El hobbit: las cuentas pendientes de Peter Jackson

THE HOBBIT: THE DESOLATION OF SMAUG

La épica quedó en el camino. La mística no se percibe. La pasión casi no se encuentra. Y, quizás lo más complicado de digerir: el rompecabezas es demasiado difícil de armar. O faltan piezas o simplemente fue creado mal de fábrica. La Batalla de los cinco ejércitos, la última parte de la trilogía de El hobbit, tiene un poco de todo eso.

Peter Jackson cuenta con un lugar asegurado en el panteón donde descansan los mejores directores de la historia. Pero con El hobbit (Un viaje inesperado, 2012, La desolación de Smaug, 2013, y La Batalla, 2014) quedaron cuestiones sin resolver que producen una especie de sabor agridulce. Aunque quedaba un resquicio de esperanza para la última película, no hubo forma: es imposible sentir esa libertad y ardor que genera El Señor de los Anillos.

Uno de los aspectos positivos de las primeras dos películas tiene que ver con la sutileza y maestría con las que Jackson hizo irrumpir a El Señor de los Anillos, una historia profunda, ambiciosa y gris, en El hobbit, un relato más infantil y con menos ambiciones. Pero en la tercera parte se genera lo contrario: los vínculos a lo que va a venir dentro de la historia de Tolkien son poco pensados y bruscos. El más evidente -no hay dudas- es cuando el padre de Legolas (¿por qué tiene los ojos tan azules?) lo envía a buscar al hijo de Arathorn, un forastero que, según le explican, podría ser alguien “distinto”. La pelea de Gandalf-Galadriel-Elrond vs. Sauron, por ejemplo, es intensa y espectacular, pero le falta contexto y algo más de paciencia.

Faltan cosas por explicar y otras necesitaban más tiempo u otra resolución. La película cuenta principalmente la guerra entre hombres, enanos, elfos y orcos por el poder de La Montaña Solitaria, donde solía vivir el dragón Smaug y ahora quedó repleta de oro y fortunas. Acá hay dos problemas grandes: el primero tiene que ver con la falta de empatía. La construcción del relato no logra mover el corazón. El nivel de atadura con los personajes es bajo. Los enanos que luchan desde Erebor siempre fueron una masa con muchas más secuencias olvidables que buenos momentos. Los hombres tienen un líder inexplorado. De los elfos no se sabe casi nada. La otra falla tiene que ver con el desenlace. La película no se toma el tiempo de mencionar cómo seguirán las cosas (extrañamente, la última parte dura bastante menos que las primeras dos). Después de casi una hora de guerra, no se sacrifican un par de minutos para dar a conocer cómo se dio la repartija del tesoro de la montaña y la forma en la que siguieron las relaciones entre tres razas que parecían imposibles de unirse.

Quizás en algún momento Peter Jackson confiese que tuvo demasiadas presiones, que la idea de filmar El hobbit en tres películas era una locura. Pero lo que resulta difícil de entender tiene que ver con la participación de algunos personajes que no aportaron absolutamente nada a la historia. El gran ejemplo es el de Tauriel, una elfa que no existe en los libros de Tolkien y que en las películas tiene un papel aburrido y soso. Nada de lo que hace conmueve ni entretiene, sólo resta a una historia que necesitaba meterse en el corazón de los espectadores. ¿La explicación es sólo comercial? Mujer bella + historia de amor= éxito en la taquilla.

La Batalla de los Cinco Ejércitos tiene problemas para hacer reír. Como si Jackson hubiera perdido el timming, el arte de generar una pequeña y confortable sonrisa en momentos de desesperación, guerra y muerte. Todo lo relacionado a Alfrid, un bizarro amigo del poder que emula de alguna manera a Grima, gran elemento de Las Dos Torres, es aburrido y malo. ¿Por qué perder el tiempo con este intrascendente personaje y no prestarle más atención a los enanos que comenzaron la aventura con Bilbo? Ellos son los héroes -olvidados- de la película.

Peter Jackson tiene buen gusto. La canción final, cantada por Billy Boyd (Pippin), El último adiós, es un reflejo de su sensibilidad y conocimiento del mundo de la Tierra Media. Y la última secuencia, ese paso en el tiempo de Bilbo desde que llega de su primera aventura al momento en el que Gandalf le sacude la puerta para festejar el cumpleaños 111 del hobbit, es sutil y emocionante. La calidad para filmar se mantiene intacta y la tensión se transmite durante toda la película. El problema es que los recursos son demasiado parecidos a El Señor de los Anillos. Entonces, la sorpresa se pierde un poco. El guión, por otro lado, no es del todo lúcido. Faltan las grandes frases de Gandalf, las lecciones de vida, la energía, la tristeza. La fantasía.

Un ejemplo del contraste entre una trilogía y otra. Las secuencias de las batallas impactan y tienen mucha fuerza. Los planos amplios de ejércitos interminables con bombos que sacuden la tierra y música de fondo -cortesía del extraordinario Howard Shore- son fascinantes. Pero en El Señor la guerra se individualizaba. No sólo se trataba de hombres valientes rodeados de sangre y cuerpos sin vida. También había lugar para familias que temblaban escondidas dentro del Abismo de Helm. O de pequeñas razas que corrían hacia la muerte sin importarles nada. En El hobbit no pasa nada de eso. Son simplemente masas que combaten. ¿No hubiera estado bien una secuencia en la que se mostraba a Thorin en el momento en el que le daba la espalda a la guerra, escondido entre oro y joyas?

La película resulta el final más natural para un proceso que no fue llevado de la manera ideal. Es difícil que Peter Jackson haga un producto malo porque tiene mucho oficio encima y está rodeado por un grupo de enorme talento. El hobbit es una trilogía muy digna, con virtudes y momentos únicos. Pero al director neozelandés le quedaron varias cuentas pendientes.

Quizás haya faltado algo de pasión, desinterés comercial y económico y amor por el proyecto en esta segunda trilogía. Hay momentos del material extra de las versiones extendidas de El Señor de los Anillos geniales. Una secuencia, que luego se repitió varias veces, mostraba las palabras de Jackson a sus actores después de una escena dura y exigente físicamente: “Tranquilo, el dolor va a pasar, la película quedará para la eternidad”. Esa idea se trasladaba casi de manera instantánea a la pantalla. Era magia, simplemente. Una sensación tan maravillosa como difícil de crear.




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