Bogdanovich, el encanto de contar

peter

Baja las escaleras de la sala 10 del Village Recoleta muy despacio. Le cuesta. Ayudado por un joven que lo sostiene de la espalda, se toma su tiempo. Y, cuando al fin se sienta en el medio de las tres sillas que están justo debajo de la pantalla, una luz gigante y redonda lo apunta. Y él se queja. Pero Peter Bogdanovich lo hace como él sabe: “Uy, ¿está un poco fuerte la luz, no?”. Todos se ríen.

El director del Bafici, Javier Porta Fouz, está listo para hacer su parte. Vestido con un traje negro, con la cara transpirada, pegajosa, probablemente porque debe haber estado corriendo de una sala a otra durante todo el día, parece listo para intervenir en algún momento en lo que se supone que va a ser una charla. Pero no. Bogdanovich no necesita que alguien lo guíe: él sabe contar. Se nota que lo hizo muchas veces. Al hombre de traje le cede el vaso de plástico con agua que cargaba desde que bajó las escaleras. Y está listo: habla como si estuviera en el living de su casa, adelante de un par de viejos conocidos. A los 76 años, no parece dispuesto a ceder ni una pizca de sentido estético. Elegante, lleva una camisa blanca, una campera negra y un pañuelo violeta.

“Bueno, ¿qué puedo contar sobre esta película, La última película?“, dice. Pero lo suyo es sólo un engaño. Ya sabe todo lo que va a decir. Conoce los ritmos, los momentos para hacer reír. Los tiempos en los que debe transmitir intensidad, los nombres que precisa para impresionar a su audiencia.

No falla. Bogdanovich saca a relucir sus cartas más fuertes: relata con soltura la forma en la que John Ford lo ayudó a convencer a Ben Johnson para que hiciera el personaje del nostálgico Sam the Lion.

-Hiciste que me llamara el viejo, ¿eh?

-Es que realmente quiero que hagas este papel. Estoy seguro que vas a ganar el Oscar.

-Bueno, hagamos esa maldita cosa.

Por supuesto que lo ganó.

A Orson Welles, otro de sus amigos, le preguntó cómo alcanzaba tal grado de profundidad en las imágenes de sus películas. Y él respondió con mucha simpleza: “Porque filmo en blanco y negro. ¿Alguna vez viste una gran actuación en color?”. Bogdanovich se desesperó por seguir la guía del director de El ciudadano Kane. En 1971, cuando se estrenó La última película, ya nadie filmaba en blanco y negro. La elección terminó siendo una novedad para la época.

“La obra más importante de un director joven estadounidense desde El ciudadano, de Orson Welles”, reseñó Paul D. Zinnemann en Newsweek.

“Bueno, ¿qué más puedo decir sobre esta película?”. El viejo, tramposo, sabe que le falta el toque. A Cybill Shepherd la vio por primera vez en la tapa de una revista. La conoció en un hotel en Nueva York. Ella se acomodó en el piso, aunque había una mesa para sentarse en la habitación en la que estaba Bogdanovich. Shepherd no le prestaba demasiada atención mientras él hablaba. Se acuerda muy bien del movimiento que hacía mientras describía al personaje que debía interpretar: desapegada, con el dedo índice movía una rosa de un lado a otro de un pequeño florero. “Bien, así es cómo esta mujer debe tratar a los hombres. Es ideal para el papel”, pensó Bogdanovich.

En sus anécdotas, que parecen pintarlo como un personaje simple y simpático, queda todo muy claro: Bogdanovich tenía -tiene- al oficio de director impregnado. Por el ojo y la sensibilidad para elegir a sus actores. Por la sabiduría para curar un guión. Por los típicos caprichos de alquien que sabe lo que hace (a Clorise Leachman, que hacía de Ruth, una señora perdida que se deja enamorar por un joven atorrante, no le dejó ensayar la última secuencia con Timothy Bottoms, Sonny, el protagonista, porque creía que la repetición, en ese caso, sólo iba a generar desgaste).

Nadie necesita decir nada. El director del Bafici ya lo sabe, y parece ceder, relajarse ante el relato. Cada tanto, la traductora -torpe, porque lo toca cada vez que le quiere decir algo, como si lo conociera hace mucho tiempo o fuera su amigo- le pide que frene para que pueda decir sus palabras en español. En algún momento, ella se equivoca y, en vez de traducir, repite las mismas palabras del director en inglés. “No, esperá. Yo hablo en inglés, vos hablá en español”, le dice. Otra vez: todos se ríen. Bogdanovich no le presta demasiada atención a ella. Habla, habla y habla. Y genera un momento encantador: ¿alguien quiere que empiece su película? ¿No es mejor que ese señor siga destilando cine, que siga enamorando?

Se lo aplaude con cariño y admiración. Él sube las escaleras con paso más acelerado del que bajó, como si le diera pudor el homenaje, mientras levanta la palma derecha en señal de agradecimiento. Cuando llega a la última fila, le dice algo a quien parece ser su mujer. Una chica de la organización les pregunta si se van a quedar para la función. “Sí”, responde la señora. Entonces, Bogdanovich obedece y calla por primera vez en la noche. Se acomoda en el asiento más cercano a la salida. Y ve los primeros 15 o 20 minutos de su película, su gran película.

Cuando termina el film, todo queda mucho más expuesto. El encanto de contar es parte de su cine. Bogdanovich lo sabe todo.




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