Las mejores películas que vi en el 2015

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Siempre queda una espina a fin de año. ¡Uy, me equivoqué! No hay tiempo para consumir todo. Por eso, mientras más se consuma, mejor hay que desarrollar los filtros de calidad. Con los años hay que volverse más exigentes. Haciendo un repaso por las películas que vi en el 2015, percibo que la lista es menos potente que en años anteriores.

Faltan más grandes obras maestras, directores que me hayan volado la cabeza o joyas que parecían imposibles de encontrar. ¿Por qué? Probablemente porque vi muchos más estrenos de los necesarios. Perdí el tiempo con algunas cosas que no valían tanto la pena. Y abandoné un poco al pasado, quizás porque no está todo servido en bandeja: en tiempos de Netflix, genera algo de pereza tener que buscar, bajar, escarbar para encontrar un título.

De todas maneras, y pese a los altibajos, la tradición no se mancha. Estas son las mejores películas que vi en el 2015.

Nosferatu, F.W. Murnau (1922). Cuesta creer que esta película se haya hecho hace casi cien años. Es una locura, en verdad. El film es extraordinario porque el director pretendió hacer algo grande, ambicioso, que quedará en la historia (no hay otra manera de justificar esos planos amplios, desde arriba de alguna casa, que apuntaban hacia las callecitas de un pueblo convulsionado por un vampiro). Y lo logró. Es probable que verla en el cine y con música en vivo (como pasó este año en el Malba) haya ayudado a vivir todavía más la experiencia. Más allá de todo, es una verdadera reliquia.

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Hangmen also die, Fritz Lang (1943). Siempre aparece una película de Fritz Lang, que tiene varias obras perfectas en el lomo (M, el vampiro de Dusseldorf y Metrópolis entran en la lista sin ningún problema). En este film, vuelve a jugar con sus grandes virtudes: contar una historia con un tono de profunda intensidad, con un relato que respalde cada secuencia. Al final, todo cierra y luce imposible de igualar. En plena Segunda Guerra Mundial, Lang juega bastante cuando cuenta cómo busca escapar el asesino de un jerarca nazi.

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La condición humana, Masaki Kobayashi (1959-62). El director japonés, injustamente menos conocido que Kurosawa, por ejemplo, decide relatar ni más ni menos que la vida misma. No se anda con vueltas y recorre todo por lo que puede pasar un hombre. Amor, traición, guerra, religión, fe, miseria. Todo. Acá, un post más completo sobre la trilogía.

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The Connection, Shirley Clarke (1962). Algunas de esas extrañas obras en las que no quedan dudas que lo que se ve es una obra de teatro y no una película, pero que de todas formas tiene un particular encanto. Un director decide meterse en el departamento de un grupo de adictos, que están a la espera de recibir la porción de heroína del día. Músicos, intelectuales, vagos. Devorados por el calor y resignados a que la vida no es mucho más que una jeringazo en el brazo. Filmada con elegante desprolijidad, tiene grandes momentos.

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Salesman, Albert y David Maysles (1968). La muerte de Albert Maysles fue probablemente la pérdida más grande del cine en el 2015. Porque el tipo era un verdadero genio. En sus años de mayor producción, pensaba una historia y se dedicaba a apuntarle todos los cañones. Dedicarle tiempo, dinero y mucho cariño. Casi nunca perdía. En Salesman, sigue a un grupo de vendedores ambulantes de Biblias. La cámara juega como una especie de ojo que ve todo de una manera más o menos parcial, sin meterse en lo que pasa. ¿Y qué pasa? Un grupo de miserables hombres buscan ganarse la vida en lugares en los que la palabra de Jesús suele pesar bastante. Pero la calle es dura hasta para ellos, curtidos como pocos en el arte de sobrevivir.

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Gimme Shelter, Albert y David Maysles (1970). Otro documental extraordinario de los Maysles. Altamont. Un campo inmenso para albergar a miles de hippies dispuestos a dejarse llevar por la música de Los Rolling Stones. Pero, en supuestos tiempos de pacifismo, el recital termina muy mal. Demasiada gente, demasiada droga y alcohol, demasiada locura. Motoqueros con ganas de pegar que hicieron de seguridad. Un cóctel explosivo. Al final, escándalo. Hasta Mick Jagger cobró. La película transmite la desprolijidad y locura del momento, descarga permanente tensión. Está muy bien editada, es efectiva y respetuosa con el hecho. Maysles al poder.

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Dersu Uzala, Akira Kurosawa (1975). No hay que ser tibios: esta película ingresa a la lista de diez mejores fotografías de la historia del cine. Con mucha experiencia encima, sabio y consciente de todo lo que necesitaba hacer, Kurosawa crea un cuadro perfecto para un personaje entrañable como Dersu Uzala, un cazador infatigable, instintivo, fiel y divertido. Todo encaja bien: los tiempos, la música, el guión. Imprescindible.

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Mundo grúa, Pablo Trapero (1999). La primera y, probablemente, mejor película de la filmografía de Trapero. Poco antes de que se estrenara El clan, taché una deuda pendiente. Y no defraudó. Mundo grúa absorbe algunos vicios de las formas del director argentino y realza todos los valores. La calle, la sencillez, la emoción, el desparpajo, la cámara que se mueve o queda quieta en el momento justo. Una de las grandes películas de la historia del cine argentino.

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Whisky, Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll (2004). Imposible no acordarse de La vida útil mientras se ve esta película. Porque es uruguaya, porque es simple y porque parece algo ligera pero tiene un encanto imposible de explicar. Por la sencillez del relato, quizás. Por lo bello y cotidiano de las imágenes, tal vez. O porque, como en casi todo en la vida, se permite sentencias que no hay lugar para héroes ni sobresaltos.

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The Kingdom of Dreams and Madness, Mami Sunada (2013). Una joya que da a conocer un costado íntimo que parecía imposible de ver del gran Hayao Miyazaki. Un documental deslumbrante por la posibilidad de meterse en el mundo de un genio. Crítica completa, acá.

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Menciones especiales: No Regrets for our Youth, Akira Kurosawa (1946), Breaking the Waves, Lars von Trier (1996), El hombre de al lado, Mariano Cohn y Gastón Duprat (2009), y Song of the Sea, Tomm Moore (2014).




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