PlayStation a la hora de la leche (parte I)

play

Desconectó la PlayStation y la puso en un plato hondo lleno de arroz. Fue lo último que se le ocurrió para intentar salvar a la máquina.

Se enojó. Martín le gritó un gol en el último minuto en la cara. -¡La puta madre! ¡Qué orto!- Tiró el control al piso. Pegó en un vaso y la Coca se derramó sobre la Play. Nunca más arrancó. -Mamá, por favor, llevala a arreglar-. -Sí, Matías, ya te dije que esta semana la llevamos. ¿No podés hacer otra cosa mientras tanto?-. Pero no. Era imposible hacer otra cosa. Sin la PlayStation percibió cosas que antes pasaban desapercibidas. Escuchó ruidos molestos y comentarios fuera de lugar. Sintió olores extraños que le daban ganas de vomitar.

-Martín, ¿me puedo ir a vivir a tu casa?-.

Una taza. Un pote de Nesquik. Una barra de cereal. Galletitas Oreo. Cuando Matías llegaba del colegio, tenía la merienda armada por su mamá. Él no comía en la mesa de la cocina. Se mudaba rápidamente al sillón frente a la tele, en el living. Trasladaba todo, lo apoyaba en el piso y prendía la Play. El volumen, siempre bien alto.

Cuando había un rosario colgado en el apoya brazos de la escalera que daba al cuarto de su mamá quería decir que había gente.

Matías hacía todo por no llegar a su casa. Primero, le preguntaba a Martín si podía ir a jugar con él. Si le decía que no, probaba con otros compañeros con los que se llevaba bien. Hasta se animó a consultarle a Roy unos días después de agarrarse a trompadas mientras jugaban al fútbol en el patio. Cuando no enganchaba nada, volvía lento. Contaba las baldosas que había desde el colegio hasta su casa, a unas cuatro cuadras. Se quedaba en el kiosco de la esquina y hablaba con Marcelo de fútbol. Le hacía alguna que otra apuesta sobre partidos del exterior. Compraba una Coca. Le preguntaba la hora cada tanto, para no pasarse.

Golpearon la puerta con suavidad. -Vengo a ver a Cecilia, ¿puedo entrar?-. Nunca había pasado. El rosario estaba en la escalera. Cuando el rosario estaba colgado, nadie tocaba timbre ni llegaba hasta la casa de Matías, que quedaba en el fondo de un largo pasillo en el que había otros departamentos, en la planta baja de un viejo edificio en Barracas. -¿Puedo entrar?-. Con la PlayStation todavía rota, Matías estaba en el sillón y miraba la televisión. No dudó en abrir. La voz le parecía familiar. Ya había visto al señor.

-¿Está tu mamá, pibe?-

-Sí…

Se dio vuelta y miró el rosario, como si le indicara al señor que estaba en falta. Matías bajó el volumen del televisor. Percibió el ruido que producía la cama de su mamá. Volvió a subir. El señor, de unos 55 años, se sentó junto a él en el sillón. Tenía la camisa entreabierta, parecía agitado. Sacó un celular del bolsillo del pantalón y observó la pantalla unos segundos. Volvió a guardarlo y miró a Matías.

-¿Qué estás viendo?

-Nada, un partido de fútbol.

-¿Quién juega?

-No sé, un partido de la Champions League.

Volvió a mirar el celular. Se escucharon algunas voces desde el piso de arriba. El ruido de la cama había terminado. Su mamá bajó primera. Tenía puesto un camisón, el violeta de siempre. Atrás, un hombre viejo, de unos 60 años, se arremangaba los puños de la camisa. Mientras bajaba, Cecilia vio a su hijo sentado junto a Roberto. Tuvo miedo pero pretendió lucir tranquila.

-¿Qué hacés acá? ¿Qué hacés acá? Matías, ¿por qué le abriste?-.

Nadie dijo nada. Matías también conocía al viejo que ahora abandonaba su casa. El living daba justo a la puerta de entrada. Matías veía a cada una de las personas que iban a ver a su mamá mientras jugaba a la PlayStation en el enorme sillón blanco. Cuando no tenía el volumen alto, relataba los partidos que jugaba. Le gustaba sumergirse en ese mundo. Un partido con jugadores electrónicos contado por un relator amateur. Ese tipo nunca lo saludaba. Ni siquiera miraba hacia el costado. Bajaba la cabeza y caminaba hacia la escalera en silencio.

El viejo se fue. Cecilia cerró la puerta con lentitud. Dejó la cabeza apoyada en la madera, como si necesitara descansar desesperadamente. Se dio vuelta. Vio a Roberto con los dedos de las manos entrecruzados sentado al lado de Matías. Lucía tranquilo.

-Mati, ¿por qué no vas al chino a comprar unas galletitas?-.

-No, ma, no quiero-.

-Tengo que hablar con vos, Cecilia-.

-Quedate acá jugando a la Play, Mati-.

-Pero está rota, ma-.

Subieron. Matías no entendió por qué, pero notó que su mamá no había colgado el rosario en la escalera.

¿Roberto era alguien especial?




There are 2 comments

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    • Lucas Bertellotti

      ¿Te parece que alguien le puede dar click a tu link por este comentario? Si querés, te paso la cantidad de leídas en los últimos seis meses que tiene este cuento fallido: 5. De todas maneras, vale el intento. Saludos,


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