El apostador

hipodromo

El momento más feliz de mis días es cuando cierro la puerta de mi casa desde el lado de afuera. Ese último resquicio, esa mirada fugaz e infantil que queda mientras escapo hacia la libertad y ella permanece sentada en una de las sillas de la cocina, toma un vaso de vino y sube el volumen del televisor. Hace un tiempo bastante largo que ya no me hace falta decirle a dónde voy. Ella lo sabe. Intuyo que el mejor momento para Susana también es cuando me ve a mí cerrar la puerta. Esa puta.

Siempre me gustó mucho más Palermo que San Isidro. Ni que hablar de La Plata. Para empezar, es el que me queda más cerca. Voy después de caminar unas 15 cuadras. Me fascina ver cómo funciona el barrio mientras me muevo con lentitud y sin apuro. En Palermo hay una especie de mística que los otros carecen. Además, tiene a las maquinitas ahí al lado y, a veces, cuando no quiero volver a casa, me juego unas fichitas.

Todo empezó a cambiar cuando nuestra hija se fue de casa. Con el tiempo me di cuenta que Romina era como una especie de motor entre Susana y yo. Simulaba una vida para que ella sintiera que todo estaba bien. Romina no estaba mucho porque trabajaba y estudiaba pero, cuando llegaba, me esforzaba por mostrarle una realidad inexistente. Salíamos a comer afuera o cocinaba pastas con alguna carne. Me encantaba tomar a Susana de la cintura mientras lavaba los platos. Y bailar. Sólo unos pasitos a los costados mientras ella pasaba la esponja por los platos. Romina se reía. Creía que nuestro mundo era feliz. Cuando nos acostábamos en la cama con Susana, ninguno de los dos decía nada. Éramos cómplices silenciosos.

Una carrera de caballos es como la vida pero en un minuto y medio. La forma de ver las cosas cambia según el lugar que se ocupe. En los lujosos palcos, el calor o el frío nunca molestan. Tampoco la lluvia. Sobran los lujos. Una mesera se encarga de que las copas nunca estén vacías. No hay que preocuparse por nada más que la carrera. Todo se ve desde arriba, donde es más fácil reconocer cada uno de los elementos. En las tribunas, después de una tarde en la que el sol pegó fuerte, es imposible sentarse en los ardientes y gigantes escalones de mármol sucio. Lo mismo pasa si las temperaturas son demasiado bajas. Al ras del piso, el espectáculo no se puede analizar.

Sabía que Susana veía a un tipo. No lo hago casi nunca pero una tarde me cansé de las carreras y salí a caminar. Paseé por avenida Libertador, me metí por los bosques de Palermo y llegué a Belgrano. Ella entraba a un telo en la avenida Congreso, justo después de las vías. Estaba vestida igual que en casa. Un pantalón holgado, una camisa y alpargatas negras. Él era más viejo que yo, flaco y con un traje de calidad. Feo. Pelado y con una nariz inmensa. No me vieron. Yo no dije nada. ¿Por qué no les dije nada? ¿Por qué no lo cagué a trompadas?

Los más inteligentes se preparan. Estudian los caballos. Conocen los caballos. En la semana se acercan a observarlos antes de que corran. Sienten su respiración. Analizan sus antecedentes. Los comparan con sus rivales. A mí me encanta apostarle a Norieguita o Falerito pero no siempre me dejo llevar. Lo importante son los caballos, aunque la combinación perfecta es cuando alguno de los dos está arriba del mejor animal. Los más estúpidos hacen todo lo contrario. Se olvidan de las estadísticas. Juegan por instinto. Creen que la suerte los puede ayudar.

Cuando Romina se casó y partió a vivir a Estados Unidos con su novio, un ingeniero no muy vivo pero que la trataba bien y con un futuro interesante, terminé con el cuento de hadas. -Vos sos una puta y quiero que te vayas de mi casa-, le dije. Ella no se sorprendió: -Ah, ¿qué pensabas, corazón? ¿Que iba a estar esperándote mientras pasás la vida en el hipódromo? No, señor-. No supe qué decirle. Fui hasta la cocina y me serví un vaso de whiskey. Abrí uno de los cajones y de casualidad vi una maza que solemos usar en navidad para romper nueces. La saqué y dejé sobre la mesa.

La primera vez que vi a Storm Mayor me temblaron las piernas. El caballo me dio miedo. Pensé que era capaz de lastimar a alguien, de matar a un cuidador, un jockey o alguien del público. Cuando corría, hacía vibrar la tierra. Lo venía siguiendo mucho antes de que ganara dos veces el Pellegrini. Para nadie de los que de verdad saben fue una sorpresa. Estaba destinado a ser un gran campeón. Pocas veces sentí tanta alegría cuando lo vi ganar. Quería a Storm como si fuera mío.

¿Estuve enamorado de Susana en algún momento? ¿Qué es enamorarse? Me casé sin pensarlo demasiado. Tomé las riendas del negocio de mi suegro. No me fue mal. Lo mantuve todo lo que pude. Llegó un momento en el que nadie compraba ni una puta propiedad. Nos quedamos con un resto. Y descansamos. Ella nunca me perdonó que abandonara. Yo nunca le perdoné que se enojara. ¿Con qué derecho?

