¿Por qué nadie habla de Boardwalk Empire?

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Entiende que ya no es el que reparte las cartas. Podría sentarse a un costado de la mesa y especular. Pero tiene dignidad. No quiere esperar que otro le tire un as muy de vez en cuando. Acumula demasiado barro encima como para seguir en la partida como un jugador secundario. Está cansado. No quiere más. Camina en el laberinto sin convicción. Entonces, no busca una salida. Se sienta. Nucky Thompson sabe que no puede escapar.

Boardwalk Empire era una serie imprescindible que, después de su extraordinaria quinta y última temporada, se convirtió en una obra maestra. En sólo ocho capítulos, el relato, que parecía fragmentado, se convirtió en uno. Es 1931 y la Ley Volstead está a punto de caer. El plan fracasó. Las mafias no hicieron más que aumentar su poder y burlarse de los controles. En Estados Unidos, el alcohol está al borde de la liberación. Mientras Al Capone y Lucky Luciano se obstinan en ganar plata, Nucky frena el juego y observa el panorama. Presiente que el final se acerca y hay que cambiar el paradigma.

Además del presente, la historia que los guionistas se lanzaron a contar es la que le da un sentido honesto y desgarrador a todo lo anterior. Cómo llegó Enoch Thompson a ser Nucky, el hombre más poderoso de Atlantic City.

Era la única parte que faltaba. En las primeras cuatro temporadas, había demasiados silencios, preguntas sin respuestas, miradas perdidas en el vacío. Esto se escribió en Crónicas de calle sobre ese aspecto: “El desarrollo del personaje más importante como alguien que sufre, tiene pesadillas, vicios y traumas (especialmente con su pasado) es simplemente brillante. Pero lo más extraordinario es que es como si fuera una especie de iceberg. Nunca se lo termina de conocer del todo”.

En la quinta temporada, sí se conocen todas las miserias de Nucky. Y el resultado es abrumador. Su gran amor era una mujer bella, firme, dura y que no le concede nada. Su forma de llegar al poder se construyó a partir de silencios y demasiados favores que nunca fueron pagados. Su calle, su barrio, su verdadera identidad, nace de la necesidad de ser el más listo del grupo. De la desesperación de vencer a sus competidores por una moneda para llegar a casa con algo en los bolsillos para darle a su mamá. Su polvo es el de los golpes de su papá. No es una casualidad que la primera secuencia del último capítulo sea una imagen de él desnudo mientras nada en el mar. Nucky está maduro, al borde de ser viejo. Ya no necesita aparentar ni mostrarse poderoso ante nadie. Nucky está desnudo.

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Boardwalk Empire podría ser un digno acompañante de la Santísima Trinidad de HBO conformada por Six Feet Under, Los Soprano y The Wire. Le sobra calidad. Steve Buscemi marca demasiada diferencia. Lo tiene todo: gestos, manera de caminar, tono de voz, forma de peinarse. Es distinto. Cada uno de los planos de la serie está pensado y ejecutado como si fuera el último de la historia de la televisión (es imposible no cederle algo de mérito a Martin Scorsese, productor de la serie).

Pero, ¿cómo es posible que algo tan bueno haya terminado? En un principio, la idea de HBO era que se mantuviera hasta la sexta temporada. La versión oficial indica que la cadena llegó a un acuerdo con los responsables de la serie para terminarla un año antes de lo previsto. Pero hay otro rumor: Boardwalk Empire no se convirtió en el monstruo de taquilla que se pretendía. El objetivo era que este producto reemplazara a Los Soprano, que el mundo hablara de sus personajes e historias, que las redes sociales explotaran. Pero no pasó nada de eso y la sexta temporada quedó en el camino.

La popularidad de una obra no influye de ninguna manera en la calidad. El problema es cuando la cantidad de gente que la consume tiene influencia en el resultado final. Da la sensación de que en la televisión cada vez importan más los números. Es probable que hoy una serie como The Wire, prestigiosa pero con poco público, no hubiera durado tanto. Parece evidente que todo se trata del aparato propagandístico de los canales y, especialmente, del “tweet a tweet”, algo así como el boca a boca. Si no se figura en ese aspecto, casi que no queda nada. Sólo queda maldecir por series brillantes que terminan antes de tiempo –Luck, Deadwood o Carnivàle– cuando otras (el claro ejemplo es House of Cards, un producto especialmente sobrevalorado) mantienen un largo período de vida. Es posible que el tiempo le dé la razón y consiga un reconocimiento grande. Mientras tanto, es imposible no preguntarse: ¿por qué nadie habla de Boardwalk Empire?




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