Blow horn, sálvese quien pueda

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El conductor del auto no tiene ninguna vergüenza: toca la bocina como si el ruido fuera capaz de rajar la tierra, como si tuviera poderes especiales, una forma de hacerse paso entre el caos. Pero ellas caminan como si alrededor no hubiera nadie. Están en el medio de una calle de tierra. A sus costados pasan bicicletas, motos, rickshaws, vacas, gallinas, cabras. Hace varios metros que ya deben sentir en las piernas el calor que irradia el auto, que se pega cada vez más a ellas. Pero el paso se mantiene bien lento. Están vestidas con saris negros y tienen la cara tapada, con un resquicio en la zona de los ojos. Son musulmanas. El conductor lo sabe. Yamir, que está en el asiento del acompañante, también. “¡Dale! ¡Vamos!¡Daleee!”, les reclama. La calle se ensancha un poco más. El auto encuentra un hueco para pasar. Ellas sostienen su ritmo.

Cuando se ponen a la par, las mujeres mantienen erguida la mirada. Después de que el auto finalmente las pasa y circula a mayor velocidad, Yamir, un hinduista convencido de lo bueno y lo malo de la vida (“el problema de los musulmanes es que no respetan nada. Ellos comen vaca, no se bañan, no respetan”), tira con una sonrisa burlona: “¿Ves? No les importa nada”.

Las mujeres musulmanas, obedientes de una religión que las margina y reduce, lo saben. Su caminata, orgullosa y conscientemente lenta, es una de las pocas luchas de poder que pueden dar. Y no están dispuestas a regalarla. Pasarán sólo unos segundos para que otro auto se ponga atrás, para volver a sentir el calor del motor en la nuca, la vibración de la bocina. Ellas van a seguir caminando por el medio de la calle, por más que -de casualidad- encuentren algún otro espacio libre para circular en alguno de los infernales caminos que tiene la sagrada ciudad de Varanasi. En la tierra del sálvese quien pueda no hay espacio para ceder.

Las líneas blancas del asfalto que dividían un carril de otro desaparecieron hace demasiado tiempo. Los autos llevan los espejos retrovisores contraídos, como si no hicieran falta. Los semáforos figuran cada tanto. Los peatones carecen de reglas: para cruzar, a veces sólo queda cerrar los ojos y correr. Las vacas están listas para bloquear las avenidas. Los camellos cada tanto caminan por las rutas que bordean el desierto. Los elefantes le ceden el paso a los camiones. Los cinturones no son una opción, mucho menos los cascos. Los monos deambulan por los techos de las casas, listos para acelerar el paso y robar alguna botella de Sprite o algún paquete de papas fritas. Las luces para anunciar giros o frenos son nada. Las montañas de basura suelen anular algún que otro carril. Las prioridades no existen, sólo rige la astucia. Para pasar primero, para no embotellarse hasta el infinito, hay una regla que no está escrita pero todos conocen muy bien: BLOW HORN.

Blow Horn es “toca la bocina”, palabras que todos los camiones de transporte llevan pintadas en alguna parte. Hace no mucho, el estado de Maharashtra, al centro oeste del país, intentó flotar en el medio del tsunami: prohibió las frases “Blow horn” y “Horn OK please” en los camiones y vehículos que circulan en la calle, con la excusa de que mandaban “un mensaje equivocado a la gente”. Pero, en Mumbai, la capital del estado, hay 900 mil autos, diez mil colectivos y dos millones de vehículos chicos, como motos, bicicletas o rickshaws. Hay tanta gente, hay tanto descontrol, que las medidas que pueda tomar un funcionario o un gobierno parecen destinadas a un sector que no se percibe en la calle. Si se vencieron hasta las marcas: Audi y Volkswagen refuerzan sus autos que se venden en la India con bocinas mucho más resistentes de las del resto del mundo.

Es como si fuera un lema de vida, como una resignación. Porque, en India, no queda mucho más que eso: tocar la bocina para avanzar, tocar la bocina para avisar, tocar la bocina para prevenir. Tocar la bocina, siempre, como una forma de ser.

Es la forma de convivir con el sálvese quien pueda, la manera de dejar ignorar los más de 125 mil muertos por año en accidentes de auto, la tasa más alta del mundo (en toda la Unión Europea mueren unas 45 mil en un año, según la Organización Mundial de la Salud). Es una excusa para no olvidar que la corriente de más de 1.200 millones de personas es imposible de frenar y, por ahora, de organizar.

¿Por qué el taxista de Mumbai tendría algún tipo de filtro? ¿Por qué se preocuparía justo ahí, en la cuarta ciudad más poblada del mundo, con doce millones de habitantes? Saca el brazo derecho y golpea con puñetazos a los autos o camiones que se acercan demasiado o le encierran el camino, mientras intenta controlar su auto con el izquierdo. Les pega piñas a las partes de atrás de los vehículos, a las puertas, a los baúles. Pero nadie le dice nada, ni siquiera lo miran. Como si el “blow horn” ya no fuera suficiente. Como si ya no alcanzara con la bocina. Como si fuera necesario que su golpe sonara bien fuerte sobre las chapas.

Como no hay un marco que regule las cosas, el instinto pasa a ser el rey. El taxista lo sabe bien. Y todos los que están alrededor también. Blow horn es una de las pocas opciones para un camino sin ruta ni reglas, sin orden ni lógica.

Blow horn es una de las maneras indias de decir sálvese quien pueda.

(# foto de pappacarsoni.blogspot.com)




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