La guerra de los egos

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-No, está bien. Vos tranquila, nomás. Mirá que no sobra trabajo, eh. Mirá que está jodida la cosa.

-Sí, ya sé que está jodida. ¿Y?

-No, bueno, es que te quejás tanto que parece que te sobra todo a vos…

Mientras discuten, ella arrastra su batería y él un pequeño carrito que carga un parlante. Tienen la mirada en el piso, como para que nada quede trabado ni golpeado. Entran a uno de los últimos vagones de la línea D del subte y empiezan a instalarse. Él, una guitarra eléctrica y un micrófono para cantar. Ella, una especie de mini batería, con un bombo con pedal, un tom de piso y un platillo. Y hay, como casi nunca, un tercer integrante: un joven con el pelo largo y otra guitarra eléctrica. El subte arranca, la música no. La guerra recién empieza.

No son grandes músicos. Sí, saben tocar los instrumentos con decencia, pero no les sobra nada. El secreto de esta dupla, que ahora es un trío, es que ellos lo saben. Por eso, interpretan un show más que un acto musical. Juegan a la simpatía, no al talento. Él, con tonada cordobesa, saca a relucir su simpático acento todo lo que puede. Cuenta chistes entre un tema y otro, suele hablarle directamente a algún pasajero que le presta atención y tiene varios gags: “Sean felices”, “Pueden darnos algunos pesos, que ustedes no se van a volver más pobres y nosotros no vamos a ser más ricos”. Ella, morocha, baja, muy flaca, con ganas de reírse todo el tiempo, tiene un toque atractivo. Le gusta festejarle a él todas las bromas. Toca la batería de memoria, con poca soltura. Pero ese día, la música es sólo una nota de contexto. Ese día es la guerra.

-¿Sabés lo que pasa? Vos te quejás, te quejás, te quejás. Que nos bajamos en una estación, que nos subimos en otra, que no te gusta. Bueno, si sos tan buena, adelante, podés hacer la presentación.

Él desliza el micrófono hacia el lado de ella y retrocede medio paso. Ella se arremanga las mangas de la remera y se acerca al micrófono:

-Sí, dale. Voy a hacer la presentación…¡Hola! Buen día…

-No, buen día, no. La gente está volviendo a su casa de trabajar. Es buenas tardes. Es buenas noches, pero buen día no.

-Bueno…¡Buenas tardes!

Y ella lo mira a él con ganas de enseñarle a todos los pasajeros que es la buena de la película. Y él no mira a nadie. Él sale a dejar en claro que en esta guerra no hay buenos ni malos: hay jefes y soldados. Y él es el jefe de este pelotón. Parece empecinado en ridiculizar a su compañera de todos los días, a la compañera de su equipo, un equipo digno que suele ganar una base respetable de plata y una cuota de aplausos más que preciada de un público preocupado por llegar a su destino antes que otra cosa. Pero él está ciego: sólo parece querer demostrarle que sin él no puede vivir.

Algunos pasajeros los miran, otros no les prestan atención. Muy pocos parecen darse cuenta que están en pleno momento de sacar los trapos sucios adelante de todos. Algunos se ríen, creyendo que todo forma parte de una actuación. Pero nada de eso. Un pibe de unos 25 años, que cada tanto aparece en el subte para interpretar algo así como una obra de hip hop, con gritos místicos y profecías, aparece en el vagón y, sin evaluar demasiado la situación, decide intervenir. “¡Pará, loco! ¡Pará! ¡No se peleen más, viejo! ¡Son compañeros!”. Tiene una remera blanca con varios manchones, camina a los tumbos. Luce desorientado. Los tres músicos lo ignoran. Él se sienta en uno de los asientos.

-Bueno…vamos a tocar algunos temas…esperamos que los disfruten…muy buen viaje.

-¡Bieeeeen! ¡Bravo! ¡Bravo!

-¿Qué te pasa, cordobés?

-No, nada. Es que fue muy buena la presentación…

-Bueno, pará…

-Es que ustedes no entienden. Esto no es sólo venir, tocar y chau. Es mucho más. Acá yo pongo la cara, yo soy el que tiene carisma, yo soy el que habla con la gente…

-Bueno, dale…

Congreso. Juramento. José Hernández. Olleros. Pasaron cuatro estaciones, la música no llega. Hasta el tipo del hip hop, que parecía que no se iba a perder esa pelea, se aburrió y se bajó del subte.

-Bueno, dale. ¿Vamos? ¿Vamos?

Ruta 66, de Pappo. No tocan mal. La segunda guitarra le agrega un sonido algo más sofisticado, la batería sostiene el ritmo. Pero a él se le nota demasiado el desgano. Arrastra la voz como si estuviera cansado. Termina el tema y tira algunos chistes como para suavizar el ambiente: “Mamá, mamá, en el colegio me dicen ‘jabón en polvo’. ‘Ay, Ariel, no les hagas caso'”. Y ella hace un pequeño golpeteo en la batería para festejarlo.

El tiempo no para, de la Bersuit. Son temas acortados, sin repeticiones de estribillo ni moños sobre los arreglos.

La música termina, pero el ambiente permanece igual. Todavía se percibe la tensión. “Muy bien, damas y caballeros, señora, señor, sean felices. Voy a pasar la gorra, para los que quieran colaborar”, dice él. Y, mientras él recorre los pasillos sin ni siquiera mirar si alguien le deja algo de plata en ese saco negro y desgastado, ellos tocan. Y a él no parece gustarle: “¡Bieeeen! ¡Genios! ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Fenómenos!”.

No recolecta demasiada plata, unos 15 o 20 pesos. Vuelve a juntarse con sus dos compañeros, que dejan de tocar. “Vamos, genios, podrían hacerlo ustedes solos, parece”, dice él. Y ella ya no ríe ni luce con más fuerzas para pelearse.

Facultad de Medicina. “Basta, cordobés, estoy cansada que me bolacees”, dice ella mientras caminan hacia otro vagón. Esa noche ya no van a volver a tocar juntos.

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