La guerra y la paz en tiempos de Google

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Estaba saturado. Pensó que necesitaba alejarse un poco para ver las cosas algo mejor. En 2007, el periodista especializado en tecnología Nicholas Carr abandonó su moderna casa de Boston y se instaló en una cabaña en las montañas de Colorado, lejos de la telefonía móvil y prácticamente sin Internet. En ese período escribió un libro que lo hizo famoso: “Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”.

Se supone que, en algún momento de su vida, Carr fue un lector voraz. Pero ya no. Descubrió, no de un día para otro, que su atención se escapaba ante las primeras dos o tres páginas. Sentía que la exposición intelectual era demasiado grande, que su cabeza, acostumbrada a clickear, saltar de página en página, buscar y escanear entre miles de párrafos, ya no estaba del todo preparada para eso.

Así lo explica: “Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo”.

Su tesis es muy sencilla: la causa de semejante pérdida sería que cada vez se lee más en Internet, con la consiguiente dispersión sistemática entre temas que se multiplican hasta el infinito. En un artículo llamado “¿Google nos está volviendo estúpidos?”, afirma que “la lectura profunda que me resultaba natural se ha vuelto una lucha”.

Entre algunos ejemplos de su teoría, Carr afirma que las conductas de los lectores cambiarán con el paso del tiempo. Asegura, por ejemplo, que un libro como La guerra y la paz, de Leon Tolstoi, dejará de leerse. Y acá llega lo único importante: ¿habrá leído Carr alguna vez La guerra y la paz? Yo no leí su libro pero este verano atravesé por las más de 1200 páginas del escritor ruso y sólo se me ocurre pensar en una cosa: una obra así nunca puede quedar en el camino. Es demasiado grande como para ser quemada por el contexto tecnológico-social. La guerra y la paz es un libro definitivo que deja una huella profunda. Es la representación más grande que podría tener la literatura en tiempos de Google.

1200 páginas no son nada

“Cuando se lee a Tolstoi, se lee porque no se puede dejar el libro”, dijo alguna vez Vladimir Nabokov. Y no le faltó razón. La guerra y la paz, la mamá de las novelas (el papá bien podría ser Don Quijote) puede llegar a ser imponente cuando se lo mira desde afuera, pero sólo hay que meterse para entender que se trata de un libro ágil, con ritmo acelerado y maestría para el relato.

No hay momentos pesados en el libro del ruso, cada línea parece trascendente y se encadenan con naturalidad. Sólo se necesita constancia y algo de regularidad. Es bueno trazar metas: con leer unas 150 páginas por día (suponiendo que uno está de vacaciones), basta algo más de una semana.

La guerra desde un salón

Tolstoi divide el mundo en dos: la paz le corresponde a la burguesía, la clase alta que se codea con el zar y define los destinos de Rusia desde algún palacio, entre copas, bailes y lujo extremo en un salón mantenido por miles de sirvientes. Ahí aparece Natacha, de la familia Rostov, la enamoradiza, traidora y coqueta, y otro resto de mujeres sólo preocupadas por conseguir un buen marido para criar a sus hijos y hacer lo que se supone que tienen destinado.

Las descripciones de los bailes son perfectas. Por momentos, Tolstoi parece burlarse de lo maquillado y artificial que resulta todo. Mientras miles de soldados mueren con la excusa de que deben defender el honor de Rusia, un grupo de personas se preocupa demasiado por el color de los vestidos o el tipo de comida que servirán esa noche. Las historias de amor que propone el libro son atractivas desde donde se las mire. Hay relatos de traición, infidelidad, conveniencias y desamores.

En el epílogo hay una extraordinaria descripción de la relación entre Pedro y Natacha. Él no está seguro si la ama ni se preocupa demasiado por averiguarlo. Tienen hijos, están casados y viven bajo el mismo techo. Ella hace todo para que él se sienta bien, el amor queda en el segundo plano.

La guerra desde las trincheras

Todas las páginas en las que hay algún tipo de relato sobre la guerra son verdaderamente brillantes. Esta es la explicación por la que el libro es tan largo: Tolstoi se encarga de crear demasiados puntos de vista. La mirada se posa sobre el pensamiento de Napoleón y su estrategia para vencer a Rusia. También sobre el general Kutusov, desgastado por tantas derrotas. Pero la guerra de Tolstoi no es sólo la de los líderes. El ruso describe a las trincheras, explica el sentimiento de los soldados, los expone.

La guerra es sangrienta, cruel y estúpida. Los soldados se congelan los pies o mueren de hambre. Francia ingresa en Moscú y sólo queda lugar para secuencias de salvajismo. La ciudad, vacía, se incendia. La crónica es fascinante, desoladora.

Dos temas de adelantado

Hay dos puntos del libro de Tolstoi, de 1865, que llaman la atención, secuencias en las que el escritor parece algo adelantado a los tiempos. Uno de los personajes cuestiona al zar Alejandro por su negligencia con respecto a la guerra, después de perder otra batalla ante Napoleón. Y ahí aparece una especie de monólogo con tono irónico en el que otro personaje le recrimina su actitud. “¡Cómo puedes poner en duda a nuestro zar! ¡Es como poner en duda a Dios! Allí está él, sentado en el lugar divino”.

Otro aspecto clave tiene que ver con la cuestión del reparto de tierras de estas familias nobles y la relación que llevaban con los campesinos. Sobre el final del libro, Tolstoi describe el comportamiento de Nicolás. Lo pinta como un hombre justo y trabajador. Pretende que sus campos estén en perfecto estado y que las cosechas no fallen, pero también quiere que sus campesinos, que le pagan por explotar sus tierras, tengan éxito. Es la división de trabajo perfecta. “Yo no lo hago porque tengo aprecio a ellos, lo hago porque pretendo que todo salga bien, ganar dinero”, dice.

Que vivan los rusos

Con La guerra y la paz empecé a cerrar un ciclo de grandes obras de escritores rusos. Y nunca me sentí decepcionado por ninguna. Crimen y castigo, como casi todo lo de Dostoievsky, tiene que estar entre lo mejor de la historia de la literatura. Descendiente directo de La guerra y la paz, Vida y destino, de Vasili Grossman, es una de las obras más crueles. Almas muertas, de Gogol, es una novela poderosa, inolvidable.




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