Peaky Blinders: demasiado cool, demasiado light

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Es parecido a ver una película de superhéroes: la emoción, el drama, no llega casi nunca. Aunque el protagonista se encuentre en verdaderos apuros y parezca que está a punto de morir, siempre saldrá ganador. Simplemente porque -por lo menos en el cine o la televisión- Superman o Batman no pueden morir. En Peaky Blinders pasa algo similar. En doce capítulos divididos en dos temporadas, la sensación es que la serie es incapaz de permitirse la pérdida de algún personaje más o menos importante. Entonces, se ingresa a un mundo en el se sabe que los buenos (o los malos, según cómo se lo mire) siempre ganan. Las situaciones se muestran aparentemente agresivas y brutales. En realidad, todo es demasiado light.

Los capítulos no tienen una presentación fija, pero casi todos empiezan igual: 1919. Tomas Shelby camina por las calles de Birmingham. Lo saludan las mujeres. Se sacan los sombreros los hombres. Lo espían los chicos. Él no mira a nadie. Se mueve entre calles sucias y fábricas que expulsan fuego a las veredas como si fueran dragones a punto de salir a cazar. Líder de los Peaky Blinders, una banda de mafiosos de ascendencia gitana, es el dueño de la ciudad.

Los planos de la caminata son amplios, medianos y lejanos. La fotografía es perfecta. El color gris se expone como un síntoma de la sociedad, sufrida por diferentes crisis económicas y herida por la Primera Guerra Mundial que acaba de terminar. Pero la escenografía no termina de lucirse. Todo parece tan perfectamente desordenado que no cierra. Hay una falta de naturalidad evidente. Falta suciedad, todo se ve demasiado cool.

Peaky Blinders (tuvo su primera temporada en 2013 y tiene asegurada una tercera en 2015) es una serie británica. No es un detalle menor: los ingleses saben cómo hacer televisión. Aunque hoy el gran referente es Estados Unidos, está claro que hasta hace no demasiado tiempo, la vanguardia estaba más en Europa que en América. Los tiempos cambiaron principalmente por una cuestión de expansión del mercado, desarrollo del producto y presupuesto. Pero, más allá de estar un paso atrás en cuanto a la producción, la calidad se mantuvo. Es difícil que la BBC haga una serie mala. Peaky Blinders tiene nivel y está bien pensada, pero con eso no alcanza.

Como lo hizo Quentin Tarantino en Django, Peaky Blinders usa una banda de sonido posterior a los hechos que cuenta la historia. Thomas Shelby y sus hermanos Arthur y John caminan con trajes impecables en una ciudad en la que todavía hay más caballos que autos, en donde pocos cuentan con el lujo del teléfono en sus casas. Principios del siglo XX. Pero la música en off -extraordinaria- va por otro lado: Nick Cave, Jack White, U2, Johnny Cash. Esa elección puede desatar un nivel de vuelo alto, hacer el techo de la historia infinito, elevar todo. Pero también se arriesga a romper con el clima del relato. Es lo que pasa casi siempre. Un ejemplo: los Peaky (Thomas, héroe de guerra y líder, Arthur, desquiciado y violento, o John, aguerrido y fiel) se agarran a trompadas con un grupo rival. Suena la música de fondo de alguna banda moderna. Y, entonces, se pierde la esencia de lo que representa una pelea en la que una persona puede morir a golpes. Se esparce con frivolidad un momento que debería ser violento, cruel, real.

Como Michael Corleone o Tony Soprano, Thomas (Cilian Murphy, con participaciones en El Origen o la trilogía de Batman, de Nolan) pretende que su grupo mafioso se convierta en una actividad legal. Es un ex héroe de guerra atormentado por lo que le pasó mientras fue soldado. Duro, no tiene momentos de caídas. Es una roca. Actúa como alguien al que no le afectan los sentimientos ni tiene emociones. Es un personaje verdaderamente extraordinario y atractivo. A su alrededor están sus hermanos, su tía Polly, la segunda jefa de la familia, y Grace, su amor prohibido. El problema es que los Peaky Blinders nacieron de abajo y, cuando comienzan a subir, habrá demasiados interesados en bajarlos. Especialmente el inspector Campbell, un policía obsesionado, corrupto y desleal. La serie recrea con calidad a la sociedad inglesa de ese momento, cuando las penas se mataban en algún sucio bar de la esquina.

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El vicio de Peaky Blinders es que se pasa de cool. Se preocupa tanto por la forma que se olvida del fondo. El relato es intenso y con buen ritmo, pero imperfecto: su creador, Steven Knight, se enamoró tanto de los personajes que no se pudo desprender de casi ninguno. Muchos compararon a esta serie con Boardwalk Empire. Pero la diferencia de la de HBO es que sus personajes eran descartables, podían desaparecer en cualquier capítulo. El efecto que se produce es de tensión constante y fascinación. Es imposible perder la atención ante la amenaza de que un personaje pueda irse. En esta serie no hay misterios. A medida que avanzan los capítulos, sólo quedan certezas: Thomas es un fenómeno, nada puede salirle mal y siempre habrá algún giro de tuerca para que resulte vencedor.

Las actuaciones son brillantes, las direcciones se lucen, las recreaciones parecen perfectas. Pero Peaky Blinders se queda con las manos medio vacías. No tiene el toque distinto, lo que hace que una serie se diferencie. Resulta demasiado light. Carece de esencia. Le falta sangre.




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