni siquiera se dignaban a abrirle la puerta de la celda al león como para que caminara un rato por ese mugriento terreno. Los lunes. Los peores días. A las 15:00, más ansioso de lo normal por no haber visto a la bestia el día anterior, se dispuso a admirarla.

Estaba preocupado: días atrás, gracias al alcance de sus binoculares ―la mejor compra de su vida―, le había detectado al león una lastimadura en la pata trasera derecha. Y esa lastimadura lo hacía caminar mal.

Se quedó sentado un rato, pensativo. No se movió de la reposera ni cuando el león dejó de estar a la vista. Tuvo un impulso extraño, como el día en que se puso a hacer ese dibujo en la facu. Se levantó, cargó su mochila con un par de diarios viejos y se metió en el bolsillo del short un encendedor que siempre tenía cerca de las hornallas. Bajó del piso 12 por las escaleras de servicio. En la entrada no había nadie. Ernesto debía estar durmiendo la siesta.

Con la mochila a la espalda, los brazos a los costados y agarrado de las correas al estilo militar, Nicolás caminó por República de la India hasta Las Heras. Sólo miraba hacia abajo, y más de una vez estuvo cerca de chocarse con los que venían de frente. Él iba concentrado en su ritual: no pisar las líneas. Cada vez que una baldosa empezaba y terminaba, había una línea. Él no debía pisarlas. Sus pies daban de lleno en las baldosas.

Ni siquiera se dio cuenta de una pintada en rojo sobre una de las veredas del Zoo: “Acá viven los esclavos de nuestro siglo”.

Pagó la entrada del Zoo por segunda vez desde que vivía en Buenos Aires. Volvió a notar la basura flotante del lago de la entrada. Descubrió el espacio que antes ocupaba el oso polar, muerto en un diciembre demasiado caluroso de hacía no mucho. Rio al advertir que una mamá le decía a su hija de unos tres años que apoyara el cachete contra el vidrio que daba a la jaula de los tigres. La nena obedeció, encantada. Una de las fieras se acercó y abrió la boca justo a la altura de la cabecita. Y la mamá obtuvo su foto.

Los monos estaban encimados, ni sogas tenían para trepar y saltar un poco.

Y, cuando llegó a ver al león, Nicolás volvió a llorar. Ahora sí, no tenía dudas: el animal sangraba por la pata, y una nube de moscardones sedientos sobrevolaban la herida.

Lo miró por dos horas, sentado sobre uno de los bancos que daba a la sombra. El león ni se movía. Con la panza sobre el piso, Aquiles, como a él le gustaba llamarlo, lucía más cansado de lo normal. La única vez que el león se levantó en sus huesos, recorrió sólo cinco o seis metros, y volvió a desplomarse.

Nicolás se dio cuenta de que necesitaba caminar, cambiar de panorama. Adentro del Zoo, no pudo sacarse de la cabeza el ritual de las líneas. Pasó por la granja roñosa y vio a lo lejos el acceso al acuario, todos lugares que no conocía. Iba para un lado y otro, con la idea de no pensar en nada.

Llegó hasta unas oficinas, muy cerca de las puertas traseras de la avenida Sarmiento. Aprovechó la salida de un empleado, y entró. No había nadie más que ese tipo, que acaba de dejarlo solo. No era el lugar donde se vendían las entradas, sino un espacio administrativo, con afiches del Zoo en las paredes y algunas computadoras.

Nicolás sacó de su mochila los papeles de diario. Les prendió fuego y los puso adentro de una bolsa de plástico, que dejó en un tacho de basura sobre uno de los cinco o seis escritorios que había. Se escabulló sin apuro hacia la salida del Zoo, caminaba como si no tuviera otra cosa que hacer más que pasear. Otra vez, el juego de las líneas. Lo único que en ese momento lo hacía sentirse tranquilo.

