Bafici 2015: genialidades, vicios y aciertos de los documentales

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La idea era cubrir todo lo posible. Cuando un espectador se enfrenta ante una oferta enorme de películas como la del Bafici, debería tener la cabeza abierta como para tocar diferentes géneros. El documental es una forma de hacer cine que no se puede eludir. Es fuerte, sincero y tiene una larga tradición. Hay prestigiosos cineastas obsesionados por contar historias reales, convencidos de que este mundo no necesita la ficción porque la realidad abarca todo.

Acá, tres reseñas de documentales que se pudieron ver en el Bafici 2015.

Genialidades, vicios y aciertos.

The Iron Ministry, J.P. Sniadecki

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Una crónica perfecta. El director, un estadounidense que vive hace más de diez años en Asia, muestra la forma en la que los chinos viajan en trenes. En realidad, es la excusa ideal para contar cómo vive la sociedad, desde las clases bajas hasta los de más plata. Al final, The Iron Ministry regala una radiografía brillante y lúcida del gigante asiático, con tanta velocidad para avanzar como potencia económica como lentitud para incorporar a la gran masa de gente a tener una mejor calidad de vida.

Sniadecki tiene corazón de periodista: se subió a los trenes de China, el principal medio de transporte del país, y recorrió una enorme cantidad de provincias. Se metió en todos lados, con una sorprendente libertad para registrar: ingresó a las cabinas privadas, los baños, los pasillos atestados de gente. Lo que consigue es intimidad, ritmo y sensibilidad.

Se trata de una cámara que muestra todo y sin tomar partido, una decisión coherente que transmite honestidad al relato. El objetivo no es contar una historia macro sino retratar pequeños momentos. Al final, cuando se juntan las piezas, se termina con una idea más o menos completa de algunas de las formas de vivir en China (¿puede resultar para alguien que no haya viajado a este país un contenido demasiado extraño y no del todo interesante? Es posible. En mi caso, fue una maravilla en la que pude descifrar parte de lo que había interpretado sólo a partir de lo que veía y no lo que escuchaba, por no entender el idioma. El director habla chino a la perfección y en algunos momentos participa en diálogos con los pasajeros o trabajadores del tren).

Algunos de los trenes son indignos. No hay espacio para caminar en los pasillos, la gente duerme hasta arriba de las canillas de los baños. La basura se acumula hasta el techo.

Los chinos comienzan a dejar de lado el silencio. Y se quejan por un país que no les da demasiado. Trabajan mucho más de la cuenta por sueldos miserables. No se pueden casar porque no tienen plata para comprar una casa. Les preocupa la contaminación, el gris constante, ese humo que afecta al cuerpo y al estado anímico de cualquiera. Se quejan por la imposibilidad de votar. Se transmite la bronca por la falta de libertad. Recorren diferentes provincias en busca de un trabajo mejor. Quieren escapar de las fábricas, de la vida en la que sólo hay que trabajar y dormir. Del otro lado, claro, están los ricos: trenes impolutos con espacio para todos. iPhones para distraerse en el viaje o una tablet para ver una película. Una vida que parece con menos preocupaciones.

The Iron Ministry es una verdadera joya.

Un importante preestreno, Santiago Calori

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Un documental que enamorará a cualquiera que alguna vez haya reído, llorado o sentido que una película le había cambiado la vida en una sala de cine. El relato atraviesa diferentes momentos de consumo del cine en la Argentina con humor, inteligencia y una justa dosis de imágenes de archivo con entrevistas.

La estructura de la película está dividida en varias partes: primero, habla del furor del cine en los 60′, cuando las películas de Ingmar Bergman eran más vistas en Argentina que en Suecia. Hay una foto de la calle Lavalle, donde estaban la mayoría de los cines, verdaderamente impresionante: sólo se ve a un mar de gente. “Para caminar una cuadra tardabas unos siete minutos”, dice uno de los legendarios distribuidores que se encargaban de llevar los films al país y distribuirlos.

