Sólo hace falta una pelota

rio

Una pelota para ser un poco más felices.

Una pelota para escapar del trabajo, la escuela o la facultad.

Una pelota para caminar siempre hacia la playa.

Una pelota para distraerse del calor.

Una pelota para convivir, juntarse.

Una pelota para mantenerse en movimiento, para que el cuerpo no envejezca.

Una pelota para hacer malabarismo.

Una pelota para tener gracia.

Una pelota para reír.

Una pelota para desafiar.

Una pelota para que no se caiga nunca, se mantenga en el aire como si algún ángel la sostuviera desde arriba con un hilo.

Una pelota para enamorar a la chica que mira sentada desde algún lugar de la playa de Ipanema, cuando el sol baja y empieza a meterse sobre el morro.

Una pelota para seducir a esa chica que está al lado y juega tan bien.

Una pelota para sentirse mirado, exhibir el cuerpo, el bronceado, los músculos firmes y la sonrisa blanca.

Una pelota para eludir, esquivar, escaparse.

Una pelota que sirve como conector, porque ni siquiera hace falta pedir permiso para meterse en las rondas. Sólo hay que pararse al lado y, cuando llega, hacer lo posible para mantenerla arriba.

Una pelota para darle con la rodilla, el muslo, el borde interno y externo, la espalda, la cabeza, la nuca, la cola y la planta del pie.

Una pelota para ahorrar las palabras y unificar idiomas.

Una pelota que regala un costado feliz de la rutina: es fácil estar contento cuando lo de todos los días es lo que te gusta hacer.

Una pelota como medida de que se puede mejorar un poco todos los días.

Una pelota que incluya a todos.

Una pelota para mejorar, para aumentar las capacidades, para enseñar lo que hace falta para ser un especialista: talento, personalidad, perseverancia, sacrificio.

Una pelota para hacer de la estética algo importante, porque lo verdaderamente importante, acá, no es cumplir el objetivo. Lo que trasciende son las formas.

Una pelota para darle todavía más identidad a Río de Janeiro.

Una pelota. A veces no hace falta más que eso.




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