Rumbo a República de la India, vio el humo. No llamaba la atención, y nadie en la calle se dio cuenta. Sí oyó algún que otro grito desde el Zoológico.

El juego de las líneas, siempre el juego de las líneas.

Cuando llegó, se encontró con el portero, que justo salía con algunas bolsas de basura.

―¿Todo bien, Nico? ¿En qué andás? Estás un poco pálido.

―No me siento muy bien ―dijo, y se metió en el ascensor.

¿Para qué decirle más? El tipo no era ni su amigo ni alguien de confianza. No era más que el portero.

Casi sin pensarlo, armó el bolso y se mandó a Retiro.

 

 

Junín. Cuando llegó a la casa, estaban en plena pelea, a los gritos. Otra vez, volvió a hacer lo que mejor le salía: mentir.

―Hay una obra de mierda al lado del departamento, que no me deja estudiar. Tengo tres finales la próxima semana y los tengo que meter sí o sí. Iba a avisar, viejos, pero decidí darles una sorpresa.

Volvió a probar las milanesas napolitanas de su vieja. Las sintió más secas, le faltaban queso. Si le hubieran preguntado, él las habría dejado un par de minutos más en el horno, como para que queden todavía más tostadas.

Ni las milanesas de la vieja, pensó.

Se encontró con sus amigos, los únicos que sabían una parte de la verdad: en Buenos Aires, Nico se sentía miserable.

―Con razón estás tan flaco ―dijo Leonardo, y los demás asintieron con preocupación.

Comieron pizza en su casa, volvieron a hablar del colegio. Recordaron cuando, a finales de tercer año, él dibujó en el pizarrón una caricatura del director Osvaldo. Una nariz gigante, despeinado y con una especie de humo que salía de su boca: el mal aliento. Ese día, a Nico casi lo echan.

Tomaron cerveza y terminaron la noche en la plaza. Fumaron un porro y se pusieron un poco más serios. Leonardo confesó que quería mudarse con Marina, una chica del cole. Nacho dijo que iba paso a paso. Admitió que estaba tranquilo en el negocio de su familia. Los autos le daban guita. Era bueno, ganaba a comisión y no sentía presión. Nicolás no dudó en admitirlo: le encantaría que el tiempo fuera para atrás:

―Buenos Aires es una mierda, muchachos ―resumió.

Volvió a su casa en bici, bordeando el Salado. Miró al cielo, seguro de que en Junín se veían muchas más estrellas que en aquella mugre. Se dejó llevar como en sus buenas viejas épocas, casi sin pedalear, y en un momento paró a mear contra un árbol.

Cuando llegó a su casa, se pegó una ducha. Había sido una ducha rápida: la presión del agua era menor que la de su departamento. Se miró al espejo, mil años que no lo hacía. Los pibes tenían razón: se notó ojeroso y extremadamente flaco. No tenía grasa, pero tampoco músculos. Le sobresalían los huesos. Se sorprendió por el hecho de que se sabía el peso de un león recién nacido ―entre 400 y 600 gramos―, pero no tenía ni idea de cuántos kilos había perdido él mismo en las últimas semanas. Y no le llamó la atención que ni su papá ni su mamá, al verlo entrar, no hubieran advertido su estado físico.

A la mañana siguiente buscó la noticia. Recorrió las principales webs, y hasta probó con palabras clave en las redes sociales. Pero el cruce de “incendio” y “zoológico” no arrojaba el resultado que él buscaba, ni siquiera en Twitter.

La semana con sus viejos la sintió como una extensión de sus charlas por Skype: una larga serie de falsedades, una vida inventada.

Volvió el martes a su departamento, y lo primero que hizo fue mandarse al balcón, a su observatorio.

Lo que más le llamó la atención fue una especie de venda que tenía sobre la pata herida. Caminaba cada vez peor.

