Olive Kitteridge: retrato de la depresión

olive

-Te amo

-Sí, me amás

Su hijo está a punto de casarse pero ella sólo piensa que su nuera es falsa y no traerá más que infelicidad a la familia. Los invitados comen, toman y disfrutan pero sólo se puede concentrar en juntar la basura que quedó en el jardín de una casa que ni siquiera es suya. Le interesa poco ser protocolar. Le contesta mal a los familiares de ella. No llora, no ríe, no grita. Vive en un permanente estado de transición. Olive Kitteridge está profundamente deprimida.

Olive Kitteridge es una descendiente directa de Six Feet Under. HBO se pone serio y da una lección de cómo tener clase. Cuando en el mundo de las series se apunta cada vez más al rating, los personajes altisonantes y las historias que enganchen a un público masivo, la cadena más prestigiosa del mundo produce un retrato brutal y sin concesiones de una mujer fea con la que resulta imposible sentir empatía, de un ritmo lento y agobiante que se toma todo el tiempo para escarbar en la cabeza de un personaje tan complejo como extraordinario.

Basada en la novela de Elizabeth Strout, a la historia le alcanzan cuatro capítulos de una hora para ser absorbente y real. La extensión no es un detalle menor. Se trata de una mini-serie, un formato reducido en cuanto a episodios y temporadas. Sólo Band of Brothers pudo llegar al mismo nivel de madurez. Después de terminar Olive Kitteridge -si aguanta el corazón y es paciente la cabeza- se siente que es imposible conocer mejor a la protagonista.

Quizás sea la forma en la que está construido el relato la clave para entender tanto a un personaje como Olive, una maestra jubilada de un hermoso pero monótono pueblo en Nueva Inglaterra, Estados Unidos. La historia recorre más de 30 años, desde que ella es docente y coquetea con un amor tristemente frustrado en los pasillos de la escuela hasta que se convierte en una solitaria abuela.

Olive cuenta con Henry -su esposo-, un hombre fiel, agradable y compañero que, en realidad, no le produce nada. No reacciona ante las flores, las tarjetas o los chocolates. Se trata de una mujer que cree saberlo todo: cómo está su hijo, cómo estará el clima, cuáles son las frustraciones y vicios de las personas que la rodean. Pero no tiene idea de cómo sentir una mínima cuota de felicidad. Ver sus gestos, sus sinsabores, sus silencios es sentir de muy cerca a la soledad. Al gris.

Las actuaciones merecen ser reconocidas por premios importantes. Frances McDormand (la inolvidable Marge de Fargo, la gran película de los hermanos Coen), en el papel de Olive, hace todo bien. Richard Jenkins, que interpretaba a un personaje clave de Six Feet Under, acompaña con grandeza en la interpretación de Henry. Hay, también, un brillante rol de Bill Murray.

La dirección es perfecta. Los planos, amplios, claros, chicos e incómodos, representan a una especie de narrador omnisciente que nunca toma partido. La belleza de los lugares choca muy fuerte con el estado anímico de varios de los personajes. ¿Se puede ser infeliz en un lugar hermoso? Por supuesto.

Olive no sólo está mal por lo que pasa. El dolor explota porque parece reconocer que no tiene vuelta atrás ni segundas oportunidades. Se trata del peor dolor de todos, el que no se puede cambiar: el del pasado, presente y futuro.

Tiene muchos méritos esta gran serie, que tiene un lugar entre lo mejor del 2014 junto a True Detective, The Knick y Fargo, pero quizás el más importante esté en la ambigüedad que genera: primero, produce una alteración evidente del estado anímico. Es difícil no sentirse arrastrado por esa red de tristeza y permanente insatisfacción de Olive. Después, es muy complicada de abandonar. Dan ganas de darle la mano a la protagonista. Protegerla de esa sociedad que le da la espalda, cuidarla de esos valores que no tolera ni entiende. Seguirla en esta triste y perfecta historia de la depresión. Y esperar, quizás en algún momento se abra la oxidada puerta de la felicidad.




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