Oscar 2016: ahora sí, Iñárritu

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El cine es la experiencia. Es sentir. Percibir. Sumergirse. Entrometerse. Descubrir. Es una frontera que nunca llega. No tiene reglas ni formas. Es libre.

Hay películas muy buenas en las que sólo se puede atravesar uno de los tantos costados del cine. Hay películas malas que no ofrecen nada. Y hay películas muy buenas que van por todo. The Revenant, la última película de Alejandro González Iñárritu, entra en el último grupo.

Como había pasado en algún punto con Birdman el año pasado, con The Revenant es imposible no salir del cine sin sentir que se trata de una obra diferente, pensada por alguien que apunta alto, que busca mostrar las historias desde un costado mucho más electrizante, que modifica un poco la estructura del relato.

El año pasado, las cosas estaban más claras. Boyhood, de Richard Linklater, era la que merecía ganar por lo que representaba: una película bien pensada desde todos los aspectos. El film no sólo cuenta la historia de Mason desde que es un chico de la primaria hasta la universidad. Lo importante no es que durante doce años se filmó al mismo grupo de actores. La forma de contar el relato atraviesa mucho más (política, familia, niñez, adolescencia, juventud).

Pero, en el 2016, Iñárritu consigue trascender y hacer más profunda su búsqueda, que tiene tantos toques de grandeza como vicios (no sólo en esta película, también en Babel, Biutiful y 21 gramos). Por visión, ambición y talento, merece ganar el Oscar por segundo año consecutivo. Ahora sí, Iñárritu.

The Revenant, Alejandro Inárritu. Es un cliché, pero esta película tiene un par de secuencias que quedarán en la historia: la del oso, sin dudas. También la de Hugh Glass durmiendo adentro del caballo. O el plano secuencia del comienzo, con los tiros, las corridas y la sangre. La historia es simple, se trata de un relato de venganza. El secreto está puesto en la coyuntura más que en la estructura. La forma en la que está filmada hace que todo sea un poco más extraordinario. Es un film con un nivel de ambición enorme, y está lejos de no cumplir con esa obsesión de grandeza. Por supuesto, The Revenant no es perfecta. Iñárritu se cree tan bueno que incurre en algunos vicios que le hacen perder fuerza a la película (todo lo que tiene que ver con el pasado del protagonista está de más y carece de sentido). ¿Y Leonardo Di Caprio? Es muy bueno y no necesita de un Oscar para estar entre los mejores, pero que se lo den de una buena vez.

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Spotlight, Tom McCarthy. Una película que podría posicionarse en la vereda opuesta a The Revenant. Una historia que va por el lado de la construcción del relato, por la meticulosidad en el guión, más que por lo espectacular de la dirección. ¿Y a quién le importa? Son dos muy buenos films. Una verdadera caricia a los periodistas: sólo en Todos los hombres del presidente se había contado tan bien el proceso de formación de la historia. Con la obra de Pakula, era Watergate. Con la de McCarthy, la Iglesia y el abuso a menores. Una especie de homenaje romántico a Sidney Lumet (por 12 hombres sin piedad o Network) y a lo mejor del cine de los 70 (La conversación, The French Connection). Recurre al proceso de producción de una nota con una meticulosidad apabullante. Puerta por puerta, teléfono a teléfono, fuente a fuente. Cómo se construye la historia. Inspira.

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Mad Max, George Miller. Extraordinaria, apabullante. Cine puro, una joya del vértigo y el entretenimiento de calidad. Miller entrega todo lo que se necesita para los tiempos de hoy: ritmo, precisión en la filmación sin el exceso de lo artificial y la idea de que una historia puede ser sencilla, sólo basada en el simple concepto de ‘aventura’.

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The Big Short, Adam McKay. Una mezcla perfecta entre El lobo de Wall Street y Moneyball. Un ritmo fantástico y algunos recursos interesantes para explicar el tema de la película, que para el público normal es bastante complejo (de los que apostaron en contra del sector inmobiliario justo antes de la crisis económica). El film es muy entretenido. Las más de dos horas de película se esfuman como si nada. Las actuaciones ayudan: Steve Carell es cada vez mejor. A Brad Pitt se lo valorará en no demasiado tiempo como un excelente intérprete. El costado moral de los personajes termina haciendo un poco de ruido, pero es lo único que no funciona dentro de una muy buena película.

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The Martian, Ridley Scott. Sí, un film que contagia por la aventura y la adrenalina. Una película realizada con profesionalismo extremo, que cubre todos los detalles técnicos y hace que todo se disfrute. Pero para que una obra termine de noquear necesita algo más que eso. En The Martian, el personaje de Matt Damon carece de profundidad. Se burla todo el tiempo de su propia situación. Aunque por momentos le da una ligereza divertida a la historia, también le saca dramatismo y verosimilitud. Un tipo abandonado en Marte debería estar más desesperado que otra cosa. ¿Y la unión entre Estados Unidos y China para rescatar al astronauta perdido y así hacer un mejor mundo? Un poco inocente todo, ¿no?

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The Room, Lenny Abrahamson. Una película muy perturbadora. Ideal para ver sin ningún tipo de información encima. Más allá de que la temática es terrible, el relato es sensible y no recurre al golpe bajo. Por momentos, la estructura se vuelve un poco densa y el desarrollo pierde fuerza. Deja demasiadas cosas sin contar, como si no quisiera ensuciarse del todo. Extraordinaria actuación de Brie Larson (la mamá) y Jacob Tremblay (el hijo).

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Brooklyn, John Crowley. No se puede creer que hayan quedado afuera de la lista de nominados películas como Los 8 más odiadosCarol y ésta haya ingresado entre las mejores. Una locura. Se trata de una película mucho más cercana a una telenovela que otra cosa. La historia de la chica que inmigra ya se contó demasiado. Simplemente no hay mucho más para decir. Más allá de algunos buenos momentos de la llegada de ella a Estados Unidos, el film se vuelve monótono y bastante previsible, con muy pocos momentos que emocionen o transmitan algo bueno.

Saoirse Ronan as "Eilis" and Emory Cohen as "Tony" in BROOKLYN. Photo by Kerry Brown.  © 2015 Twentieth Century Fox Film Corporation All Rights Reserved

Saoirse Ronan as “Eilis” and Emory Cohen as “Tony” in BROOKLYN. Photo by Kerry Brown. © 2015 Twentieth Century Fox Film Corporation All Rights Reserved

Puente de espías, Steven Spielberg. Es como ver una película de los 60 o 70, donde todo cierra, todo luce perfecto, todo desencadena y toma partido. Los estadounidenses son los buenos, los rusos son los malos. Allá es el salvajismo, en Estados Unidos la civilización. Pero, en el 2015, nada de eso luce encantador o ‘clásico’. Como pasó con Caballo de guerra o Lincoln, Spielberg parece haber perdido la sutileza. Su cine apunta a lo obvio, lo exagerado, lo evidente, lo aburrido, lo previsible. Pretende emocionar con guiños bobos, que ya quedaron viejos. La forma de contar de Spielberg quedó vieja. Aunque el desenlace parece demasiado y el drama no se percibe, lo peor pasa por otro lado: los prejuicios y golpes bajos para contar la historia (¡y eso que los brillantes hermanos Coen escribieron el guión!).

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