El soldado que no pudo llegar al Mundial

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Islas Malvinas, 7 de junio de 1982

Queridos papá, mamá, Juani y Juanjo:

Perdonen que hace 8 días que no les mandaba nada, pero aquí nos dijeron que no sale ni entra nada. Yo igual voy a intentar mandar una. Sí, me llegó telegrama del 24 de ustedes y de Cristina y también me llegó ayer uno del 29 pero no se entiende nada, no está firmado pero pienso es de ustedes. La última carta de ustedes de Mar del Plata es del 11/04 y después nada más. Mi última carta es la que les mandé desde el hospital el 29/04 o el 30/04. 

Estaban ahí desde las 8. Cansados, desgastados, se sostenían sobre las rejas frías del Regimiento 7 de La Plata. Soñaban con volver a abrazarlo. Habían pasado muchas horas de insoportable espera cuando empezaron a llegar los micros cargados de chicos -soldados- con los cuerpos irreconocibles y las almas destrozadas. Bajaban de los ómnibus y se acercaban con las miradas perdidas a saludar a sus familias, que aguantaban los nervios desde afuera del predio. José María Del Hierro vio a Juan Gerónimo Colombo, el mejor amigo de su hijo durante el servicio militar.

-¡Juani! ¿Dónde está José Luis, Juani? Vos tenés que saber…

-No lo sé, no lo sé…

Me imagino lo preocupados que ustedes estarán por las últimas noticias. Es cierto que los ingleses están muy cerca, pero a mi puesto de combate les juro no me ha venido ninguno a “visitar” y espero no lo hagan. 

Entre la confusión y la angustia, un general apartó a José María y le explicó por qué su hijo no estaba en ningún ómnibus: había desaparecido el último día de la guerra, el 14 de junio. No tenían más información que ésa: podía estar muerto, o internado en algún hospital inglés o del sur argentino. Recién en noviembre, cinco meses después, la familia Del Hierro conoció lo que había pasado con José Luis. Desesperado, el papá viajó a Ginebra para buscar información en la Cruz Roja, encargada de la recuperación de cuerpos que quedaron en las zonas de batalla de las Islas Malvinas. Su cadáver, cubierto por la nieve y el hielo, había sido descubierto mucho tiempo después de su muerte junto al de otros soldados argentinos. Fue el final de la agonía y el principio del dolor más grande.

Hay que seguir rezando y pidiendo a la Virgen para que esto se arregle en “paz” y se acabe ya. Cada vez tenemos más ganas de volver cada uno a su casa sea como sea, ganando o perdiendo, pero volver y pronto. Al final se nos quedó en el tintero el viaje, pobre papá, tanto juntar y organizar y yo le tiré abajo todo, aunque deslindo responsabilidades en el loco de nuestro presidente y su desvelo de grandeza. 

-¡Che, Oreja! ¿Por qué no vas y le pedís al superior que te deje ir? ¡Decile que se deje de joder, que tenés que ir al Mundial!

El sol tardaba en salir, la oscuridad parecía eterna. El frío ya no sólo generaba dolor, también miedo. Los soldados -los chicos- percibían cómo sus pies empezaban a congelarse. Estaban agotados, aburridos y saturados de las trincheras repletas de barro y agua. Fumaban cigarrillos de yerba como para entretener al cuerpo, completamente desacostumbrado a la comida. La espera se había vuelto peor que la acción. Ya no aguantaban más. Querían matar. O que los maten. Pero ese panorama no impedía que todavía hubiera algunas bromas. Porque percibían que la única forma de sobrevivir era con el que estaba al lado. El que estaba al lado no fue casi nunca un compañero de guerra. Fue un hermano. Juan Gerónimo Colombo, un jugador de fútbol de la reserva de Estudiantes de La Plata que ya alternaba algunos entrenamientos con la Primera que dirigía Carlos Bilardo, era el hermano de José Luis Del Hierro, un estudiante de ingeniería aeronáutica. Tenían 19 años. Se habían conocido en 1981 en el servicio militar del Regimiento 7 de La Plata. Juani sabía que el papá de José Luis había comprado cuatro pasajes -para él y sus tres hijos- y entradas para ver el primer partido del Mundial de 1982 entre Argentina y Bélgica. Reconocía que el sueño de esa familia se había esfumado. Pero él quería hacer reír a Oreja. Y Oreja se reía. Tenía una zanahoria en la boca, probablemente lo único que iba a comer en el día: “Mirá con lo que estoy. Si mis viejos me vieran así, cagado de hambre y con esto. Sí, ya sé, tendría que estar en el Mundial”. Nunca se supo cómo murió. Los ingleses ya habían tomado los montes Tumbledown y Wireless Ridge. Los argentinos lo sabían: la guerra estaba terminada. Sólo quedaba sobrevivir. Como pudieron, los soldados dejaron todo y corrieron hacia atrás. En algún momento del camino, a José Luis lo alcanzó el fuego.

