El clan: el guión que deambula entre la familia Puccio

el-clan-trailer

Hay que ver diez minutos de Mundo grúa para percibir que el cine de Trapero es diferente. Fue su primera película, su presentación, su debut, su forma de imponer un estilo que después tomaron varios otros. Se encargó de respaldar ese título con otras joyitas (El bonaerense, Leonera, Elefante blanco, por nombrar algunas). Su cine tiene la virtud de la naturalidad. Trapero es un director de calle. Sabe cómo se habla en la calle, qué palabras se usan, cuáles son los sueños, fracasos y miedos de la gente común. Esa sensibilidad se encuentra en sus historias. Los relatos suenan justos, precisos y espontáneos, como si se estuviera viendo parte de una realidad, de algo que no representa a la ficción.

En El clan, Trapero sale de la calle. Se mete en un terreno nuevo, el de contar un relato real, el de exhibir a una familia -los Puccio- que se hizo conocida por su nivel de locura y desenfreno. Y, en ese juego, tuvo que pagar algo de derecho de piso por ser el nuevo de la clase.

El guión de El Clan, escrito por Trapero, se puede distinguir entre la historia. Está ahí, a la vista de cualquiera que preste algo de atención, deambula de una forma algo forzada y evidente.

Por momentos, la película da la sensación de ser demasiada televisiva. Se cuentan una serie de hechos sin una vía que guíe al tren hasta el final de la estación, pero con la idea de acumular y apilar, no de tejer. Hay una familia que vive en San Isidro que aprovecha su círculo social para secuestrar a gente con plata. Hay un integrante de la familia, Alejandro, estrella del CASI y los Pumas, que funciona como el nexo perfecto entre los secuestrados y su papá, Arquímides, el jefe de la familia y la banda.

La historia pierde fuerza porque no se enfoca. Por momentos, el relato sigue a Alejandro (Peter Lanzani, correcto, no mucho más), que parece debatirse entre las tentaciones de ganar plata de una manera más o menos fácil y la locura que representa eso. Por otros, la película apunta a la forma en la que funcionaban los Puccio como familia (lo autoritario del padre, lo cómplice de la mujer, lo rebelde de uno de los hijos). El resultado es evidente: El clan pierde fuerza. El guión, entonces, se acomoda entre esos dos panoramas y va de un lado a otro. No desaparece nunca.

Si en las películas de Trapero daba la sensación de que no sobraba ni una palabra y los films generaban ganas de que no terminaran nunca, en El clan el efecto es el contrario. Todo se explica mucho y se deja entrever poco. Trapero decide ser lo más explícito y obvio posible.

Aunque la recreación de la época -los 80- parece correcta, hay algunos detalles no del todo cuidados que le hacen perder verosimilitud a la historia. Cuando Alejandro va a entrenar rugby, un deporte para el que se necesitan al menos 15 jugadores contra 15 para disputarlo, no hay ni siquiera doce que lo rodean en la cancha (sin mencionar que, como casi todas las secuencias de la historia del cine relacionadas al deporte en vivo, los movimientos de los partidos resultan un poco bruscos y poco atractivos). En el momento en el que está detenido y lo van a ver los compañeros, un grupo de amigos practica algo así como un pequeño cantito de cancha mientras levanta una bandera del CASI (el club en el que jugaba Alejandro y que nunca se nombra en la película). Fueron 30 segundos que representaron el momento más artificial de la historia de Trapero. El guión, ahí, deambulando entre los personajes.

En el cine de Trapero, un evidente talento e indispensable para el cine argentino contemporáneo, la música suele abrazar a la historia para hacerla mejor. Pity Álvarez y la cumbia lata de Pablo Lescano, dos de sus favoritos, hicieron sus relatos de carne y hueso. Esta vez, a tono con la apuesta, el soundtrack (Sunny Afternoon, de los Kinks, I’m Just a Gigolo, de David Lee Roth, o Wadu Wadu, de Virus) fue irregular. Por momentos, hizo perder el clima.

Hay, además, un uso del archivo que desorienta un poco, no luce muy claro y resulta repetitivo. El personaje ve a través de una televisión diferentes discursos: pasan Galtieri, Alfonsín, se lo observa a Sábato como líder de la Conadep. Por momentos, parecen algo manoseados sólo para acomodarse a lo que pedía la historia.

Recién en las últimas secuencias el relato toma vuelo. Arquímides es más malo que nunca. Alejandro decide qué cartas va a jugar. Se presenta la tensión y se planta hasta la última secuencia. Se le da la bienvenida al drama bien construido, maduro y prolijo. Sobre el final aparece el verdadero Trapero y, al fin, desaparece el guión.




There are no comments

Add yours