Los jockeys, chupados para dar el peso y al borde del desmayo, son la mano de obra. Salen en ESPN algún sábado a la tarde cuando ganan pero no reciben la verdadera plata. Los de abajo no tienen lugar para triunfar. Los poderosos son los que nunca pierden. En las carreras hay gente que llora y ríe, que se enamora y apasiona. Ganadores y, especialmente, fracasados. Ésa es la vida que yo conozco.

A casa sólo iba a dormir. Cuando llegaba, agarraba la maza y la ponía arriba de la mesa. Cuando había tenido un buen día, la apoyaba con suavidad sin hacer ruido. En los días malos, la dejaba caer como si quisiera que por el envión rompiera la cáscara de una nuez. Cuando entraba en la cama, sabía que ella estaba despierta. Sentía sus piernas temblando y la respiración agitada.

Trifecta o cuatri, según la carrera. Dos opciones para ganador y una perfecta. Siempre apuesto de la misma forma. No me hago millonario pero tampoco me va mal.

Nunca voy a olvidar la primera vez que vi a Michele. Era, a diferencia del resto del grupo que se agrupaba en los lagos de Palermo, disimulada y poco exagerada. Usaba tacos altísimos y unas medias de lana que le llegaban a las rodillas. Una minifalda negra diminuta que exhibía sus piernas flacas y largas. Llevaba un corsé negro que dejaba ver parte de sus pechos. Lucía aros redondos de color plateado. Su andar era femenino, aunque por momentos parecía exagerado. Contorneaba la cintura para un lado y otro y cruzaba las piernas como si estuviera a punto de enredarse. Mientras caminaba, siempre miraba hacia atrás, con la cabeza y el pecho en alto, alerta de la aparición de un posible cliente. Pisaba fuerte y con autoridad.

Me gusta llegar un rato antes de la primera carrera, a las 13.30. Suelo comer algo en el bar del primer piso. Voy solo y en general no estoy rodeado de mucha gente aunque conozco a todos. Con Oscar, el mozo del bar, hablamos de fútbol. Juliana es una mujer de unos 40 años que trabaja en seguridad. Siempre vestida con pantalón de jean y una camisa celeste. Es hermosa. Con ella me gusta coquetear. Decirle que está linda mientras se ríe y me pregunta por mi mujer. Quisiera no tener mujer. A las chicas de las cajas las conozco pero no les hablo demasiado más que tirarles las apuestas. Y después, claro, están los muchachos. En general, si es un Gran Premio, armamos un pozo y pagamos por un palco, para estar más tranquilos. El resto de los días vamos a la tribuna. Eduardo, Carlos y Roberto son mis mejores amigos. A ninguno nos sobra la guita -aunque tenemos nuestros curros- pero la pasamos bien. Entendemos que el hipódromo es nuestro refugio e intentamos no hablar de lo que pasa afuera. Soy como una especie de hijo adoptado de ese lugar. Es la casa en la que quisiera vivir.

Tenía un buen lejos. A la distancia, su figura era atractiva e imponente. Al acercarse, empezaba el desencanto. Se percibían algunos detalles que antes no se distinguían. El cutis, poceado y desparejo. La dentadura imperfecta. Michele sabía cómo hablarme. Me reconfortaba cuando me preguntaba sobre los caballos y me ilusionaba cuando me rogaba para que la llevara al hipódromo, una posibilidad que nunca consideré. Y, claro, sabía cómo coger. A mí me gustaba ir al mismo telo al que vi entrar a Ana con ese viejo choto. Fantaseaba con la posibilidad de cruzarlos. No decirles nada. Simplemente que me vieran con ella.

El día que lloramos todos fue cuando acertamos una cuatrifecta imposible, hace un par de meses. 50 lucas para cada uno. Me sentí mal desde el momento en el que terminó la carrera hasta que cobramos la guita en un cuarto privado del hipódromo. Mareado, con ganas de vomitar, como si estuviera a punto de desmayarme. Cuando salí a la calle, tambaleé un poco. Decidí caminar para tomar aire pero me dio miedo que me robaran. Tomé un taxi. Todavía me quedan algunos puchos de esa plata.

Mi única regla después de coger con Michele es llegar a casa sin bañarme. Cuando me acuesto, Susana siente mi cuerpo. El perfume de Michele, frutal y de baja calidad, me queda impregnado. Ella no lo aguanta. Suspira con pesadez. Da un par de vuelta en la cama. Y se va a dormir al sillón del living. -Sos un pelotudo-. Nunca le digo nada. Me acuesto satisfecho, a la espera de volver a cerrar la puerta desde el lado de afuera. Siento mi aroma. Destilo olor a hombre. Me voy a dormir.




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  1. Nacho

    Me sigue sorprendiendo tu talento Negro. Felicitaciones, buenas historias y muy entretenido leerlas. Aguanten las Crónicas de la calle!!

    • Lucas Bertellotti

      Muchas gracias, Nacho. Un gusto que todavía te des una vuelta por el blog y que te hayan gustado los textos. ¡Abrazo!


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