Acá todos, pero todos, lo agarraríamos del fundillo de los pantalones y lo pondríamos como nosotros 55 días; en estos pozos. Y yo con él a todos esos patriotas de ciudad que por lo que ustedes dicen allá está minado. Acabé el discurso. Ja. Ja. 

Los escuchaba volar unos segundos y le alcanzaba: “¡Ahí va un Mirage argentino!” o “ése es un inglés, un Sea Harrier”. José Luis Del Hierro era un obsesivo de los aviones. Desde chico los hacía de papel, de madera balsa, con motores. Los dibujaba, los pintaba. Los conocía por dentro y fuera. Los amaba. Su pasión iba encaminada: estudiaba ingeniería aeronáutica. Era feliz. Iban con el Falcon bordó de la familia desde Mar del Plata, donde vivían, hasta La Plata, al Regimiento. Su mamá lloraba y le rogaba que no se presentara, que él ya había hecho el servicio militar, que se tomara un avión a Uruguay y desapareciera. Pero él, que, como la gran mayoría, nunca imaginó que iba a una guerra de verdad, no le quería fallar a sus compañeros. Tenía que estar. Ni siquiera le importó la necesidad de postergar sus estudios, su gran pasión. Ni que podía poner en riesgo el viaje con sus hermanos, Juan José y Juan Miguel, y su viejo, que soñaba con mostrarles el país donde había nacido, con ir a la cancha juntos a ver a Maradona. Con hacer un viaje de hombres.

Espero yo llegar de esto, antes que la carta, así no los preocupo más con esto, pero es hora que sepan lo que pensamos nosotros de Malvinas.

“El Mundial fue muy raro. Veíamos los partidos de Argentina, pero no se nos ocurría decir ‘qué lástima que no pudimos ir’. Era una desesperación. No nos importaba el fútbol, pasó a un segundo plano. Era desagradable. Cuando Argentina pierde contra Brasil y lo expulsan a Maradona, era como una doble derrota”, dice Juan José, el hermano de José Luis, que en 1982 tenía 11 años. No eran adinerados, pero tampoco les faltaba nada. Su papá era comerciante. Llevaban una vida tranquila en Mar del Plata. Recuerda cómo la familia se quebró después de Malvinas. Hasta hoy, el otro hermano, Juan Miguel, no quiere ni siquiera hablar de la guerra. Vive en España, y no tiene pretensiones de volver. “Fue un antes y un después, nada fue igual”, comenta. Él asimiló el dolor de otra manera. Se entusiasma por contar la historia de José Luis, como si fuera una obligación, como si fuera el mejor homenaje. Abogado, lucha desde instancias judiciales por llevar el cuerpo de su hermano -enterrado en Darwin- a Mar del Plata. “Yo quiero cumplir el último deseo, que descanse en el lugar que amó”, comenta.

Bueno nada más, besos y abrazos para los cuatro, siempre, siempre los tengo en mis pensamientos.  

La guerra era un recuerdo vago para muchos y una tragedia para pocos. Los Del Hierro, al igual que otras 648 familias que lloraban a sus chicos, habían quedado rotos. Juani Colombo ya había debutado en Estudiantes. Era uno de los preferidos de Bilardo y parecía tener un futuro prometedor -que después se despedazaría, entre lesiones y decisiones sin suerte-. En 1983, lo llamó al papá de su amigo y le dijo que había escrito una carta en La Capital. Le sugirió que la leyera. José María caminó hasta el puesto de diarios con su hijo Juan José. Leyeron el texto en la calle. “Allá quedó mi amigo más grande, el Orejón”, decía en un tramo. Decidió no mostrárselo a nadie más. Era un golpe demasiado grande, una herida que se volvía a abrir del todo. Tiró el diario en un tacho de basura. No le dijo nada a su mujer. Ya no podía llevar más dolor a la casa.

Los quiero mucho. Chau, José Luis
(#) Artículo publicado en Goal.com




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