Making a Murderer: el documental perfecto

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No habrá que esperar demasiado. En algunas semanas, el boca en boca será un tsunami imposible de parar. Es sólo una cuestión de tiempo para que el mundo empiece a hablar de Making a Murderer, una serie (la mejor que Netflix publicó hasta ahora) que tiene todo para ubicarse en el pedestal de las grandes.

Después de 18 años en la cárcel, Steven Avery llega a su casa, en Wisconsin. Se baja del auto y sonríe. Tiene una barba larguísima. Alrededor suyo hay unos siete periodistas que le acercan un micrófono. “¿Qué se siente?”, le preguntan. “Se siente muy bien”, responde. Parece feliz, sin guardar rencor por haber sido condenado por un delito -un intento de violación a una mujer- que no hizo. Entiende que la vida le dio la oportunidad que la justicia le sacó. El caso es excepcional, pero no único. Como él, hay cientos de personas que caen en la cárcel por un crimen no cometido.

Pero la historia de Steven Avery tiene su costado aún más extraordinario. Su experiencia cuenta con un par de capítulos más. Es un libro interminable que atraviesa todos los géneros. Es un relato que, parece, carece de fin.

Dos años después de ser liberado, mientras reconstruía su vida en el predio de su familia, un chatarrero gigante de autos con casas rodantes, perros que van de un lado a otro y basura acumulada en cada rincón, Steven es acusado de homicidio de una mujer. Y vuelve a ir preso. Como la primera vez en la que terminó en la cárcel, cuando nadie le creía, insiste con su verdad. Grita por todos los cielos que es inocente. Que no violó a nadie hace 20 años, que no mató a nadie ahora. Pero su defensa, otra vez, será desde atrás de las barras.

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Making a Murderer es un documental. Como la historia es tan increíble y grande, era imposible que el formato fuera una película. La serie, entonces, con diez capítulos de una hora cada uno, se convirtió en el modelo ideal para Laura Ricciardi y Moira Demos. Cineastas, prestaron atención a la historia de Steven unos días después de que se conociera que estaba acusado de matar a Teresa Halbach, en el 2005. Se interesaron tanto que decidieron mudarse a Wisconsin para seguir bien de cerca cada episodio de lo que pasaba. Al final, acumularon 700 horas de material y lograron contar parte de los hechos con una meticulosidad y capacidad de reconstrucción simplemente asombrosas. Dieron una lección de periodismo.

El detalle más importante de la segunda detención: se produjo dos semanas después de que parte de la policía de Manitowoc County tuviera que declarar por un juicio de más de 30 millones de dólares que Steven levantó en su contra. Al parecer, algunos efectivos fueron demasiado negligentes o empecinados en que él siguiera preso, pese a que había pruebas o indicios para que la investigación tomara otro camino. Steven no tiene dudas: es él contra la policía.

El relato no tiene un narrador, simplemente va de un personaje a otro, de los hechos a las entrevistas, de los audios a las cámaras de seguridad, de lo público a la intimidad (el propio Steven fue la llave del acceso: decidió que su familia hablara con las directoras del documental y no con los periodistas). La construcción de la historia tiene un nivel altísimo y parece completa. No quedan demasiados huecos ni vaciedades. El ritmo de la serie es alucinante y genera adicción por ver más y más (sólo a la altura de Lost o The Walking Dead). ¿Un punto en contra? La dirección se vuelve un poco chata. No hay imágenes a la altura de los otros documentos. Cuando se escucha un audio contundente y clave, no se ve más que una toma aérea del predio de chatarra de los Avery.

Como todo en la vida, Making a Murderer, que muchos relacionan con la serie de HBO The Jinx y el podcast Serialno es objetiva. El título, de hecho, dice bastante. La historia tiende a mostrarse a favor de la víctima (de hecho, el fiscal Ken Kratz declaró a la CBS que el documental dejó de lado evidencia fundamental del juicio), o, en todo caso, el punto de vista está puesto desde el lado de la familia Avery.

Lo fascinante de la historia (de la que ya existen todo tipo de teorías, hipótesis y respuestas) es que, como casi nunca antes, la realidad parece superar a la ficción. Por lo absurdo, por momentos parece una nueva temporada de Fargo. Cuesta creer que la policía sea tan inepta para muchas de las cosas que pasan. Resulta increíble que la fuerza que se supone que está para proteger a la gente no sea más que una especie de símbolo de la conspiración, corrupción y negligencia.

La justicia le dio la espalda a la familia Avery hace 18 años y parece darle la espalda ahora. Son pobres, sin educación y tienen mala fama. Nadie parece quererlos demasiado en la ciudad en la que viven. La sutilidad de la historia es perfecta. La historia, que quizás podría tener un capítulo y medio menos para ser todavía más absorvente y lustrado, va entregando detalles y características de la familia, pero nunca sentencia. Nunca dice que los Avery son ignorantes, pero sí muestra una conversación entre dos familiares en la que ninguno de los dos sabe qué significa la palabra “consistente”.

Alrededor de los hechos giran muchas cosas: el sistema judicial de Estados Unidos (¿vale la pena que unas decenas de personas que pueden no estar calificadas hagan de jurado y decidan el curso de la vida de alguien? ¿Se logra así algún tipo de justicia?) parece podrido. El rol de los medios (¿cómo cambiar la impresión de un país si los canales de televisión, los diarios y radios ya aseguran cada uno de los detalles de un homicidio que todavía no se probó?) resulta cuestionable. El amor de una familia, simbolizado especialmente en la mamá coraje, dispuesta a perder todo en una lucha desigual. La marginalidad. Los Avery son pobres y, por eso, el sistema los va a presionar, los va a dejar sin aire. Sin lugar para los débiles.

 

(*) Por primera vez en su historia, Netflix, que publicó la serie el 18 de diciembre, dio parte de su contenido en YouTube. Acá está el primer capítulo completo de Making a Murderer:




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