Después, el relato se toma un tiempo largo para exhibir las diferentes formas de censura que hubo, en las que se hace especial referencia a Miguel Paulino Tato, el director del Ente de Calificación Cinematográfica. El asesino de la libertad. El film muestra cómo en algunos casos era necesario cortar partes de las películas para que fueran proyectadas. En otros, la prohibición era absoluta (Último tango en París, La naranja mecánica, 2001: odisea en el espacio, Emanuelle, entre otras películas que no se vieron). En el medio habrá una enorme cantidad de pillos y fanáticos que hicieron todo para amagar las censuras. Algunos viajaban a Montevideo para poder ver las películas que en Argentina no estaban. Otros, recurrían al cine Núcleo, el único lugar que, con el visto bueno de Tato, se mostraban films que en otras salas no se veían. Algunas de las noches en las que los socios llamaban para informarse por la cartelera, les respondían que se iba a dar “un importante preestreno”. Era el código para advertir que se trataba de una película prohibida.

Por último, el documental le dedica un espacio a la aparición de nuevos formatos que pusieron en peligro a las salas de cine, desde el Súper 8, hasta el VHS y el DVD. Ahí figuran algunos testimonios de los viejos que fueron el corazón de la locura por el cine en el país. Y aflora la nostalgia y la tristeza, aunque el relato nunca termina de ser del todo profundo ni emocionante.

La primera gran virtud de la película es que es divertida. Está bien editada, por lo que no hay momentos de más. Además, tiene una estética agradable. Se nota la dedicación e imaginación para que cada una de las fuentes hable desde un lugar particular. Busca aprovechar los planos y la fotografía para pintar a los personajes que cuentan cómo el cine alguna vez fue mucho más masivo e importante en el país. Las imágenes de archivo son muy buenas y las referencias cinematográficas constantes.

La película decide abarcar casi 50 años, por lo que algunas de las cuestiones que se mencionan no terminan de ser atendidas del todo. El director parece tomar la decisión de contar un poco de cada cosa, lo que hace que algunos puntos sean un poco más vagos y se pierda algo del foco.

En general, los entrevistados están muy bien elegidos. Sólo llama la atención la ausencia de una fuente: Alberto Kipnis, el hombre que fue el corazón de los cines Lorraine y Loire, dos de los más populares de la historia, y años más tarde se hizo cargo del Arteplex, justamente donde se proyectó la película. Según el director, persiguieron a Kipnis durante dos años pero siempre se negó a ser fuente de la historia. En ningún momento se lo menciona.

El director sabe transmitir su conocimiento y, principalmente, su pasión. Muy recomendable.

Songs from the North, Soon-Mi Yoo

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Una idea interesante que no termina de desarrollarse y queda en en una película completamente fallida. La intención de la directora es sacarle la máscara a uno de los países más misteriosos del mundo: Corea del Norte. Para eso, viaja como turista en varias oportunidades y toma las imágenes que puede en un país en el que -parece- casi nada está permitido. Ese material lo mezcla luego con imágenes de archivo que remiten al estilo presidencialista y enfermizo del país. Imágenes verdaderamente bizarras en las que se hace de Kim Il-Sung, el papá del dictador que está hoy, Kim Jong-Il, una especie de semi dios que protege al país.

Es una decepción que la directora haya tomado imágenes tan poco reveladoras. Soon-Mi Yoo no arriesga casi nada cuando filma en Corea del Norte. Y tampoco arriesga con la elección de las fuentes. La decisión de poner a su papá, por ejemplo, no aporta demasiado a la historia.

Aunque no es larga, el exceso de recurrir a las imágenes de archivo con coreanos que alababan a Kim Il-Sung se vuelven verdaderamente pesadas. La película ganó el Premio Especial del Jurado (segundo en importancia del Bafici). Un documental fácil de olvidar.




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