El encanto único de los perdedores

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Estaba obsesionado con Liu Ying. Le escribió una carta a Norman Pearlstine, que trabajaba como director de varias revistas de peso (People, Time, Sports Illustrated). Le explicó toda la secuencia, le vendió la nota: había visto la final del Mundial de mujeres entre Estados Unidos y China. El partido no le interesó demasiado. La tanda de penales, sí. Observó la forma de caminar de cada pateadora. Estudió cómo se movían y la manera en la que ponían el pie para darle a la pelota. Se entusiasmó por la descripción de los movimientos. Pero nada era más importante que Liu Ying.

Liu Ying era la jugadora china que había fallado el penal por el que Estados Unidos ganó el Mundial de fútbol de mujeres, en 1999. Al otro día, en la tapa del New York Times, Clinton aparecía con las ganadoras en una foto en la que todos sonreían. Todos eran felices. Menos él. Porque él quería saber cómo habían recibido en China a Liu Ying. Cómo había tomado la derrota la sociedad de ese país. En qué afectaba el fracaso a la jugadora.

Pearlstine nunca le contestó en persona, pero él tuvo su respuesta: desde la empresa Time Warner le agradecían por la idea de la nota y le pedían que enviara todas las propuestas que quisiera, pero no iban a tomar el foco sobre Liu Ying. Entonces, Gay Talese dejó de titubear. Compró un pasaje a Beijing, se subió al avión y soñó con que iba a poder contar la mejor historia de todas, incluso cuando ni siquiera sabía en qué lugar de China estaba Liu Ying.

El silencio del héroe, un libro de crónicas deportivas que recopila lo mejor de Gay Talese desde 1948 hasta 2006, es una verdadera delicia, una ola de inspiración, un tsunami de aire fresco. Se trata de un hombre que le dio varios nocauts al sistema del periodismo. En su carrera, nada importó más que sus historias. Lo único importante eran sus historias. “Necesito más tiempo”, fue su frase favorita. La usó siempre que pudo, aún cuando no era más que un redactor de algunos años que había escalado como ayudante en el New York Times. La ratificó a medida que su nombre se convertía en leyenda.

Gay Talese se viste siempre igual. Un traje impecable, zapatos relucientes, corbata sutil (“Créanme, la apariencia es importante en periodismo. Inspira confianza y respeto. Quemen sus jeans. Uno tiene que vestirse para cubrir una noticia como si fuese un bautismo, un cumpleaños, un bar-mitzvah, una boda, un funeral o una primera cita con esa chica que te vuelve loco. Toda noticia es una fiesta”). Dice que no necesita demostrarle a sus entrevistados que él es cercano a su mundo. Talese pertenece al mundo de los que escuchan y observan. Para entrar en ese mundo, pretende demostrar desde el principio las diferencias entre él y el resto.

Quizás habrá sido la razón por la que en alguna de sus más de 30 notas, consiguió la definición perfecta sobre el nocaut en el boxeo, cortesía de Floyd Patterson: “Estar noqueado no es una sensación desagradable. De hecho, es agradable. No duele, sólo que estás muy aturdido (…). Pero luego -continuó Patterson sin dejar de caminar- ese sentimiento agradable te abandona. Te das cuenta de dónde estás, de lo que estás haciendo y de lo que te acaba de ocurrir. Y lo que sigue es un dolor, un dolor confuso (no un dolor físico), un dolor combinado con rabia; existe dolor de qué-dirá-la-gente; es el dolor de estar avergonzado de mi propia ineptitud… y todo lo que quieres en ese momento es que haya una trampilla en medio del cuadrilátero, una trampilla que se abra y que te permita caer y aterrizar en tu vestuario, sin tener que salir del ring y hacer frente a toda esa gente. Lo peor de perder es tener que salir del ring y hacer frente a toda esa gente”. Y sí. Patterson en algún momento tuvo que taparse la cara y hacerse pasar por otra persona, en su primera derrota ante Sony Liston. Si podía, hacía la misma pregunta diez veces, porque la respuesta nunca era igual.

Toma notas. Nunca graba. El grabador empobreció al periodismo, asegura. Lo mismo que las computadoras. Y Google. Y los celulares. Todo lo que ayuda a perder capacidad de observación es un enemigo de su arte.

Sin Marylyn Monroe, Joe Di Maggio, el jugador de béisbol más grande de todos los tiempos, está cansado. Floyd Patterson ya no quiere perder, ni tampoco tener que ir a la escuela en la que estudia su hija porque los nenitos la burlan, sólo por ser negra. Y está dispuesto a noquear a algunos chiquitos como para hacerles entender la lección. Y Muhammad Ali ya no es el más grande. Fidel Castro lo sabe. En La Habana, el presidente de Cuba le habla como si nada. Pero el ex boxeador ya no puede responder. El parkinson no lo deja. Pero Fidel sigue con su show.

Carson McCullers, Fitzgerald, Shaw, Hemingway. Talese aprendió de los novelistas que contaron desde un tono diferente. Tiene una prosa elegante, no muy directa, elaborada. Elige al deporte porque lo entiende representativo de la vida, una forma de arte. Por alguna extraña razón, parece encontrar siempre lo mejor de sus entrevistados. Quizás sea su necesidad de alejarse de los títulos, su seguridad que lo que todos ya vieron no tiene sentido contarlo otra vez. Gay Talese necesita decir algo distinto. Sabe que el costado ganador no es más que maquillaje. Entiende que su juego pasa por otro lado. En el encanto único de los perdedores percibe que está el corazón de sus historias.




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