A las 16, volvió a cargar la mochila con papeles. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta del ascensor, volvió sobre sus pasos, hacia la cocina. Sacó de la alacena una botella de vodka que le había sobrado de alguna de esas noches de “El juego de los nombres” y otras idioteces, y se la guardó en la mochi. Bajó por la escalera. Esta vez, aquel no estaba durmiendo la siesta.

―Eh, loco ―le dijo el porterito―. Estás hecho mierda vos.

Nicolás ni siquiera se dio vuelta para contestarle. Caminó a paso vivo, directo a Las Heras. El juego de las líneas. Tan enfocado en no tocar las líneas, casi ni se dio cuenta: dos empleados del Zoo refregaban el sector de la vereda, la pintada de los esclavos.

Después de pagar la entrada, lo primero que hizo fue caminar hacia la oficina donde había prendido la bolsa. En la laguna se encontró con más basura que la otra vez. El Zoo empeoraba.

La puerta de la oficina estaba cruzada por un cartel: clausurado. Desde afuera se veía la pintura desgastada y algunos manchones negros, pero el incendio no parecía haber sido grave. Nicolás sintió que un par de empleados lo miraban. ¿Le dedicaban miradas suspicaces?

No le importó. Caminó hasta la jaula de su amigo. Aquiles estaba tirado a la sombra, como si ya no tuviera fuerzas. Por lo menos no dejaba de respirar.

¿Y él? ¿Qué podía hacer? Tenía que involucrarse definitivamente. Era hora. El plan se ponía en marcha.

Fingió que recorría el Zoo por primera vez. Los laburantes ni le prestaban atención. Se movió con entusiasmo, como si estuviera desesperado por descubrir a los monos, tigres y elefantes. En realidad, él lo sabía: era su última vez en ese cementerio.

Cerca de la granjita en donde chapoteaban entre la mierda patos y gallinas, encontró el lugar perfecto: un puesto de comidas rápidas, con una parrilla en el fondo del carro. Lo atendía un gordo de sobacos sudados. Usaba un enorme delantal blanco y un pañuelo rojo en la frente. Gritaba cada vez que veía pasar a posibles clientes por la zona. ―¡Hay Paty, Paty! ¡Hay chori!―. En el mostrador, una pareja de viejos retiraba dos conos de papas fritas y una lata de Coca. Lo seguían en la cola un hombre que llevaba de la mano a una nena rubia. La nena cargaba una mochila con forma de elefante, y la larga trompa casi tocaba el piso. Más atrás, una barra de pendejos no paraba de moverse, reírse y gritar.

Nicolás se escondió detrás de un árbol y abrió su mochila. Agarró la botella de vodka y sacó el encendedor del bolsillo. Miró otra vez a los de la cola y empezó a moverse con lentitud hacia ellos. Se imaginó que era parte de la manada, que su objetivo era cazar una presa. No debía hacer ruido ni dejarse ver, debía actuar con la precisión de una leona.

Apoyó la espalda contra la parte de atrás del carro y empezó a llenar de papel una bolsa de plástico. Después, la roció con alcohol. Había prendido el encendedor, y todavía nadie se había dado cuenta de él.

Estaba preparado para tirar la bolsa sobre la parrilla desde un hueco de ventilación. Estaba preparado para que todo volara.

El plan para liberar al león recién había empezado.




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  1. Emilie

    ¡No! ¿Ahí queda? Nos dejás con toda la intriga. Che, fijáte porque me parece que te confundiste con el tema de los pisos 🙂 primero Nicolás vive en el piso 12, pero después sube con Esteban al 22. abrazo, contanos cómo sigue.

    • Lucas Bertellotti

      Muchas gracias por el comentario y la corrección. En un principio era el piso 22 pero después lo saqué porque no hay edificios tan altos en esa zona. Sobre el final: no sabemos si es un final con intriga o si en realidad el final no existe. Veremos en el futuro y digamos, por ahora, que esto es un cuento abierto. ¡Saludos!


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